Abuso de los derechos humanos

Artículo publicado el 27 de Febrero de 2003
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Artículo publicado el 27 de Febrero de 2003

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Con la actual lucha contra el terrorismo, el tema de los derechos humanos parece haber resurgido con fuerza.

Totalmente cautivados por nuestras ansias de

paternalismo, no nos paramos a pensar en cómo se conciben los derechos humanos

fuera de Occidente. De hecho, nos encanta criticar la supuesta ausencia de

derechos humanos en la mayoría de los países, estableciendo una claro contraste

con nuestra virtuosa sociedad. Sin embargo, cuando Occidente comenzó su programa

sobre los derechos humanos en 1945, existía una considerable controversia sobre

su interpretación. La mayor parte de la oposición procedía de los antiguos

países socialistas de la Unión Soviética, del sureste asiático y de África, que

intentaban desafiar el supuesto universalismo de los derechos humanos,

especialmente porque lo consideraban una inclinación occidental hacia los

derechos políticos y civiles que dejaba de lado deliberadamente los derechos

económicos. Desde la caída del Muro de Berlín en 1989 y el posterior

derrumbamiento de la Unión Soviética, dicha crítica ha ido desapareciendo a

medida que Occidente ha consolidado el consenso político y económico global.

Aunque el tema de los derechos humanos se ha visto envuelto a menudo en el

lenguaje idealista, se puede comprobar fácilmente que está condicionado por

preferencias económicas e ideológicas especificas. Es decir, intrínsecamente,

las tendencias capitalista y liberal, respectivamente. Además, la existencia de

un amplio órgano permanente de derecho internacional sobre derechos humanos

contrasta con la pasividad, o quizás indiferencia, de la comunidad

internacional, hacia los actos de genocidio (como en Ruanda en 1992 o Timor

Oriental en 1998), las penurias sociales generalizadas, el hambre, el SIDA, etc.

Frecuentemente se explica que la importancia que se otorgó a los derechos

humanos en el periodo de la posguerra internacional fue debida a una reacción

moral contra la barbarie nazi, incluido el Holocausto, los experimentos médicos

y los campos de concentración. Esto explica, sin duda, buena parte de los

motivos; sin embargo, existía a la vez un afán mucho menor de cambiar la

moralidad de una política exterior que legitimaba la expansión global del

capital occidental en detrimento de los más pobres.

Los más desfavorecidos conciben los derechos humanos como un conjunto de

valores que fomentan la expansión de capital y promueven la explotación y la

sumisión. Cuando los profesores tratan este tema en las universidades, asumen

implícitamente que los derechos políticos y civiles (libertad de expresión,

etc.) equivalen a los derechos sociales (derecho a la educación, acceso a los

alimentos, etc.) Sin embargo, el fenómeno de la globalización ha hecho que los

derechos económicos reciban mucha menos atención y ha exportado un sistema de

capitalismo neoliberal a los países en vías de desarrollo que no tienen ni voz

ni voto en este asunto. Después de la guerra, los países en vías de desarrollo

intentaron aclarar qué derechos consideraban imperativos, como el derecho a la

autodeterminación, el desarrollo sostenible y el control sobre los recursos

locales. Sin embargo, dichos derechos suponían una pesada carga para los países

desarrollados, ya que debían ayudar a los pobres, cuestionar los valores

liberales y, lo más importante, desafiar el sagrado mercado libre. Estados

Unidos, consciente del peligro que esto suponía para su poder, quitó importancia

por tanto al discurso formal sobre los derechos humanos en relación con el

aspecto económico y prefirió centrarse en sus propios intereses, especialmente

en la expansión de capital, es decir el todopoderoso dólar.

Los derechos humanos se han utilizado como una fachada idealista en la política

exterior. Después de 1945, Estados Unidos necesitaba encontrar desesperadamente

nuevos mercados para canalizar los enormes excedentes que había producido

durante la guerra. El resultado fue un programa de derechos humanos que

reflejaba los intereses occidentales y una ideología liberal que incluía la

libertad del individuo y un enfoque no intervencionista del tipo laissez-faire

por parte del estado en los asuntos económicos y políticos, que prepararon el

terreno para la dominación económica de Occidente. Con miles de millones de

personas en los países en vías de desarrollo dependiendo del estado como su

única forma de asistencia, ¿a quién iba a recurrir la gente? El sector privado,

por supuesto, era la respuesta. Éste es el proceso que la globalización ha

extendido. Ha expandido el papel de los intereses privados, mientras los estados

se han visto obligados (normalmente debido a las condiciones impuestas por los

préstamos occidentales) a recortar las prestaciones a expensas de los sectores

mas desfavorecidos.

A los occidentales, por ejemplo, nos gusta unirnos cuando nos conviene a la voz

de Amnistía Internacional para castigar a Cuba por su fragante represión de los

derechos políticos y civiles. De hecho, dicha crítica justifica el asfixiante

embargo estadounidense a la isla. Aunque no cabe duda de que realmente se violan

los derechos humanos, nuestra crítica no tiene en cuenta algunos aspectos. Al

contrario que el anterior dictador Batista – apoyado por Estados Unidos-, Castro

ha logrado alimentar a su pueblo y proporcionarle una educación muy superior a

la de la mayoría de los países en vías de desarrollo. Según datos de UNICEF del

año 2000, la tasa de mortalidad infantil y los niveles de educación primaria en

Cuba, tanto para niños como para niñas, eran comparables a los occidentales. Lo

mismo ocurrió en Nicaragua durante el gobierno socialista sandinista a

principios de los ochenta, antes de que Estados Unidos y sus secuaces

aniquilasen el país. Después de adaptarse a las “normas” democráticas

occidentales, Nicaragua compite actualmente con Haití por la poco envidiable

distinción de ser el país más mísero del hemisferio norte. Al mismo tiempo,

durante la era de ferviente liberalismo occidental de los años ochenta, cuando

la mortalidad infantil crecía a niveles terribles por toda Latinoamérica, el

único país que no mostraba semejante aumento en la mortalidad infantil era Cuba.

Es muy cuestionable si sus logros podrían haber sido posibles si se hubiese

abierto al mercado libre y hubiera adoptado las instituciones democráticas en

1959, un momento tan crítico de su historia tras la dictadura de Batista y entre

las tensiones de la Guerra Fría durante los ochenta. Los países vecinos que

optaron por lo contrario, Nicaragua, Panamá, El Salvador y otros “escaparates

del capitalismo”, han vivido en la miseria desde entonces.

Esto explica por qué los pobres ven con recelo nuestra ávida propagación de los

derechos humanos. Porque no ha considerado en primer lugar sus principales

problemas. Problemas que poco tienen que ver con la libertad de expresión, de

prensa u otras preocupaciones que nos podemos permitir en Occidente. Sus

problemas son el hambre, la malnutrición, la falta de sanidad, el analfabetismo

infantil y la propagación de enfermedades que diezman a la población. Sólo

cuando las organizaciones de derechos humanos y las agencias occidentales

empiecen a ocuparse de estos problemas, los más desfavorecidos comenzarán a

confiar en nuestros nobles ideales.