Accidente en España: "Lo siento mucho, mamá"

Artículo publicado el 17 de Junio de 2014
Artículo publicado el 17 de Junio de 2014

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Fran­cis­co José Gar­zón Amo, el con­duc­tor del tren que des­ca­rri­ló en San­tia­go de Com­pos­te­la el 24 de julio de 2013 es res­pon­sa­ble, en parte, de la muer­te de al menos 78 per­son­as. Con 52 años, está de­te­ni­do de forma pre­ven­ti­va desde el jue­ves, ayer fue in­te­rro­ga­do por el juez y está acu­sa­do de "ho­mi­ci­dio im­pru­den­te".

A la es­pe­ra del re­sul­ta­do de las dos in­ves­ti­ga­cio­nes en curso, la ad­mi­nis­tra­ti­va y la ju­di­cial, nos hemos ima­gi­na­do cómo po­dría ser la carta que este ma­qui­nis­ta, con­si­de­ra­do un in­cons­cien­te, es­cri­bi­ría a su madre en­fer­ma, de la que él mismo se en­car­ga­ba.

Mamá,

Que­rría lla­mar­te, verte, con­tar­te, ex­pli­car­te, pero no tengo fuer­zas para ha­cer­lo. Ade­más, en un mo­men­to tan crí­ti­co, soy tan in­ge­nuo que pien­so que las pa­la­bras por carta tie­nen algo más de valor que las otras.

Esto no va bien, mamá. Lo sabes, todo el mundo lo sabe; pero yo que­ría de­cír­te­lo, tu hijo, que siem­pre ha que­ri­do que vivas un poco más de tiem­po. ¿Para qué ha ser­vi­do ha­ber­me ocu­pa­do de ti du­ran­te todos estos años, de­mos­trar­te que es­ta­ba ahí? Para echar­lo a per­der todo así, por una ton­te­ría. Sé que no quie­res creer­lo, que su­fres con lo que se cuen­ta, con lo que se dice de mí. Aquí me toman por un te­rro­ris­ta. Puedo com­pren­der­lo, pero me hacen mu­chí­si­mas pre­gun­tas, mamá, y no sé qué decir. ¿Cuál es el peor cas­ti­go para un hom­bre res­pon­sa­ble de un "ho­mi­ci­dio im­pru­den­te", como ellos dicen? Vivir. Ese es mi cas­ti­go. Por eso te es­cri­bo una carta, ¡cómo si te la tu­vie­ra que es­cri­bir!  

Sin duda, yo no en­con­tra­ría nunca las pa­la­bras ade­cua­das. Ni ahora ni nunca. Se­gu­ra­men­te re­ci­bi­rás esta carta des­pués de haber leído la no­ti­cia, o des­pués de que te lo hayan dicho y todo el mundo lo sepa. O, alo­me­jor, la lee­rás antes. Qué im­por­ta. Lo im­por­tante es que sepas que cuan­do se so­bre­vi­ve, aun­que lo co­rrec­to hu­bie­ra sido morir, se está muer­to un poco a pesar de todo. Por mucho que diga la gente, mi jui­cio no ser­vi­rá para nada. ¿Cómo se juzga a al­guien que no sabe lo que hizo? Solo diré que lo sient­to, que la cagué. Ante una tra­ge­dia se­me­jan­te, ¿qué ocu­rri­rá des­pués? Lo único que quie­ro que com­pren­das es que no hay nada que com­pren­der: iba rá­pi­do, de­ma­sia­do rá­pi­do, y co­me­tí una gran ton­te­ría. Solo que­ría de­cir­te que antes de esto in­ten­té siem­pre que es­tu­vie­ras bien, que es­tu­vie­ras or­gu­llo­sa de mí. El tren fue mi re­ga­lo. Sabía que es­ta­rías con­ten­ta, que el hecho de que el hijo de un fe­rro­via­rio lle­ga­se a ser con­duc­tor de uno de los tre­nes eu­ro­peos de alta ve­lo­ci­dad te gus­ta­ría. Por eso es­pe­ré pa­cien­te­men­te hasta en­con­trar mi sitio. Es­pe­ré mucho tiem­po: sien­do peón, luego asis­ten­te, vien­do mientras tanto a los demás hacer lo que yo siem­pre había so­ña­do. Trein­ta años en Renfe es duro, lo sabes, incluso para papá. Y ade­más, tenía la im­pre­sión de que esto me hacía im­por­tan­te. Cuan­do venía a verte a Mon­for­te, los com­pa­ñe­ros me mi­ra­ban y, bro­mean­do,­ me de­cían "eres el or­gu­llo de Ga­li­cia, mí­ra­nos, no­so­tros somos los de­sen­can­ta­dos de Es­pa­ña". Nos reía­mos y, luego, brin­da­ba con  esos gi­li­po­llas de Co­ru­ñe­ses.

Qui­zás por­que es­pe­ré tanto tiem­po para  con­se­guir­lo, a veces con­du­cía de­ma­sia­do rá­pi­do. No lo sé. Sé que no cree­rás a los que te cuen­ten que yo era un loco de la ve­lo­ci­dad. Lo que tie­nes que saber es que era feliz: en mi tren, sobre los rai­les, vo­lan­do como un jefe hacia mi des­tino, para ocu­par­me de ti y ver tu son­ri­sa so­ca­rro­na cuan­do te decía que, a veces, hacía al­gu­na tram­pa para lle­gar a tiem­po. Me di­je­ron mu­chas veces que fre­na­ra, como el día del ac­ci­den­te, pero en esos momentos pen­sa­ba en no­so­tros, en nues­tros pe­que­ños mo­men­tos pí­ca­ros que nos ha­cían sentir bien. Esto no es una ex­cu­sa, es una de­cla­ra­ción de amor a mi madre, a la que de­di­qué la mayor parte de mi vida. Y esa puta curva era to­da­vía un poco para tí, para que me mires, para que pon­gas la palma de tu mano en mi me­ji­lla y para que en­tor­nes los ojos. Una vez más.

En 52 años, no te lo he dicho mucho,

Te quie­ro, mamá.

Fran.