¡Abracadabra!

Artículo publicado el 22 de Octubre de 2007
Artículo publicado el 22 de Octubre de 2007

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Hace tiempo que me intereso por la magia e incluso me he iniciado en su ejercicio. Así es cómo desubrí que el chocolate disipaba como por milagro el mal humor y logré invocar un sortilegio Patronus [típico del pensamiento positivo en la saga de Harry Potter] surgido en mis sueños bajo la forma de buey aureolado en tonos malvas. Consciente de que me queda mucho trecho hasta convertirme en una verdadera maga y dominar los trucos de encantamiento, me he sumergido con avidez en los libros de Harry Potter con el fin de enriquecer mi acervo mágico. Si no, corro el riesgo de perder de nuevo el Poudlard Express que sale de la vía 9 ¾ y terminar en urgencias sobre una camilla.

Bienaventurados los que sobrevivieron a la Ilíada y a las guerras de las Galias. De Anapneo [que en griego significa “retomo mi aliento”] a tergeo [en latin, “purifico”], prácticamente todo el vocabulario de la brujería adopta las raíces de los términos grecolatinos. Entre las escasas excepciones figuran los encantamientos morsmordre [del latín mors en referencia a la muerte, y del francés mordre, que significa “morder”], tarantallegra [compuesto de los términos italianos tarantella, típica danza de Campania, y el tempo allegro, muy vivo]. Eso sí, no olvidemos el más terrible de las maldiciones, con origen arameo, al parecer: Avada kedavra [o “que la destrucción se cierna sobre esta cosa”]. Desde su transformación en abracadabra hacia finales de la época clásica, la fórmula sirve para conjurar un destino inscrito en un triángulo dorado sobre un anillo.

El que en cada renglón se borre una letra, obedece al celo por disipar influencias maléficas. Por eso en inglés spell significa a la vez “fórmula mágica” y “deletrear”, y hunde su origen en el nombre que se daba a las varas usadas por los monjes de la Inglaterra medieval. Estas homonimias se encuentran también presentes en la lengua alemana. Mientras la escritora J.K. Rowling se adentra más a fondo en la historia de las varitas mágicas, revelemos que la cayada críptica alemana se llamaba Buchstabe (lo que hoy da Buchstabieren o deletrear): los pueblos germánicos gravaban sus runas en varillas de madera de haya.