Adictos a la tecnología: “Goodbye, education!”

Artículo publicado el 8 de Abril de 2013
Artículo publicado el 8 de Abril de 2013
¿Vivimos absorbidos por la tecnología? ¿Sólo tenemos tiempo para nuestro avatar virtual? Estos pueden ser algunos problemas de nuestro tiempo si no sabemos priorizar el mundo intanginble de la Red de lo que nos rodea. Quizás dejar a un lado nuestro smartphone y disfrutar de la compañía de los demás en el mundo real sea una solución a nuestros problemas.

El otro día la televisión pública española me sorprendía gratamente con esa joya del cine titulada Good bye, Lenin!, pero también me soprendió inundándome con una buena dosis de nostalgia que hizo replantearme una y otra vez la sociedad en la que vivimos hoy en día. No estamos en 1989. Esto no es la República Democrática Alemana. El muro de Berlín no está a punto de caer. Y no, no vivimos en un país socialista. Estamos en 2013. Esto es España. La crisis económica está en boca de todos. Y vivimos en un país capitalista lleno de corruptos y jóvenes acomodados.

Sed sinceros, ¿cuántos de vosotros seríais capaces de vivir como en 1989 durante una semana? Sin móvil y sin internet. Solamente vosotros y el mundo. Esta misma pregunta la hice en mi muro de Facebook después de ver la película y el resultado fue totalmente satisfactorio. Satisfactorio respecto a lo que creía desde un primer momento: casi nadie sería capaz.

Soy de la generación de los ochenta, de los que fuimos a la E.G.B., de los nativos no digitales, de los que comíamos el bocadillo viendo uno de los dos únicos canales de televisión que había, de los que heredábamos la ropa del hermano mayor, de los que no teníamos videoconsola, de los que sabíamos que si no se podía gastar, no se podía y punto. Vamos, que soy de esa generación que ha recibido aquella educación y aquellos valores que nuestros padres con tanta destreza y tanto mimo nos inculcaron y que a día de hoy parecen haberse difuminado como por arte de magia. ¿Qué le ha ocurrido a toda la gente de mi generación? Al igual que los heroinómanos que había en mi ciudad natal cuando era pequeña, también tienen una adicción, pero a la tecnología.

Hemos llegado a un punto donde impera más la ausencia que la presencia, la escrita que el habla, el vídeo que la palabra. En una sociedad en crisis donde tener un móvil de última generación es de lo más normal, el bicho raro es el que no lo tiene. Si no tengo uno quizás sea porque no tengo un trabajo ni un sueldo para poder comprármelo o simplemente porque no quiero acabar con los ojos, la nariz y los dedos pegados a un trozo de plástico mientras sufro el síndrome de abstinencia cuando me quedo sin batería o cuando se me olvida en casa.

Prefieren la ausencia a la presencia. No importa si han quedado con una persona para charlar y tomar algo. Llegan, se sientan, dejan el móvil encima de la mesa y comienzan a enviar whatsapps cada dos segundos. Olvidan mantener una conversación a la antigua usanza —¿recordáis lo que era eso?— mientras ignoran y desprecian a la persona que tienen delante que, aún encima, les está concediendo unos minutos de su valioso tiempo. ¿Y por qué la ignoran? Porque prefieren “hablar” con alguien que no está en ese momento con ellos. ¿Por qué? No lo saben. ¿Y la educación? Tampoco la conocen. Ha desaparecido junto con la persona con la que habían quedado.

También prefieren la escritura al habla. Pero no se trata de escribir largas cartas a amigos, amantes o familiares, sino de escribir —y mal— por WhatsApp o Facebook. La escritura: otro de esos valores que se ha perdido. ¿Recordáis el esfuerzo de vuestros padres y profesores por enseñaros las normas ortográficas del español? ¿Y aquellos dictados plagados de bes, uves, haches y emes antes de be y pe que nos hacían en el colegio los viernes por la mañana? ¿De qué ha valido todo aquel esfuerzo si no lo aplicamos en el día a día? Hemos llegado a un punto donde, tal y como decía Nietzsche, ha habido una transmutación de valores, donde lo erróneo es lo aceptado como norma y lo correcto es lo rechazado.

Y como no, también prefieren el vídeo a la palabra. Cuando hay un grupo de amigos reunidos, siempre tiene que haber alguno, sino todos, que saque su magnífico teléfono móvil y enseñe el “último vídeo” más visto en internet. ¿Recordáis lo que era mantener una conversación sobre cualquier tema, bien sea sobre lo que preocupa a los jóvenes hoy en día, sobre la economía en Europa o sobre si las patatas fritas están más ricas con keptchup o mostaza? El tema es lo de menos, lo importante es la comunicación entre personas, pero una comunicación “analógica” boca-oído, no una comunicación “digital” dedo-teléfono.

Hoy en día tenemos tecnologías que nos hacen la vida más fácil, pero el problema radica en que no se saben utilizar con mesura, por lo que se acaba con un problema de adicción. Es por esto por lo que tengo nostalgia de los ochenta y noventa, nostalgia de la vida sencilla —y sin tecnología— que llevábamos. Una vida con valores en la que existían las verdaderas relaciones sociales porque la gente tenía una buena educación y demostrar que se poseía era algo positivo. Pero es una educación que se ha perdido. ¿Para siempre? Envíale un whatsapp a tu amigo, a ver que te dice. Aunque quizás yo ya no esté aquí cuando te conteste.

Foto: Brokenmouse/Flickr. Vídeo: Notodofilmfest/YouTube.