'A propósito de Llewyn Davis': puro folk

Artículo publicado el 3 de Enero de 2014
Artículo publicado el 3 de Enero de 2014

No, lo nuevo de los hermanos Coen no es el biopic de un oscuro y fracasado músico de principios de los 60 castigado en el bohemio Greenwich Village de Nueva York. Tan sólo es una historia que no existiría sin el folk.

Claro que los de­ta­lles his­tó­ri­cos son per­tur­ba­do­res. Que la época y el con­tex­to están es­bo­za­dos con mi­nu­cio­si­dad y que las re­fe­ren­cias son om­ni­pre­sen­tes. Pero lo cier­to es que los Coen no po­drían haber ele­gi­do mejor de­co­ra­do para su fá­bu­la sobre el idea­lis­mo. O mejor dicho sobre el ais­la­mien­to, o la bús­que­da de lo ab­so­lu­to. O quizá sobre cual­quier otra cosa, pero yo no soy crí­ti­co de cine ¿ver­dad? ¡sino mú­si­co! Ca­sual­men­te, su his­to­ria habla de mú­si­ca. Es al atra­ve­sar este tea­tro folk, sin to­car­lo, cuan­do los ci­neas­tas meten el dedo en la en­dé­mi­ca dua­li­dad de este gé­ne­ro mu­si­cal, capaz de llo­rar las penas más pro­fun­das (en su sim­pli­ci­dad, rus­ti­ci­dad, antigüedad) o de re­ga­lar­nos los más be­llos ins­tan­tes de magia.

Per­so­nas lim­pias y bas­tan­te in­ge­nuas

En­ton­ces ¿cómo se des­cri­be esta es­ce­na folk de los años 60? ¿Esa es­ce­na que ha en­gen­dra­do, entre otros, a Bob Dylan? Pues como un lugar mal ilu­mi­na­do, como un só­tano cus­to­dia­do por can­cer­be­ro sin moral. Marco in­ti­mis­ta, si­len­cio­so, re­co­gi­do. Lí­mi­te so­fo­can­te y re­cluí­do, di­ri­gi­do a los pri­vi­le­gios que pa­re­cen todos de la misma fa­mi­lia. «Los snobs», dixit Dylan en sus cró­ni­cas. Pen­sa­mien­to or­to­do­xo, casi in­te­gris­ta. Dí­ga­les que si llo­ran en uno de los con­cier­tos, serán los puños quie­nes les es­pe­ren a la sa­li­da. Llewyn, pro­ta­go­nis­ta de la pe­lí­cu­la, paga esos pla­tos rotos. Dese cuen­ta, aquí no bro­mea­mos.

¿Y sobre el es­ce­na­rio? Mucho mejor. Un ver­da­de­ro freak show sobre los orí­ge­nes, pro­vin­cia­les y pue­ble­ri­nos de los tan mo­der­nos Es­ta­dos Uni­dos, de la van­guar­dis­ta Nueva York: her­ma­nos ir­lan­de­ses con jer­seys de Aran, gran­je­ras ma­du­ras, jó­ve­nes de ca­be­llo liso, boy scouts con es­tri­bi­llos me­lo­sos y un largo et­cé­te­ra. Sin duda nada que ver con los otros per­so­na­jes con los que Llewyn se cruza en su ca­mino, bas­tan­te más es­pe­sos en la pan­ta­lla de lo que era ese jazz­man des­fon­da­do y bi­za­rro (in­ter­pre­ta­do por John Good­man) o el ro­cke­ro te­ne­bro­so con as­pec­to de tipo duro de pelar.

¿Y en­ton­ces, las can­cio­nes? Vie­jas can­ti­ne­las de tro­va­do­res he­re­da­das de In­gla­te­rra, Es­co­ciaIr­lan­da, ape­nas des­em­pol­va­das, to­ca­das con el ins­tru­men­to más sim­ple y siem­pre con los mis­mos acor­des. Sexy. En cuan­to al ne­go­cio de la mú­si­ca, nin­gu­na sor­pre­sa: es frío, in­sen­si­ble y falso. Dis­cos no ven­di­dos, cuen­tas a cero. Una pro­pi­ni­lla, por favor. El único con­sue­lo para el mú­si­co «de tra­di­ción» si quie­re hacer ca­rre­ra es el com­pro­mi­so. «Aféi­ta­te la barba, canta los coros pero per­ma­ne­ce en la som­bra» le dice más o menos un ma­na­ger, a tra­vés de los tubos ra­dio­fó­ni­cos, en estos tiem­pos de pro­to-pop im­pues­tos en la ca­de­na por los gran­des se­llos. Nos cru­za­mos con otro per­so­na­je bien co­no­ci­do en el mundo mu­si­cal, el del mú­si­co para todo, aban­de­ra­do por un Jus­tin Tim­ber­la­ke más pop idol que nunca.

Nues­tros ami­gos folk son per­so­nas lim­pias y bas­tan­te in­ge­nuas, que viven en un mundo muy ri­gi­do can­tán­do­le a un uni­ver­so des­a­pa­re­ci­do hace un siglo, un uni­ver­so de fá­bu­las y ar­que­ti­pos, de his­to­rias tan vie­jas como el pro­pio mundo. «Never new, never gets old, it’s a folk song». Per­fec­to como marco para la bús­que­da.

Larga vida al folk

El Uli­ses de este nuevo epi­so­dio de la mi­to­lo­gía coen­nia­na es el folks­ter Llewyn (Oscar Isaac). Es él quien con­tí­nua­men­te se va a dar con­tra la pared de este pe­que­ño medio en­cor­se­ta­do, en­car­nan­do así, bajo mi punto de vista, el re­ver­so de la fas­ti­dio­sa me­da­lla del folk. Por­que ade­más de pasar por este pe­que­ño mundo a con­tra­pe­lo, tam­bién tro­pie­za con sus pro­pios lí­mi­tes. Es el «inside» de Llewyn Davis, un mú­si­co en con­tac­to con el mundo, lo que lo di­fe­ren­cia de los mi­se­rias de los mú­si­cos folk que tocan y pien­san con agua tibia.

Sí, la tra­ve­sía por este valle de som­bras que es el mundo mo­derno, in­sen­si­ble a la be­lle­za, es for­zo­sa­men­te com­pli­ca­da. ¿Piso? No. ¿Pa­re­ja? Cam­bian­te. ¿Coche? El de otros. ¿La nieve? Con eso no había con­ta­do. ¿Un gato? Sí, pero somos ca­pa­ces de per­der­lo. Y en­ci­ma ni ras­tro de la ma­du­rez. Y pen­sar que al­gu­nos le lla­man a esto de­rro­ta. Ig­no­ran­tes.

Por lo tanto, pa­re­ce evi­den­te que en la pe­lí­cu­la el per­so­na­je de Joel y Ethan Coen no quie­re «exis­tir» sino vivir. Esto, a cam­bio de su con­fort, sus ami­gos, su fa­mi­lia, de todas esas per­so­nas bie­nin­ten­cio­na­das que bus­can de­bi­li­tar­le, hacer que se asien­te y cante su can­ción folk, como un perro obe­dien­te, fren­te a los uni­ver­si­ta­rios y es­pe­cu­la­do­res que ex­cla­ma­rán «¡Pero cuán­to ta­len­to !». Eso no es nada folk. O no el suyo, ni el bueno, en cual­quier caso. No el que sale de las en­tra­ñas. Llewyn quie­re sen­tir que vive, que hier­ve, que reac­cio­na. Pues­tos a ele­gir, si real­men­te no fun­cio­na nada, lar­gar­se. Lo que sea menos esta rub­bish mo­dern life. «Fare thee well», dice la úl­ti­ma can­ción de la pe­lí­cu­la.

El final de esta lec­tu­ra mu­si­cal de la pe­lí­cu­la acaba con la misma his­to­ria, la misma can­ción. La del mú­si­co fren­te a su mú­si­ca, el idea­lis­ta fren­te a la reali­dad. La reali­dad ee esas can­cio­nes de 3 acor­des que, en fun­ción del mú­si­co que las toque, pue­den sonar a «déjà vu» o ele­var­te a lo más alto.

'A pro­pó­si­to de Llewyn Davis' se es­tre­na hoy en Es­pa­ña

Re­de­ye es un mú­si­co folk fran­co-amé­ri­cano