¿Al Rescate de Rusia?

Artículo publicado el 15 de Noviembre de 2005
Artículo publicado el 15 de Noviembre de 2005

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La creciente demanda energética de Europa exige importar cada vez más petróleo y gas natural de Rusia, so pretexto de “mejores relaciones” y de ventajas socioeconómicas para Moscú.

En tanto víctima de las tensiones sobre los precios energéticos y de la oferta de energía a largo plazo, Europa es hoy más dependiente que nunca de las importaciones de gas y de hidrocarburos. De los 77 millones de barriles de petróleo gastados en el mercado mundial en 2002 se pasará, según algunas fuentes, a 120 millones de aquí a 2020. El crecimiento norteamericano y chino encarnan los principales factores de este aumento. Las cifras del mercado energético comunitario ponen el acento en el papel clave de Europa, en particular en su relación con Moscú.

Gas en directo

La Unión Europea es el principal consumidor tanto de petróleo como de gas natural en el planeta. En 2002, su consumo petrolífero alcanzó el 38,5% del consumo mundial, mientras que el de Estados Unidos alcanzaba el 17% y el de Japón el 12%. En 2000, el 48% del gas natural consumido por la UE -el 23,7% del consumo global de gas- era de importación. Como el gas holandés y las reservas de petróleo del mar del Norte se agotan de modo progresivo, la dependencia energética de nuestro continente no puede sino aumentar y se prevé que de aquí a 2020 el 75% del gas consumido en la UE sea importado, muy especialmente de Rusia.

Tras el desmantelamiento de la Unión Soviética en 1991, las exportaciones energéticas de Rusia hacia Europa occidental han aumentado de forma exponencial. En octubre de 2000, el presidente ruso Vladimir Putin firmó un acuerdo con la UE para establecer una estrategia asociada de abastecimiento energético. Uno de los más recientes resultados es la negociación en septiembre pasado entre la compañía rusa estatal Gazprom y las firmas alemanas BASF y EON de cara a poner en pie el Gasoducto de Europa del Norte (NEGP). Atravesará durante 1.200 kilómetros el mar báltico, desde la bahía de Portovaya en Rusia hasta el puerto alemán de Greifswald, y abrirá un nuevo capítulo en la Historia de las importaciones rusas hacia Europa. El trazado del NEGP se concibió para evitar el paso por países de tránsito y poder suministrar directamente el gas natural a Europa occidental sin pasar por los países del este -incluido Polonia– nada contentos por esta medida.

Reflejos autocráticos

Se suele pensar que el crédito que Europa le confiere a las importaciones desde Rusia y la confianza de Moscú en los beneficios de estas ventas no pueden sino mejorar las relaciones entre estos dos gigantes. En cambio, como lo demuestra la construcción del NEGP, no todos los Estados europeos aprueban esta obra. Además, pensar que el crecimiento de las importaciones por parte de Rusia mejorará su situación económica y democrática general es un error. Y es que el papel de este gigante en el mundo de las energías sigue percibiéndose como un vestigio de su pasado soviético destinado a desaparecer. El sector energético, por ser estratégico, experimenta ciertos esfuerzos de privatización en los últimos tiempos, pero no sería realista esperar que un Estado en transición como Rusia renuncie a ejercer un fuerte control sobre este maná económico. Así lo prueba el arresto y entrada en prisión de Mijail Jodorkovsky, presidente de la compañía petrolera Yukos, parcialmente nacionalizada desde entonces.

Del mismo modo, la Historia ha demostrado que el alza de los ingresos por venta de energía y el desarrollo socioeconómico no siempre van de la mano. La mayoría de los países productores de petróleo -como Irán- no han utilizado estos ingresos en la mejora de las condiciones de vida de sus ciudadanos, ya sea atenuando la pobreza y las desigualdades sociales, ya mejorando la sanidad o desarrollando infraestructuras como las autopistas de la información. Antes al contrario, este dinero proveniente del oro negro aprovecha sólo a las elites gobernantes.

El aumento de las importaciones energéticas desde Rusia no crea una dependencia unilateral respecto de Moscú en la medida en que es recíproca: Europa necesita la energía rusa tanto como Rusia el dinero europeo. Se trata de una dependencia mutua que garantiza la estabilidad del mercado energético en Europa. Aún así, habría que tener en cuenta el “factor chino”: a la vista de las colosales y drásticas necesidades energéticas de Pekín y la necesidad de colmar esta demanda por parte de la oferta rusa, es probable que la dependencia de Moscú respecto del mercado comunitario termine a largo plazo por equilibrarse con las exportaciones a China. Europa debe, pues, pensar en buscar por otro lado para completar sus previsiones crecientes de consumo.