Alan Stivelman, el hombre que se hizo 'humano' en la veintena

Artículo publicado el 3 de Diciembre de 2014
Artículo publicado el 3 de Diciembre de 2014

Entrevistamos al cineasta argentino Alan Stivelman, que se encuentra inmerso en una gira por Europa para presentar su documental, Humano. Alan viajó hasta los Andes para descubrir cuál era el origen de la humanidad, pero nada más llegar le advirtieron de que nunca lo entendería porque Alan todavía no era humano. Allí aprendió a serlo. Conversamos sobre religiones, culturas y conexiones.

Conocí a Alan Stivelman hace unas semanas en el Café des Livres de París. Me enteré de que Alan, un cineasta argentino de 28 años, iba a estar en la capital francesa casi por casualidad, cuando vi un anuncio de su documental Humano en el timeline de mi Facebook. Supongo que de esto va el periodismo de hoy en día. Así descubrí que Alan había estado conviviendo durante unos meses con los Queros, una comunidad indígena de los Andes no contactada hasta los años 1960 pero que a día de hoy ya cuenta hasta con una página web, y que había rodado un documental sobre su experiencia. Alan, un citadino de Buenos Aires (según sus propias palabras), sentía la necesidad de encontrarse a sí mismo desde muy temprana edad, por lo que con 23 años decidió reunir dinero con el único objetivo de viajar hasta las montañas y tratar de averiguar cuál es el origen de la humanidad, por qué estamos aquí y para qué. Un reto en absoluto despreciable.

"Ahorré un poco de dinero, me compré una cámara, un buen equipo de sonido y con lo que me sobró me alcanzó para viajar a Bolivia y Perú en tren, lancha… tardé tres días en llegar y allí me encontré con Plácido, un sacerdote de la comunidad de los Queros", me cuenta Alan mientras se calienta las manos con la taza de té. Alan tiene los ojos de un azul grisáceo y la mirada sincera. No sé si es su sonrisa o ese acento tan atractivo que tienen los porteños, pero la conversación con él se desarrolla de manera natural desde el primer momento. Lo vi anoche por primera vez durante el pase de su documental en un salón de París reconvertido en galería de arte, pero mientras hablo con él tengo la sensación de haberlo conocido hace mucho tiempo. Es, efectivamente, un aventurero de ciudad: ni lleva pantalones cargo ni ningún chaleco lleno de carretes de foto, cuerdas o navajas multiusos. No. Se atavía con una camisa azul de cuadros, un jersey de punto fino de color gris y pantalones tejanos. Más adelante descubriré que en eso se basa la autenticidad de su historia: Alan no pretende mostrar nada ni demostrarle nada a nadie, Alan pretende ser él mismo. Algo que a primera vista puede parecer fácil pero que no lo es tanto.

Una cámara y una mochila cargada con 200 preguntas

"Llegué allí con 200 preguntas y viajé con Plácido durante tres meses a lo largo y ancho de los Andes, del Titicaca al Machu Picchu, aunque Plácido me advirtió desde el primer momento que de nada me iban a servir sus respuestas por la sencilla razón de que yo no era humano", me cuenta con total naturalidad ante mi total perplejidad. ¿Qué significa que Alan no es humano? De esto nació el nombre del documental que filmó durante aquellos días, en los que trabajó entre las altas cumbres de la cordillera y un Starbucks de Cusco que hizo las veces de oficina, donde vaciaba las imágenes de la cámara y recargaba baterías. En Humano, el autor ha plasmado lo más importante del proceso que le llevó a conocerse a sí mismo y lo que significa en realidad ser humano, a "reconciliarse con su religión" e, incluso, a replantearse la validez de teorías tan asentadas como la darwiniana.

"Yo vengo de tradición judía pero rechacé mi religión desde chico, porque a mí no me cuadraba mi idea de Dios con la idea que aparece en el Antiguo Testamento, un Dios cruel. No me sentía identificado, así que decidí no hacer el Bar Mitzvah, lo que provocó una crisis que me duró varios años, hasta que hablé con Plácido de todo eso". Plácido le explicó que las religiones existen "para ayudar el entendimiento entre los seres humanos", algo a lo que contribuyen incluso las guerras. Entre otras cosas, la estancia con los queros le sirvió al joven cineasta para "liberarse de la carga que tenía a los 24 años, cuando vivía obsesionado con lo que podíamos hacer por el mundo". "Noté en ellos [los queros] una tranquilidad absoluta hasta para la respuesta más terrible, que es que quizá la humanidad se termine y desaparezcamos. Ellos te dicen con una sonrisa que quizá la humanidad fracase, algo que hace años me parecía terrible pero que ahora he acabado por aceptar con tranquilidad", ahonda el director. Le pregunto si la clave está en conectarse mejor con la naturaleza, si esa aceptación tiene que ver con el hecho de concebir la existencia de uno como parte de un ciclo que encierra a todos los seres que pueblan el planeta. "Tiene que ver con la conexión con uno mismo", me contesta. "La naturaleza puede ser un medio para ayudar a conectarnos, pero no deja de ser eso, un medio para conectarnos con nuestro espíritu. Si busco túneles o el origen del mundo lo hago para mí, porque esta búsqueda me ayuda a conectarme conmigo, mientras que cuando tenía 24 años lo hacía para revelar algo a la humanidad, todo lo que hacía tenía un carácter mesiánico, pero ahora ya no".

¿Cuestión de valores?

Lo que me cuenta suena bastante bien, pero todavía no veo claro cómo llevarlo a la práctica. Me planteo si se podría definir la condición de humano con una serie de valores, aunque inmediatamente me doy cuenta de que caigo en el riesgo de occidentalizar un estatus que quizá haya que entender de otra forma. ¿Ser humano significa tener humanidad? Y en ese caso, ¿qué significa tener humanidad? "Yo siento que hay valores intrínsecos en lo humano", me responde tajantemente Alan. "Parece que en nuestro ADN hay ideas que se rechazan o se aceptan, como el amor absoluto o el no matarás. No sé de dónde nacen esas ideas, pero se trata de verdades que nos unen a todos, algunos quisieron llamarlas valores, aunque yo no sé si utilizaría esta palabra porque las religiones la han explotado mucho, y ya sabemos de la doble moral que tienen las religiones…". Todo parece indicar que la condición de humano es algo personal que cada uno entiende a su manera. Para él, el humano es "un ser que se está buscando, que no sabe quién es pero que es consciente de ello". Para encontrarse, es imprescindible estar abierto a todo y, sobre todo, no juzgar. "Si tuviera que hacer una recomendación, sin ánimo de dogmatizar, diría que hay que estar abierto y receptivo. No juzgar puede ser algo muy difícil, a mí los Andes me dieron las herramientas para vencer eso, para estar más abierto; aunque obviamente uno siempre tiende a juzgar y no hacerlo requiere un trabajo diario". 

"A mí me ha pasado como a Neo, el protagonista de Matrix. A éste le preguntan si quiere tomar una pastilla que le devuelve a su estado original, de letargo, o si quiere despertar. Mi viaje fue ese: yo no quería volver a mi estado original, no quería volver igual a Argentina, quería una transformación real", me dice. Le pregunto si lo que quizá le pase es que quiera vivir de ese modo. "No, no digo que ese sea el modo de vida, yo soy un citadino y estoy inmerso en ese mundo, pero me doy cuenta de que me era necesario ver otra forma, otro estilo, y que ahora puedo traer la montaña a la ciudad y tratar de mantener el espíritu andino allá donde voy y en lo que hago, de no aferrarme a ningún tipo de religión ni de espiritualidad, de mantenerme abierto a conocer, a discutir con la gente y a seguir buscando la verdad".