70 años y aún quedan heridas latentes

Artículo publicado el 18 de Julio de 2006
Artículo publicado el 18 de Julio de 2006

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El 18 de julio de 1936 estalló la guerra civil española. 70 años después, el recuerdo del pasado ha reaparecido con fuerza en la política española.

¿Cómo puede ser que en un país democrático como España aún se puedan encontrar inscripciones falangistas en innumerables calles y portales de casas? ¿Cómo es posible que apenas se haya abierto el debate sobre la retirada de la estatua de Franco en la Academia Militar de Zaragoza, con el simbolismo que eso implica? ¿Qué justifica que Francisco Franco Bahamonde y el fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, estén enterrados con todos los honores en un espacio público como es la monumental “pirámide” mortuoria del Valle de los Caídos construida en la posguerra por miles de prisioneros republicanos? ¿Sería esto viable en países como Alemania o Italia? ¿Cómo puede ser que 70 años después del golpe de Estado que inició la guerra civil todavía haya más de 30.000 desaparecidos y que de vez en cuando se encuentren fosas comunes en cualquier punto de la Península? ¿Por qué tras casi 30 años de democracia todavía no se han reparado los agravios de las víctimas de la represión?

La respuesta a tales preguntas la podemos encontrar en el pacto de silencio o de olvido selectivo del pasado al que llegaron las fuerzas políticas españolas durante la transición con la intención de favorecer el delicado proceso hacia la democracia. Una muestra de este pensamiento la expuso el europarlamentario conservador español Jaime Mayor Oreja en una de las últimas sesiones del Parlamento Europeo de principios de julio del 2006. El ex ministro del interior español no sólo no condenó la dictadura explícitamente, sino que señaló la necesidad de no entrar en una “segunda transición” y de no romper el espíritu de “concordia de la constitución”. En la misma sesión, el presidente socialista del Parlamento, José Borrell, condenó el franquismo y recalcó la prioridad de “no discriminar en la memoria” aquellas partes incomodas, así como de “no cerrarse en las mentiras que consuelan y enfrentarse a las verdades que alumbran”.

Pasar página no es sinónimo de olvidar

Aunque algunos no lo quieran admitir, el tiempo ha pasado. El temor de la sociedad española a un retroceso autoritario es actualmente inexistente. Los protagonistas de la transición o bien están jubilados o han tomado ya el camino descendiente de la política. Por no hablar de los protagonistas de la guerra civil, la mayoría de los cuales están en el cementerio. El argumento de la salvaguarda de la concordia democrática pudo haber servido en 1977. Treinta años después, no sólo está caducado, sino que además da alas a las numerosas teorías de la conspiración, del negacionismo o de defensa del franquismo. Recordemos las palabras más propias de la década de los años treinta del eurodiputado polaco Maciej Gyertic, que en la misma sesión europarlamentaria alabó la figura de Franco y justificó el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 como una reacción a “un gobierno comunista”.

De las palabras a los hechos

Ahora o nunca; este es el momento de recordar el pasado de la guerra civil, de condenar sin maniobras evasivas los más de 40 años de dictadura franquista y de reparar el daño psicológico de las víctimas de la represión. La declaración de 2006 como año de la Memoria Histórica parece un buen primer paso en esta dirección. Aún así, los actos simbólicos no bastan. Antes de acabar el año, el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, cuyo abuelo fue ejecutado en 1936 por las tropas franquistas, debería aprobar una ley definitiva de recuperación de la memoria histórica que afronte los problemas de desmemoria selectiva que arrastra la democracia española desde la transición.

La condena de los criminales de guerra de ambos bandos y de los elementos represores de la dictadura ya no es posible, a diferencia de lo que pasó en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial y, más recientemente, en el proceso de lustración de la Polonia postcomunista. En España, los esfuerzos en la redacción de la nueva ley deben centrarse en aquellos aspectos que dignifican a las víctimas como la localización y la identificación de las decenas de miles de desaparecidos o el pago de indemnizaciones a aquellas víctimas de la represión franquista que todavía viven. Asimismo, se debe potenciar la creación de un centro para la comprensión y la interpretación de la guerra civil capaz de dar respuestas objetivas y contundentes ante cualquier asomo de duda.

En definitiva, la dignidad y la verdad son los únicos elementos que pueden dar por cerrada una época turbulenta y permitir cicatrizar para siempre las heridas latentes de la sociedad española.