"A la Ciudad": Pistas para encontrar a Europa en Estambul

Artículo publicado el 16 de Noviembre de 2010
Artículo publicado el 16 de Noviembre de 2010
La historia de Anatolia tiene más capas que la propia Tierra: hititas, asirios, griegos y romanos dejaron aquí sus pisadas; los últimos en llegar (desde Asia Central) son los turcos, que hoy caminan lentamente hacia la Unión Europea. Pero ¿acaso no fue su territorio parte de otra Unión Europa, antigua y ya casi olvidada? Desde los libros y las calles de Estambul, repasamos una herencia musculosa.

Cuando uno llega a Estambul espera bazares ruidosos, mezquitas y rayos de sol atravesando telas de seda. Quiere fumar narguile y escuchar viejas historias contadas por viejos barbudos. Pero la primera impresión es diferente: aquí la gente también tiene prisa por llegar al trabajo; hay tiendas enormes, coches caros y decenas de miles de visitantes como tú mismo, así que ¿cómo rastrear el sabor otomano entre las colas de turistas? O mejor: ¿Cómo rastrear el sabor europeo bajo el sabor otomano?

Marinos aguerridos, tensiones políticas y proteínas

El Imperio Romano no cayó en el siglo V, sólo perdió su mitad occidental. El resto quedó de pie y lo suficientemente en forma como para durar otros mil años alrededor de su capital: Constantinopla, la ciudad más rica y populosa de la Edad Media, y la única del mundo (todavía) situada entre dos continentes: Europa y Asia. Fundada siglos atrás por marinos griegos, la metrópolis bizantina arrastraba una nutridísima tradición grecorromana impulsada por una fuerza joven: el cristianismo ortodoxo.

Construida en el siglo VI d.C bajo el mandato del emperador Justiniano, fue reconvertida en mezquita por los turcos en el siglo XV. Hoy es un museo

La historiadora británica Judith Herrin, Profesora Emérita del King’s College de Londres y autora de Bizancio: el imperio que hizo posible la Europa moderna, resume para cafebabel.com los puntales de la también llamada Nueva Roma: “Una diplomacia que intentaba evitar la guerra; un imperio internacional, cosmopolita y multicultural, relativamente tolerante hacia otras lenguas y religiones, y una élite altamente educada que copiaba y comentaba las viejas obras griegas, preservándolas para el mundo moderno”.

Hoy, toda esa proteína reúne polvo en manuales especializados; los alumnos turcos estudian sobre todo la historia otomana, la que comienza con la caída de Constantinopla en 1453 y que tampoco escapa a la política; restauradores consultados (que desean permanecer anónimos) afirman que el actual Gobierno, islamista moderado, descuida los estudios bizantinos como eco de una vieja enemistad (Bizancio bloqueó algunos siglos el avance musulmán hacia Europa).

Su Gobierno, islamista moderado y defensor de la Alianza de Civilizaciones, vive tensiones con las corrientes más laicistas de Turquía

Rezar, comer, bañarse

¿Qué queda hoy de todo eso? Aparte de las cúpulas imposibles, las iglesias reconvertidas y los mosaicos, ¿dónde sobreviven las pequeñas rutinas?

Un otoño especialmente frío envuelve Estambul; sus gentes circulan con jerseys gruesos y abrigos, y acuden más a menudo al hammam para relajarse y eliminar toxinas. He aquí un legado directo. Judith Herrin: “Los bizantinos tenían baños públicos para hombres y mujeres que también utilizaban con fines filantrópicos (lavar a los leprosos, por ejemplo). Los otomanos heredaron mucho de los bizantinos, especialmente instituciones caritativas como orfanatos o casas para los pobres, aunque no todas sobreviven en la Turquía actual”.

Pan de pita, carne y vegetales... ¿Otra herencia bizantina?Al salir del baño apetece un té hirviendo y un buen plato de comida. “La cocina es otra área de continuidad”, continúa Herrin. “No sabemos exactamente cómo cocinaban los bizantinos, pero está claro que utilizaban mucho aceite de oliva, cebolla y vegetales, que continúan siendo la base de la cocina turca”.

Desde el mar Negro al océano Atlántico

Detalles así se propagaron por toda Europa; en el Oeste les debemos algo tan popular como el tenedor, aunque son los eslavos, sometidos a un fuerte influencia, quienes recibieron más cosas: la religión ortodoxa, el alfabeto cirílico que utilizan hoy rusos, búlgaros y serbios (entre otros), la costumbre de concentrar el poder en una fortaleza (en ruso: kreml’) y la pasión por las intrigas políticas (de ciento siete emperadores bizantinos, sólo treinta y cuatro fallecieron de muerte natural y seis en la guerra).

El duro Medievo occidental, el del feudalismo y las cruzadas, nos ha legado el término “bizantino” como sinónimo de sofisticación innecesaria, de cobardía, de conspirar por miedo a desenvainar la espada… Pero sólo es otro eco de rivalidad (o puede que celos): Constantinopla tenía tanta importancia que todo el mundo se refería a ella simplemente como “la Ciudad”; cuando alguien buscaba fama, fortuna o refugio acudía allí, “a la Ciudad”, que en griego antiguo se dice eis tin poli: Estambul.

¿Se cierra un largo ciclo?

Puede que de aquí a cinco años Turquía ingrese en la Unión Europea. Las negociaciones son largas y engorrosas, la resistencia (Francia, Alemania) es fuerte, y también el escepticismo. Pero muchos analistas lo consideran inevitable. Parece que la Unión y Turquía se fundirán como dos gotas de mercurio para repetir un proyecto que ya existía hace dos mil años, con dos novedades: la no menos rica herencia islámica y las formas: ahora el vecino quiere ser anexionado.

Fotos: Portada: (cc) Collin Key; Santa Sofía: (cc) Christopher Chanc; Erdogan: (cc) World Economic Forum; Kebab (cc) Alex Kehr. Cortesía de Flickr