12.08: Pristina-este

Artículo publicado el 18 de Marzo de 2008
Revista publicada
Artículo publicado el 18 de Marzo de 2008
En el enclave serbio de Gracanica, los jóvenes empiezan a ser conscientes de que un buen futuro implica amores adolescentes, buenos amigos y fines de semana.
Bajando del avión en mayo de 2007, Kosovo es a primera vista un lugar de paisajes agrestes, camiones de la OTAN y esperanzas silenciosas. Olvidamos que la independencia de esta antigua provincia serbia declarada nueve meses después también tendrá un impacto sobre sus habitantes de etnia romaní: “Los que viven en la ciudad al sureste de Prizren lo celebraban con los albanos, mientras que los romaníes que vivían en los enclaves serbios se quedaron en sus casas”, recuerda Avdullah Mustafa, de 25 años, empleado del centro de documentación de las etnias romaní y askalí de Kosovo.

Las reacciones tras la independencia también varían entre jóvenes y mayores. Pregunto a Julian, un joven romaní al que enseño a tocar la guitarra, cómo ve su futuro. “Quizá me vaya mejor en la siguiente vida”, contesta este chico de diecisiete años, mientras descendemos por un embarrancado camino hacia su barrio en el enclave serbio de Gracanica. El joven, que habla en un tono tan cordial, está implicado en un conflicto familiar que le ha dejado herido y que le hace enfrentarse a hombres que le doblan la edad. El viento que sopla trae polvo e inviernos adversos y observo algunas personas saludando a los viajeros que van en carreta tirada por caballos, mientras otros saludan más a los hombres subidos en coches tuneados.

Al este de la hortera capital Pristina

Yendo hacia Gracanica, al dejar atrás el monasterio ortodoxo serbio, el camino se deteriora y se interrumpe; debe ser bastante agresivo para los neumáticos de los coches de las 5.000 personas que viven allí. Yo vivo en una calle romaní al final de todo de la ciudad, con once más en una casa pequeña pero acogedora que enseguida se convierte en un hogar. Niños y adultos por igual que saben algunas palabras de inglés se paran a hablar conmigo. Supongo que se alegran de saber comunicarse con el nuevo de la comunidad.

Trabajamos todo el día y todas las noches cenamos juntos a la luz de las velas. Debido a los cortes diarios de electricidad de Kosovo, pasamos el rato haciendo teatro de sombras en las paredes y riéndonos de los niños que empiezan a dar sus primeros pasitos. Los niños no están contentos al oír comentarios racistas por parte de otros niños pequeños de la escuela. Según datos de 2000 del Banco Mundial sólo una tercera parte de los niños romaníes de Kosovo van a la escuela, pero sonríen cada vez que se juega con ellos.

Los rostros del futuro son los jóvenes que sostienen algo más que las heridas de su tierra. Día tras día, la juventud de los alrededores de Kosovo se empieza a concienciar de que un buen futuro implica amores adolescentes, buenos amigos y fines de semana libres. Nunca hablamos de política, solo de cómo divertirnos. Los chicos llevan gomina en el pelo y las chicas intentan sonreír para estar guapas. Algunos destacan en deportes y otros en break dance. Todos hacen un esfuerzo grande; quieren algo bueno en sus vidas, igual que los jóvenes de cualquier lugar. La gente anda muy despacio por la calle que habito, como lo haríamos si visitáramos el Vaticano, como si tuvieran todo el tiempo del mundo en su entorno cotidiano, como al paramos a observar estatuas o cuadros.

(Foto: PJC)

Cuando se hagan mayores serán capaces de pensar por sí mismos y se darán cuenta de que las luchas y los conflictos no son importantes para ellos. “Esperamos un futuro mejor, por lo que trabajamos para mejorar la calidad de la educación”, dice Muhamet Arifi, director de la ONG Balkan Sunflowers Kosovo.

Independencia

Al regresar en avión tras vivir y trabajar junto a algunas de las familias más pobres de allí, mi ego me dirá que no tengo que ser tan ingenuo la próxima vez que me baje de un avión. En medio de los empresarios locales establecidos alrededor de la capital kosovar, con sus trucos de promoción y sus restaurantes con los que se encaprichan los trabajadores internacionales bien pagados, descubres las vidas cotidianas de las clases sociales más pobres y las minorías más desfavorecidas. En mi vida he sentido la carga ni el privilegio de los apuros a los que se enfrenta la gente de a pie aquí; no importa cómo termine la independencia de Kosovo.

El autor, de 22 años, es irlandés y vive y trabaja en Kosovo formando parte de un servicio de voluntariado europeo

Fotos del texto: En un centro de niños romaníes de Gracinica (Foto: Nabeelah Shabbir)