¡A grandes ambiciones, pocos medios!

Artículo publicado el 13 de Junio de 2005
Artículo publicado el 13 de Junio de 2005

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El Consejo de la Unión europea reunido en Lisboa en 2000 propuso un gran desafío: que la UE fuera en 2010 los mejores en economía, en informática y en pleno empleo. ¿Utopía?

Bautizado con el apelativo de Estrategia de Lisboa, el proyecto persigue convertir la UE en el espacio económico más competitivo y más dinámico del mundo. Esto implica la materialización de una serie de reformas estructurales en el seno de los Estados miembro aplicando objetivos definidos a escala nacional, pero coordinados a nivel europeo.

Por desgracia, se hizo sin prever el 11 de septiembre, la ralentización económica subsiguiente y un paro persistente y casi insolente. En enero de 2005, después del informe KOK, cuando José Manuel Durão Barroso, Presidente de la Comisión europea, decide al inicio de su mandato y en el ecuador del proceso de Lisboa relanzar la estrategia, ya nadie cree en ella. Nadie, en cambio le ha llevado la contraria tampoco. Hoy por hoy, el principal fundamento de la Estrategia de Lisboa se ve más amenazado que nunca a la vista de los Jefes de Estado negociando las perspectivas financieras para 2007-2013.

Los egoísmos nacionales en alza

Al final, cada cual se preocupa de sus prioridades nacionales. El caso flagrante más reciente ha sido protagonizado por Gianfranco Fini, Ministro de asuntos exteriores italiano, cuando amenazó con vetar el presupuesto europeo si los fondos asignados a Italia se veían reducidos. En teoría, las perspectivas financieras no tienen por función la de repartir la financiación entre tal o cual Estado miembro, sino la de establecer un presupuesto en el marco de políticas comunes. De ahí el interés en mantener la Estrategia de Lisboa que propicia el trabajo en equipo compartiendo las diferentes estrategias para contribuir al desarrollo social y económico de los Estados miembro. No obstante, este método parece difícil de usar cuando lo que priman son las ambiciones nacionales.

Un presupuesto revisado a la baja

El repliegue nacional no presagia nada bueno. Para el Parlamento europeo, una institución que ya no se puede obviar a la hora de tomar decisiones, existe incoherencia cuando la Presidencia luxemburguesa propone un presupuesto revisado a la baja. Lo padecerá en primer lugar el sector de la investigación, los transportes y la educación, ni más ni menos. En cambio, la coalición de los contribuyentes netos, (Francia, Alemania, Austria, Países Bajos, Reino Unido y Suecia), que desea limitar la contribución al 1% del PIB en vez de al 1,14% previsto en principio por la Comisión europea, ha sido atendida. En estas condiciones, las ambiciones del proceso de Lisboa no podrán alcanzarse. De hecho, la decisión de reducir el presupuesto demuestra un comportamiento contradictorio por parte de los Jefes de Estado, que quieren ser campeones del mundo, pero sin sudar la camiseta. Una luz de esperanza surge cuando países motores de la Unión, como Alemania, se muestran dispuestos a hacer concesiones con tal de llegar a un compromiso. ¿Será suficiente?

Un No con repercusiones

Desde el 29 de mayo, la amenaza que pesa sobre la Estrategia de Lisboa es triple, ya que la crisis política del No provoca que las negociaciones sean más correosas. Con el No franco-holandés a la Constitución, sobre las perspectivas financieras recae ahora la tarea de prevenir un colapso comunitario o incluso una asfixia económica, con el consiguiente desmantelamiento de la Estrategia de Lisboa. Dalia Grybauskaité, Comisaria europea encargada de la programación financiera y del presupuesto, demostró de hecho en abril que, en ausencia de compromiso este año, las nuevas iniciativas del proyecto europeo no podrán lanzarse en el tiempo previsto. Por eso Jean-Claude Juncker, Presidente del Consejo europeo, propuso un compromiso a la baja. Aunque falten recursos, la Estrategia de Lisboa tiene derecho a “subsistir”.

La Estrategia de Lisboa sobrevivirá

El pasado 8 de junio, el Parlamento afirmó, junto a la Comisión, la carencia evidente de fondos para las perspectivas financieras. Pero no es probable que este llamamiento sea atendido por los Jefes de Estado que tratan de llegar a un acuerdo durante la próxima cumbre europea, el 16 y 17 de junio. Lo que está en juego es serio. La legitimidad de la Unión europea descansa sobre su capacidad de contribuir a la prosperidad de los ciudadanos –una ambición repetida mil veces en los discursos-.

Por fortuna, las instituciones europeas no son los únicos actores decisivos en el proceso. Los parlamentos nacionales, los agentes sociales y la sociedad civil también influirán para llevar a buen puerto los proyectos. La batalla promete ser de envergadura. Cuando se constata que el paro es uno de los principales motivos del rechazo francés al Tratado constitucional, ¿no habría acaso interés en fortalecer las defensas europeas de cara a una zona Euro a la que le cuesta encontrar la senda del crecimiento sostenido? Para eso estaría la Estrategia de Lisboa. ¿Otra cita fallida?