Napoleón no era una persona que se caracterizase por chinoiser (ser puntilloso, en francés) ni por andarse con rodeos. Era más bien de los que suelen meter la pata. Y algunos, en Alemania (bueno, en Prusia) llegaron a creer incluso que se creía en cierta manera un emperador chino (sich für den Kaiser von China halten , en alemán). Por supuesto, como estrategia militar había llegado realmente a pensar en invadir el imperio chino. Este hubiera sido un buen momento de traer chinoiserie (objetos de arte chino, en francés) a modo de recuerdos para su familia, que adoraba los jarrones Ming y demás cacharrería llegada de Oriente. Pero, vista la distancia, hubiera sido un auténtico rompecabezas chino organizar tamaña expedición, una tarea verdaderamente laboriosa. Un trabajo de chinos , en suma, tal y como se dice en español.

Por otro lado, incluso su mejor soldado habría jurado solemnemente a un Napoleón sorprendido por contar con hombres tan políglotas: “I wouldn’t go there for all the tea in China (no iría allí ni por todo el té de China, en inglés). Al final, Napoleón ensilló su caballó y se fue solo a la otra punta del continente. Una vez que había pasado la muralla china, se sintió un poco como un bull in a China shop (un elefante en una tienda china). Todos, con sombreros chinos atornillados en la cabeza, le señalaban con el dedo y se burlaban de su famoso bicornio. El chisme corrió como la pólvora por el país y llegó incluso a oídos del emperador. Pero este, más preocupado por sus clases de alemán, respondió algo molesto: “In China ist ein Sack Reis umgefallen” , algo así como que el asunto no era de una importancia capital. Contrariado, el pobre Napoleón se consoló ante un espectáculo de sombras chinas y regresó a casa.