1989 en Rumanía: La revolución por la libertad

Artículo publicado el 6 de Diciembre de 2014
Artículo publicado el 6 de Diciembre de 2014

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Zoltán era un estudiante de primero en la Universidad de Timișoara (Rumanía) cuando en diciembre de 1989 estalló la revolución. Desde entonces, su vida se ha alejado no solo en el tiempo, sino también en el espacio. Poco después de la apertura de las fronteras Zoltán, como casi todos sus amigos, probó suerte en Occidente y terminó en Vancouver (Canadá) en 1997.

En diciembre de 1989 la presión era casi insoportable en Rumanía, un estado satélite de la Unión Soviética. En 1981 el líder de la Rumanía comunista, Nicolea Ceaușescu, introdujo un programa de austeridad para liquidar la deuda nacional completamente. Sin embargo, la deuda se cumplió más rápido de lo previsto, y la población tuvo que pagar un alto precio por este éxito, lo que aumentó el descontento general. Los productos básicos como la leche, el pan, la harina o la carne solo podían comprarse con cupones de comida y las raciones solo se proporcionaban después de esperar muchas horas haciendo cola. Las estanterías de las tiendas estaban vacías, incluso comprar papel higiénico era una tarea imposible. Echaron aún más leña al fuego al despedir a László Tőkés, el pastor adjunto de la Iglesia Reformada Húngara en Timișoara, y obligarle a abandonar la casa parroquial. Sus seguidores protegieron durante semanas la casa del pastor de los miembros de la polícia secreta, la Securitate. El día del desahucio un gran grupo de personas se reunieron para proteger al pastor, y este grupo pronto se transformó en una protesta contra el régimen.

Zoltán recuerda este incidente como el germen de la revolución. Él estaba en la residencia estudiantil cuando sus compañeros volvieron con la noticia de que la revolución había comenzado. En las calles de la ciudad la armada y la Securitate disparaban a los manifestantes, que tuvieron que esconderse en los contenedores de basura. Las manifestaciones y los enfrentamientos continuaron durante los días siguientes. Los helicópteros sobrevolaban la ciudad y la población tenía miedo de que fuese la Securitate quien los conducía, monitorizando la ciudad para encontrar a los disidentes. Mientras tanto, algunos de los rebeldes fueron arrestados por la Securitate y pasaron la noche en la estación de policía, donde les interrogaron y maltrataron físicamente.

El segundo día los vehículos armados soviéticos rodearon el edificio donde vivía Zoltán. Al oír disparos desde fuera, se alejaron de las ventanas y se concentraron en el tejado, desde donde pudieron ver a la armada disparar proyectiles para iluminar la ciudad. Grandes grupos de personas se reunieron en diferentes puntos de la ciudad, y uno de esos puntos centrales era el parque trasero de la ópera, a orillas del río. De repente, los vehículos aparecieron en el puente del parque colindante, disparando a las masas. Aunque hubo muchos muertos durante los ataques, la revolución continuó al día siguiente: sin embargo, esta vez sin resistencia de la armada.

Ceaușescu, el dictador a la fuga

La residencia mandó a los estudiantes a casa, por lo que Zoltán volvió con su familia. Hubo un apagón de noticias en la radio y televisión nacionales, así que la información sobre la revolución de Timișoara venía principalmente de parte de familiares, amigos y viajeros. En cuanto a los medios extranjeros, los únicos que retransmitieron estos eventos fueron equipos internacionales como Radio Free Europe y Voice of America. Sea como fuere, la noticia se difundió lentamente por todo el país. El 21 de diciembre de 1989 Ceaușescu no pudo apaciguar a la multitud enfurecida de Bucarest, y apenas pudo escapar al día siguiente. Los ciudadanos ocuparon los ayuntamientos y tiraron los retratos del dictador, además de los libros, documentos y fotografías que estuviesen relacionados con la propaganda del partido comunista. Otras veces quemaron estos objetos.

Zoltán recuerda que la presencia invisible y el control de la Securitate instauraron el miedo, un sentimiento constante de amenaza e inseguridad. Sin embargo, estas sensaciones no desaparecieron con la caída del régimen. La constante oleada de noticias internacionales, que se posicionaron a favor de la apertura de las fronteras, se tradujo en una sensación de libertad. Las noticias e informaciones nuevas mostraron otro aspecto de su vida en la Rumanía comunista, y se dio cuenta de que su pasado, del que nunca se había parado a  pensar, había sido parte del nepotismo organizado y controlado de un cruel dictador.

Dinero, pero nada que comprar

Los cambios comenzaron a sentirse en el día a día. Entre estas nuevas libertades estaban la instalación de calefacción y agua caliente en los apartamentos, que ahora podían usar más de una vez a la semana. Las estanterías vacías de las tiendas se llenaron de productos nuevos y diversos. Durante el régimen comunista había mucho dinero, pero nada que comprar; pero la caída del régimen hizo que la vida diese un cambio de 180 grados. La creciente inflación hizo que el dinero perdiese valor rápidamente, mientras que el comercio progresaba. Abrieron algunas tiendas privadas en sótanos o apartamentos, pero pronto la mayoría de las empresas cayeron en la bancarrota. Aunque la sociedad disfrutase de esta libertad, resultó obvio que construir un nuevo país democrático llevaría mucho tiempo.

Los ciudadanos comenzaron a preguntarse si deberían quedarse o emigrar. Algunos, como Zoltán, decidieron aprovechar las nuevas oportunidades de movilidad y partieron a descubrir el desconocido Occidente. Otros prefirieron quedarse, con la esperanza de que su nueva libertad y la democracia diesen sus frutos antes o después. Pero no importa si se fueron o se quedaron. Lo importante es que tenían opciones entre las que escoger y ahora tenían la libertad de soñar con un nuevo futuro e intentar hacerlo realidad.

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