34 hectáreas de fiesta Erasmus

Artículo publicado el 22 de Enero de 2007
Artículo publicado el 22 de Enero de 2007

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Una habitación en la Cité Universitaire de París se valora muy bien entre los estudiantes Erasmus durante el curso. La Cité ofrece fiestas, instalaciones deportivas, un parque y habitantes de todo el mundo.

“Aquí en la cocina siempre pasa algo, nunca estás sola”, afirma radiante Katja Böhme sobre su nuevo hogar. Desde septiembre vive en la Heinrich-Heine-Haus, la residencia alemana en la Cité Internationale Universitaire de París, donde se siente “francamente bien”. Esta estudiante de Bellas Artes, de Osnabrück, tiene una beca Erasmus y permanecerá un año en Francia. “Yo me apunté a casi todas las solicitudes para conseguir una plaza Erasmus. Por suerte lo conseguí. En verano continuaré con las prácticas”.

La cocina en el cuarto piso de la residencia Heine esta completamente ocupada. En el fuego se fríen unas verduras en una sartén, mientras humea la cazuela. Encima del fregadero cuelga un cartel: “Faites votre vaisselle!“ – ¡friega tus platos! Sobre la mesa hay platos, una botella de vino y un par de vasos. “Hay un ambiente genial aquí”, subraya Laura Nagels. Esta estudiante de arquitectura de 22 años es una de los 17 habitantes que comparten la cocina. Viene de Amberes, Bélgica, para estudiar 6 meses en la École de Bellas Artes. “Estoy super contenta de haber conseguido una plaza en la Cité”, dice. “Al principio, vivía en una piso compartido en París – ¡pero era carísimo! En la Cité sólo hay jóvenes; muchos hacen, como yo, un intercambio Erasmus. Aquí es fácil conocer gente”.

Exposición universal en miniatura

La Cité Universitaire se extiende sobre 34 hectáreas en el distrito XIII de París, al sur de la ciudad intra-muros. En un gran bosque con césped, campos de tenis y de fútbol se encuentran las 39 residencias nacionales. Cerca de 5.600 jóvenes viven en la ciudad universitaria. Provienen no sólo de Europa y el programa Erasmus, sino que hay estudiantes de todos los países del mundo, como Brasil, Japón, Túnez o México.

Las casas están coordinadas por diferentes países. Cada país es responsable de la organización de su edificio, lo que hace que la Cité parezca una exposición universal en miniatura. Los japoneses han construido una pagoda, la residencia sueca recuerda a la “Villa Kunterbunt” de Pippi Calzaslargas. Dinamarca se presenta con ladrillos rojos y marcos blancos en las ventanas. El pabellón suizo de Le Corbusier está considerado como una obra maestra de la modernidad y la casa de España es un palacio de estilo neoregionalista de mediados de siglo XX. A menudo, sus habitantes tienen que aguantar a los grupos de visitas guiadas en mitad de las cocinas o de los pasillos.

Microcosmos multicultural

El día a día es internacional: en cada casa los habitantes del mismo país no pueden ser más de la mitad. El resto de habitaciones se reserva para los intercambios entre la Cité. Gracias a este principio de mezcla, conviven juntos jóvenes de diferentes orígenes como, por ejemplo, de Alemania, Suecia, Italia o Líbano. Las condiciones de acceso a la Cité son rigurosas, ya que las plazas se cotizan alto. La residencia alemana recibe seis veces más solicitudes que camas. Para ser candidato, debe cursarse por lo menos el tercer año de la carrera y estar matriculado en una universidad en París.

El candidato aceptado tiene derecho a vivir en la Cité tres años. Un lujo que los estudiantes internacionales disfrutan hasta el último día, ya que la vida en la Cité es cómoda y más barata que en una vivienda en París. No obstante, en la cocina de la residencia Heinrich-Heine todos coinciden en señalar que a veces el “microcosmos” le impide a uno explorar un poco el auténtico París.

Del picnic a las fiestas en las cocinas

Tan pronto como aparecen los primeros rayos de sol en primavera, los habitantes invaden día y noche el gran césped en mitad del parque. En las grandes zonas verdes juegan al frisbee o tocan la guitarra, hacen picnic o leen. “Cuando llegué aquí, enseguida me di cuenta de te podías sentar sola en la hierba y ligabas sin mover un dedo”, nos comenta Katja. Por si quedaran dudas: en ningún lugar de París es tan fácil hablar con gente como en este “gran césped”, en el Café-Terraza o en el comedor universitario de la entrada del edificio principal.

Quien crea que es un cliché el considerar los intercambios Erasmus como un año festivo, está invitado a venir a la Cité para comprobarlo por sus propios medios. Además de la tradicional fiesta del miércoles por la tarde en la Maison Deutsch de la Meurthe, cada fin de semana hay una fiesta en una de las residencias. También se saca partido a las habitaciones comunes: “Nosotros hacemos siempre nuestras fiestas en la cocina”, revela Katja. Su vecino, Tobias, que está al lado de la cocina friendo pescado, apostilla con resignación: “Si las tías dicen que quieren bailar, se cierra rápidamente el portátil. Y entonces empieza la marcha...”.

Embolado en Bolonia

Juan Manuel Domínguez, de 28 años, se fue a Bolonia. “Yo me iba a Venecia a estudiar Historia, pero en el último momento me comunicaron que las relaciones entre mi universidad en Madrid y la de Venecia se habían roto, y que sólo podría estudiar allí Filología y estudios arábigos”. De modo que le cambiaron de súbito de destino: a Bolonia. “Desde la oficina de alojamiento de la universidad Degli Studi di Bologna me dijeron que no podría alquilar nada hasta que no desembarcara en la ciudad.” Para coronar su desembarco en Italia, en el aeropuerto le perdieron las maletas. “Ya estábamos a finales de septiembre y las clases ya habían comenzado. Tenía dos opciones: o buscaba piso o iba a clase. me incliné por lo primero. Ni siquiera había cobrado aún el dinero de la beca”, que ascendía a poco más de 100 euros mensuales.

Declaraciones recogidas por Fernando G. Acuña