Albania: nuevo El Dorado de los touroperadores

Artículo publicado el 11 de Septiembre de 2007
Artículo publicado el 11 de Septiembre de 2007
Por largo tiempo plegada sobre sí misma, Albania sae está convirtiendo en destino de los turistas amantes del Adriático, lo que podría beneficiar a este pequeño país de la península de los Balcanes.

Llegando al aeropuerto de Rina-Madre Teresa, un tópico se desvanece enseguida ante mí: el del funcionario solicitando un bakchich (soborno o donación voluntaria) al recién llegado. Nada de nada. El aeropuerto, nuevo como un traje de domingo recién estrenado, se sitúa a no más de 15 minutos de la capital, Tirana. Una modernidad atribuible a los Estados Unidos, importante donante de ayudas para las colectividades albanesas. La “generosidad estratégica”, tan apreciada por Marshall en los años cincuenta, se ha aplicado en casi todo el territorio albanés.

Para llegar a esta capital hay que tomar una nueva autovía que sirve de vitrina a firmas extranjeras: Mercedes, Coca Cola, etc. El desarrollo económico albanés se realiza sin demora, con casi un 6% de crecimiento anual, las inversiones directas extranjeras determinan el nivel de influencia de países como Italia, Grecia, Alemania o los Estados Unidos.

La alfombra de asfalto se acaba a las puertas de la ciudad. En ella, el aleatorio estado de las calzadas muestra las limitaciones de los poderes públicos bajo la dictadura de Enver Hoxha y las dificultades de los sucesivos gobiernos en poner en funcionamiento los proyectos de infraestructuras públicas. Este “país de las águilas” es hoy como una enorme fábrica a cielo abierto. Tirana, Vlore, Durres: por todas partes surgen edificios nuevos, oficinas, hoteles, o adosados. Los tanques de agua dominan por sobre los tejados y son numerosas las antenas televisivas que sobresalen de los edificios de hormigón armado o los muñecos de tela de fiestas regionales pegados en las fachadas para conjurar la mala suerte.

El eslabón perdido

Albania sorprende por su densidad de hoteles por kilómetro cuadrado. La mayor parte son estructuras tradicionales y están destinadas a la población local. Según Raimonda Nelku, Jefa de Proyectos del servicio del USAID-EDEM- (organismo de ayuda norteamericana que tiene a su cargo la promoción del turismo en Albania), la explicación tiene un carácter histórico: “La paranoia del dictador Enver Hoxha, cerrando herméticamente el país durante décadas, creó un turismo interior compulsivo”, aclara. “A falta de visados para salir al extranjero, los habitantes aprendieron a visitar su propio país”. “Este repliegue del pueblo albanés sobre sí mismo, al mismo que una limitación, es hoy día una doble ventaja, pues creó en la gen te joven el deseo de aprender idiomas extranjeros y anima a las distintas comunidades a vivir juntos pacíficamente.”

Es fácil constatar que los albaneses entre 18 y 30 años son casi todos políglotas. Tanto el inglés, como el italiano, el francés o el griego se usan sin reparos en el comercio local. En los cementerios, las tumbas católicas, ortodoxas y musulmanas son adornadas con flores sin distinción; y si se juzga por elementos como la comida o la vestimenta, es difícil creer que el Islam es la religión del 65% de la población. En lo cotidiano, la laicidad es lo que impera. La influencia de las culturas griega, italiana y turca, sugiere que quizás estemos ante el “el eslabón perdido” entre Oriente y Occidente?

Asumir riesgos para el desarrollo permanente

Illi Pango, Ministro de Turismo, Cultura, Juventud y Deportes de Albania, se muestra convencido de que la integración europea pasa por el turismo: “Nuestra ambición es acoger un millón de turistas al año, para una población autóctona de cuatro millones de habitantes. La ayuda aportada por Europa, dentro de lo establecido por el programa INTEREGG III nos ha permitido crear un conjunto turístico coherente y homogéneo. Nuestro país tiene más de 470 kilómetros de costas preservadas, pero también enclaves culturales de primer orden. El parque nacional de Butrint y el santuario de Apolonia, creado en el año 588 a.C., han visto triplicada su frecuencia de visitas en cinco años”.

Berat, la “ciudad de las 1.000 ventanas”, o Tepelene, con su fuente de aguas gaseosas alquilada en su día por Lord Byron, o Gjirokaster, declarada patrimonio mundial por la UNESCO, figuran también en los programas de los touroperadores europeos. Sin embargo, queda aun afianzar este desarrollo si se pretende acceder al exclusivo club de destinos de ensueño de la costa mediterránea: todavía es el segundo país más pobre de Europa, sólo por detrás de Moldavia. Deberá conciliar la adopción de riesgos económicos con la regulación de mercados públicos y un desarrollo permanente y estable. “Una verdadera cuadratura del círculo” que no escapa a Shpetim Gjika, Alcalde de Vlore, una de las principales villas costeras de Albania. “La prioridad está en definir qué tipo de turismo deseamos desarrollar, para aplicar una estrategia adaptable y evitar los errores posteriores”, señala.

“Vlore representa en sí una experiencia piloto, ya que hemos invertido masivamente en el turismo como factor de desarrollo. Un tercio del presupuesto municipal, es decir, más de 2,2 millones de euros, han sido invertidos en turismo. Si queremos atraer no ya a un 30% de turistas extranjeros, sino un 70%, en cambio no lo vamos a hacer a costa de generar un turismo-basura o un turismo que pueda ser dañino para los habitantes de acá.”

Fotos, François Vecchi Muller