Abandona o duplica

Artículo publicado el 17 de Febrero de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 17 de Febrero de 2004

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La cuestión chipriota nos enseña algo: con la ampliación, Europa se ve inmersa en un juego peligroso, del que sólo podrá salir exitosa si hace entrar en él a la sociedad civil.

Las peculiaridades de Chipre, tercera isla del Mediterráneo en extensión, derivan de su historia política y religiosa. Situada a 70 Km. al sur de la costa turca en el Mediterráneo oriental y a casi 400 Km. de la isla griega de Rodos, Chipre estuvo gobernada hasta 1960 por extranjeros.

De Venus a Makarios

Después del dominio de Venecia, la importancia estratégica de Chipre, tierra natal de Venus según reza la tradición, estuvo también alimentada por los turcos otomanos que la gobernaron hasta 1878, fecha en la que la custodia de la soberanía política pasa a manos del Reino Unido. La hegemonía de Londres se prolongó hasta 1959. La situación de la isla permanece estable hasta 1967, cuando se produce en Grecia la entrada en el poder de los Coroneles (la dictadura militar griega no abandonó sus metas nacionalistas sobre Chipre) y cuando comienzan también los enfrentamientos y las disputas entre la comunidad griega y turca.

El escenario cambia considerablemente, y de hecho ha permanecido así hasta la actualidad, cuando en 1974 se impide en Nicosia, capital de la isla, un intento de golpe de estado promovido por el régimen griego con el objetivo de derrocar el gobierno unitario de Makarios. Turquía movilizó rápidamente su ejército que, en el intervalo de tres días, consiguió apoderarse de casi una tercera parte del territorio de la isla. En 1975 la comunidad turco-chipriota controlaba la parte norte de la isla, es decir, alrededor de un 37% del territorio, mientras el resto permaneció en manos de la comunidad griega.

En 1983 se produce lo que acaso será el desgarro más importante entre las dos comunidades, la región turca proclamó unilateralmente el nacimiento de la República Turca de Chipre Septentrional, entidad política únicamente reconocida por Turquía puesto que las Naciones Unidas siempre han reconocido la existencia de una sola soberanía en Chipre, negando por otra parte la división étnica presente en el territorio.

Cuando Europa viola el derecho internacional

Las razones de la contienda son múltiples y la consecución de un acuerdo es muy difícil. Si bien la comunidad griego-chipriota se decanta en efecto por la formación de una federación sujeta a un gobierno unitario fuerte, la minoría turca prefiere claramente la opción de la confederación, y así poder mantener una cierta soberanía sobre su parte del territorio y, por tanto, protegerse.

La dicotomía es notable y mina todos los acuerdos de paz. En 1999 tiene lugar un hecho detonante de ulteriores complicaciones. En ese año la UE inicia en Helsinki la última fase del proceso de ampliación a la Europa oriental y sur oriental, incluyendo a Chipre, es decir, al estado griego-chipriota, en el grupo de los primeros candidatos.

Hasta hoy y desde 1999 Chipre ha llevado a cabo perfectamente las reformas económicas exigidas por la UE para agilizar la adhesión y, especialmente en este momento, se presenta como el candidato que más cerca está de conseguirlo, en virtud también de la magnífica recepción del llamado “acquis comunitario”, lo cual vuelve a mezclar las cartas en el asunto interno del poder.

Impás explosivo

La decisión comunitaria que permite a Chipre adherirse a la UE, incluso sin la parte turca, no solo se opone a las resoluciones de la ONU sobre la unicidad de la soberanía de la isla (y de hecho es como si se sancionase la división legal con posibles repercusiones por ejemplo, en el caso de Bosnia) sino que además desvincula a la comunidad griega de la consecución de un acuerdo con la comunidad turca.

La UE se ha inmiscuido, influyendo así en el resultado, en un juego político entre dos partes. La adhesión de Chipre, en lugar de representar el trampolín para la ampliación a Turquía, que se producirá con total seguridad antes o después, podría revelarse con el tiempo como un impás explosivo.

Es necesario que seamos capaces, sin embargo, de ir más allá, de intentar emprender nuevos caminos que permitan la unión de las dos comunidades, griega y turca, como una opción factible.

La realización de una política regional capaz de alcanzar, paso a paso, resultados concretos no se presenta tan imposible si, por el contrario, se parte del compromiso de la sociedad civil y se imita el deseo de paz expresado por parte de todos los ciudadanos de la isla. Me refiero, por ejemplo, al papel que podrían desempeñar los entes locales de los estados miembros de la UE con la promoción de un hermanamiento con otras tantas comunidades greco-chipriotas (las únicas que cuentan con un reconocimiento jurídico internacional) y vinculando dicho hermanamiento con el enfrentamiento con los turco-chipriotas.

La intervención de la sociedad civil es con cierta seguridad el camino principal, aunque no el único, que hemos de seguir. Junto a ello, sería de utilidad el lanzamiento de un programa económico capaz de disminuir el desfase económico entre ambas comunidades. Tampoco ha de olvidarse, sin embargo, la necesidad de relajar de una forma más general las relaciones entre Grecia y Turquía. Sólo mediante la realización de proyectos paralelos y sincronizados, a todos los niveles posibles, podrá superarse el impás. El impulso, sin embargo, deberá producirse desde abajo, con la ayuda de los ciudadanos europeos.