Ablación prohibida en Gambia: ¿una victoria contra la mutilación genital femenina?

Artículo publicado el 2 de Febrero de 2016
Artículo publicado el 2 de Febrero de 2016

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Una buena noticia para cerrar el año 2015: el presidente de Gambia, Yahya Jammeh, decretó el pasado noviembre la prohibición inmediata de la ablación y el Parlamento le siguió con la aprobación del 29 de diciembre de un primer texto legal donde constan las acciones penales. Sin embargo, aún queda una cuestión sin resolver: ¿bastará tan sólo con una prohibición penal para erradicar esta práctica?

La ablación es una de las prácticas que se engloban, en derecho internacional, dentro de la categoría de “mutilación genital femenina”, que consiste en realizar“intervenciones que alteran o lesionan, intencionadamente, los órganos genitales externos de la mujer por razones no médicas”.

La ablación, una práctica anclada en el pasado

En el cuaderno de notas núm. 241 de la OMS, se recalca que entre 100 y 140 millones de mujeres o niñas han sido objeto de estas intervenciones, y que cada año son unos tres millones de mujeres más de media.

Esta práctica está muy generalizada en el continente africano y sobre todo en Gambia, país que según UNICEF es uno de los diez primeros en donde estas intervenciones se practican más; a más de tres cuartas partes de mujeres gambianas se les habría practicado una ablación. Pero la prevención es igual de necesaria en Europa: en Francia, por ejemplo, a 53 000 mujeres o niñas también se les habría realizado esta práctica.

Como dijo la cantante parisina de origen maliense Inna Modja, la ablación es una práctica “de otra época”. De hecho, se habría practicado en Egipto desde la época faraónica y antes de la llegada de los tres grandes monoteísmos provenientes del exterior. La razón más utilizada en defensa de su práctica contemporánea es, entre otras,  la tradición: la ablación sería un rito de paso que aseguraría pureza a la niña, dándole la posibilidad de tener un buen matrimonio más tarde.

Cuestiones que provocan la lucha contra esta práctica

La lucha contra la ablación no es algo sencillo ya que plantea muchas cuestiones que chocan con el derecho internacional. Por ejemplo, sobre el consentimiento: algunas mujeres, para respetar la tradición, quieren dejarse hacer esta práctica. ¿Qué expone el derecho internacional en estos casos? En efecto, aquí se divisa un conflicto entre el derecho a la salud y el derecho a decidir sobre su propio cuerpo. Además, algunas razones que justifican esta acción son las mismas que las que defienden la circuncisión (higiene, estética), siendo ésta muy aceptada en la mentalidad occidental. En este caso, ¿por qué castigar una y no la otra?  Desde luego las dos prácticas tienen el mismo propósito: extirpar una parte del aparto genital por razones no médicas.

Pero, a diferencia de la circuncisión, la ablación constituye en derecho internacional una violación del derecho a la salud, a la integridad física, a la protección y, en casos extremos, al derecho a la vida. La ablación puede acarrear graves consecuencias físicas: hemorragias, problemas urinarios, problemas potenciales en el parto, ausencia de placer sexual, etc. De la misma manera plantea graves problemas en materia de igualdad entre hombres y mujeres, ya que la ablación también puede ser practicada para aumentar el placer sexual masculino. 

Gambia, en consecuencia, ha prohibido la práctica de la ablación, al igual que Nigeria unos meses antes. El Parlamento aprobó un texto legal donde se anuncian penas de prisión de hasta tres años y una multa de 1 200 euros para quien la practique. Pero aunque estas iniciativas jurídicas sean indispensables en la lucha contra la ablación, no son suficientes. En primer lugar porque se iniciaron con el gobierno, por definición exterior a la comunidad en cuestión, y después porque la ablación está demasiado anclada en el pasado desde hace siglos. Aquí se roza uno de los grandes problemas del derecho internacional: la tensión entre el universalismo de los derechos humanos y el relativismo de las prácticas locales.

¿Un derecho del Hombre o de las mujeres?

La segunda mitad del siglo XX en Occidente se dedicó a la universalidad de los derechos humanos. El principio de “todos los seres humanos nacen libres e iguales”, tal y como se estipuló en el artículo primero de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, no deja mucho lugar a los particularismos regionales. El problema es, por supuesto, que ese texto dedicado a los derechos humanos fue redactado por individuos de género masculino, blancos y occidentales (y sin lugar a dudas también bastante mayores). Si a eso se le añade que en esa época todavía había colonialismo, se puede deducir que esos textos de intención universal se adaptaron sólo a una realidad. Hoy en día, todavía nos encontramos con ese problema: hace meses Amandine Gay lo señalaba en la web Slate.fr, explicando que el discurso mediático sobre la ablación en Europa fue contaminado por una especie de superioridad occidental.

Tanto Europa como el mundo ya han mostrado su rechazo varias veces contra la ablación a través de numerosas oenegés y asociaciones que luchan contra esta práctica. También existen varios textos legales que condenan estas intervenciones; sobre todo es ineludible el Convenio del Consejo de Europa (Estambul 2011) y su artículo 38 sobre la mutación genital femenina.

Si es totalmente necesario condenar estas prácticas en textos legales como hizo Gambia y reconocer el derecho de las mujeres en los textos constitucionales, sería ilusorio pensar que con esto es suficiente. Sólo con esto sería mostrar de nuevo esta especie de paternalismo occidental deprimente del que no nos deshacemos fácilmente: estas iniciativas siguen en efecto siendo exteriores a las comunidades que practican la ablación. Lo que es totalmente necesario es que estas comunidades intervengan y dirijan acciones de manera duradera. Se trata pues de hacer un verdadero trabajo de campo, de explicar, de informar, de prevenir y no sólo de aplicar interdicciones penales que no tienen mucho sentido para las personas que practican estas tradiciones heredadas desde hace siglos. No forzamos el cambio, al contrario, lo podemos forzar de manera inteligente.