A Montenegro en burro

Artículo publicado el 25 de Agosto de 2006
Artículo publicado el 25 de Agosto de 2006
Hace años, la belleza de Montenegro era el secreto mejor guardado de Europa. Hoy, sus viejas plazas venecianas, sus grandiosos montes, sus bahías y sus playas, son de nuevo las favoritas de los trota mundos.

El salvaje y a menudo descuidado Montenegro es ahora el atractivo para los compradores de una “segunda casa”, desesperados por adquirir su parcela de la nueva Riviera mediterránea. Sin embargo, detrás del boom turístico se esconde una gran mentira. Gastados y envejecidos centros turísticos, decadentes infraestructuras, construcciones ilegales están arruinando el paisaje de estos parajes. Los problemas de alcantarillado y la escasez de agua pueden hacer de las más perfectas vacaciones una horrible experiencia.

Las consecuencias de la guerra

De sus vacaciones en Montenegro, una residente de Belgrado se siente insatisfecha con la escasez de agua. “Es un desastre. Tenemos agua desde las 11.00h hasta las 15.00h, y después por la noche otro rato. ¿Qué clase de sitio turístico es éste, en el que tengo que irme corriendo de la playa para bañar a mi hija?”, se pregunta.

El país ha sufrido una enorme transformación desde aquéllos alegres años ochenta en que Montenegro era el destino turístico más popular y cuyas rentas anuales por el turismo rondaban los 79 millones de euros. Luego, llegó la guerra y el aislamiento de la cercana Dubrovnik, en la que los soldados montenegrinos tomaron parte, y cambió todo Los turistas se marcharon y a principios de la década de los noventa la guerra produjo la desintegración de la anterior Yugoslavia. La depresión económica y la afluencia de refugiados dejaron un devastador impacto en los hoteles, muchos de los cuales llegaron a ser durante tiempo los hogares para refugiados de guerra. Al mismo tiempo, una paralización de los planeamientos urbanísticos llevó a que surgieran las construcciones ilegales a lo largo de la costa.

Recuperación exprés

El gobierno ha empezado a abordar el problema de la infraestructura en decadencia invirtiendo millones de euros en la reconstrucción de carreteras y facilitando las comunicaciones. Los aeropuertos de Podgorica y Tivat han sido modernizados a un coste de 22 millones de euros, creando conexiones con los centros europeos.

El mayor cambio ha ocurrido, sin embargo, en el mercado de la propiedad. Rusos, ingleses e irlandeses han estado comprando sus segundas casas desde hace un par de años aquí. Los precios de las casas en la costa se han duplicado desde el verano pasado y continúan subiendo. Los habitantes locales lo agradecen por ahora.

Los medios de comunicación serbios y montenegrinos anuncian a los cuatro vientos noticias como la de que Catherine Zeta Jones y Michael Douglas están buscando una casa en una antigua población en Perast, en la bahía de Boka Kotorska. También se ha dicho que Roman Abramovich, un multimillonario ruso propietario del club de fútbol Chelsea, quiere comprar una pequeña península de la bahía de Bigovo.

De acuerdo con Goran Radonjic, director ejecutivo de la Agencia Estatal de Propiedad, los compradores se sienten atraídos por la belleza natural de este paraje y por los bajos precios cuando los comparan con los de Croacia.

¿Qué pasará con los montenegrinos?

“Hoy es imposible para un montenegrino normal comprar una casa cerca del mar”, lamenta Dragana, propietario de un café de la veneciana población costera de Kotor. “Nuestros hijos tendrán problemas para comprar sus casas y tendrán que vivir en la montaña, en el interior”. Otros se ven forzados a vender sus propiedades y trasladarse a lugares que se amolden a sus presupuestos familiares.

Bozo, un viejo pensionista de Stoliv, pueblo que alardea de tener la más rica producción de olivos en la bahía de Boka Kotorska, fue forzado, debido a su difícil situación económica, a vender la tierra que había pertenecido a su familia desde hacía cientos años. Usó el dinero para comprar pisos para sus dos hijos. “No me hizo feliz vender la tierra de mis antepasados. Al final, lo único que no he vendido ha sido nuestra casa familiar, nuestro hogar, para mi esposa y para mí.”

Vjera, una de las pocas vecinas de toda la vida que queda en Perast, dice que la gente está vendiendo sus palacios venecianos, no porque quieran, sino porque pueden comprar cinco o seis apartamentos donde quieran por ese precio”.

Mira, una anciana de la vieja ciudad de Kotor, quien además vendió su viejo apartamento de la ciudad, está preocupada porque piensa que la ciudad se quedará vacía al completo en invierno, pues los extranjeros se marcharán a sus casas. “Estoy preocupada por si el viejo espíritu mediterráneo de mi ciudad desaparece y con él la tradición de cientos y cientos de años”.

¿Hasta dónde llegará la situación?

Entretanto, la segunda residencia de los nuevos compradores se traslada a los lugares más recónditos. Habiéndose agotado la propiedad a lo largo de la costa, el último grito ahora son las casas rurales de piedra semi derruidas. Su remota situación en las grandiosas montañas balcánicas, sin carreteras de acceso, es todo un aliciente. “La semana pasada le enseñé a una Lady inglesa una casa aislada, sin fáciles accesos por carretera”, dice Goran, de la Agencia estatal de la Propiedad. “Cuando le pregunté cuál iba a ser su plan para llegar hasta su futura casa, me contestó que iría montada en un burro”.