A la sombra de los extremistas

Artículo publicado el 1 de Marzo de 2004
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Artículo publicado el 1 de Marzo de 2004

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Fundamentalistas musulmanes y radicales hindúes amenazan el acercamiento entre la India y Pakistán.

Por primera vez desde la crisis de Kargil, que en el invierno del 2001 casi llevó a la India y Pakistán al borde de la guerra nuclear, callan las armas en Cachemira. El tan reñido valle del Himalaya, entonces tan famoso por su belleza, es conocido hoy principalmente como el escenario de uno de los conflictos más antiguos del mundo. El intercambio diario de disparos en la Line of Control, que divide Cachemira en dos partes y los continuos ataques de los terroristas musulmanes en la zona de control india hicieron de Cachemira uno de los lugares más peligrosos del mundo.

Con este trasfondo la firma de un armisticio a finales de noviembre y la reapertura de la comunicación por autobús entre las dos partes, aisladas durante tantos años, constituye un cambio tan satisfactorio como sorprendente. En el encuentro a principios de enero con el Primer Ministro de la India Atal Behari Vajpayee el Presidente paquistaní Pervez Musharraf se declaró dispuesto al compromiso y allanó el camino hacia las negociaciones con la renuncia a la exigencia de un referéndum. La India había rechazado vehementemente un referéndum en Cachemira por el temor a un resultado a favor de Pakistán. A partir de ese momento podían comenzar las conversaciones de paz en Islamabad.

¿Nos encontramos entonces ante la solución a la cuestión de Cachemira?. Nada es menos seguro, pues las líneas duras de ambos países no están interesados en un entendimiento. Debido a esto la posición política interior de Musharrafa y Vajpayees se encuentra en peligro.

El pueblo quiere la paz

Esta aseveración podría sorprender especialmente a la India, ya que el radical cambio de curso, que realizó el BJP (Partido Bharatiya Janata) bajo el liderazgo de Vajpayee en la política exterior e interior en los últimos meses, fue igualmente confirmado en las elecciones al parlamento regional. La estrategia de Vajpayee para el BJP era la de hacer retroceder a la Agenda Hindutva (el nacionalismo hindú) en las elecciones a favor de un enfoque de programa de desarrollo. Este arrollador éxito debería fortalecer y ayudar al partido a mantener este curso en las próximas elecciones al parlamento, ya que le permite llegar a un abanico más amplio de votantes.

Sin embargo no a todos les gusta que el BJP se aparte de su programa tradicional Hindutva. Más bien al contrario. La línea dura del VHP (organización mundial hindú) y su cercano RSS (Cuerpos voluntarios hindúes), que conforman la base del movimiento hindú, comparten otras opiniones. Su objetivo es la unión de todos los hindúes por medio de la vuelta a un hinduismo primigenio igualitario, monoteísta y diseñado en su mayor parte. Su medio más importante es la disociación y delimitación respecto a los musulmanes y los cristianos con el objetivo de fortalecer su propia identidad. Los Progorm en Gujarat, que costó en el 2002 varios miles de vidas a los musulmanes, son una muestra de esto. El BJP intenta desde entonces, apartarse de esta política de la violencia, sin embargo sigue sin poder prescindir del apoyo del VHP.

Así como el BJP no puede prescindir del VHP, Musharraf depende del ejército. Con su política respecto a Cachemira se arriesga a echarse encima a una parte del ejército y del servicio secreto. La paz presupone la disolución de los grupos terroristas islámicos, los cuales sin embargo tienen muchos simpatizantes en el ejército y los servicios secretos. A fin de cuentas fueron estos “Jihadis” la punta de lanza de Pakistán en la lucha por Cachemira. ¿Entonces por qué se arriesga Musharraf a enfrentarse con los fundamentalistas y a que el ejército y los servicios secretos se le echen encima?

La explicación la tenemos en los atentados del 11 de septiembre. Para no ponerse del lado equivocado en la guerra contra el terror, Musharraf se vio obligado a dar un giro de 180º y desechar el apoyo de los islamistas. Su apoyo en la cruzada contra los talibán y su actuación contra los grupos terroristas le convirtieron en un buen aliado de los americanos, si bien también le creó muchos enemigos entre los fundamentalistas. Esto tomó un carácter cada vez más peligroso cuando la mayoría de los islamistas fueron de nuevo liberados tras su encarcelamiento. Obviamente a Musharraf le falta la fuerza necesaria para desarticular a los islamistas.

Si los grupos terroristas continúan cometiendo ataques en la parte india de Cachemira, será cada vez más complicado para las palomas de Vajpayee, convencer a los halcones del VHP de su política. Musharraf necesita igualmente éxitos inmediatos en las próximas negociaciones para ganarse a sus opositores en el ejército de cara a su curso de paz. El tiempo apremia, ya que unas negociaciones interminables significarían la muerte del proceso de paz.

Presión sobre el enemigo mortal

Europa y los EEUU, juntos, deben prestar apoyo a Pakistán en la lucha contra los grupos terroristas, ayudar a la India a evitar la penetración de los Jihadis y a apremiar a ambos países a no poner condiciones imposibles, sino a llegar a compromisos. Deben así conseguir un juego de balanza para fortalecer la presión en ambos lados sin provocar la impresión de que se entrometen, ya que la India ha rechazado desde siempre una internacionalización del conflicto.

También China y Rusia han decidido participar en las negociaciones. Hace ya tiempo que se les conocía a China y Pakistán, Rusia y la India como grandes aliados, pero desde el final de la guerra fría la relación entre éstos se ha relajado. Desde que el conflicto de Cachemira amenazó con escalar hacia una guerra nuclear, presionan China y Rusia para que haya un acuerdo amistoso. Las cuatro potencias deberían encontrar una posición común. Deben incluso, pues sólo esto puede funcionar si hacen valer su influencia, mantener a los dos “enemigos mortales” en el curso hacia la paz. Las líneas duras de cada país se muestran listas para volver a golpear.