Alea iacta est, ¿o no?

Artículo publicado el 23 de Octubre de 2017
Artículo publicado el 23 de Octubre de 2017

Durante los últimos diez días he estado asistiendo a un espectáculo indigno, una especie de teatro del  absurdo donde se representa un guión que se le ha ido de las manos a los propios guionistas. unque uno fuese un completo ignorante de la situación política actual, era evidente que algo raro había en el aire. 

Aunque uno no hubiese leído, escuchado o visto cuáles eran las premisas en el referéndum del 1 de octubre, incluso aunque uno fuese un completo ignorante de la situación política actual, era evidente que algo raro había en el aire.

Llegué a la estación de Sants de Barcelona el 30 de septiembre y, a decir verdad, algo no me cuadraba; demasiadas banderas por la calle y yo, será por la historia de mi propio país, siempre soy desconfío cuando se ondean banderas y no hay ningún evento deportivo en juego

Quizá fueran sensaciones mías o paranoias personales pero cuando a las diez empecé a sentir un ruido extraño que venía de la calle, me asomé a la ventana y vi a gente golpeando ollas y sartenes con cucharas. Sí, había algo raro. Una sensación de alerta podría definir la situación: todos en tensión esperando a que llegase el día siguiente, domingo 1 de octubre.

Ese día, dando una vuelta por el barrio, tuve la gran suerte de no toparme con los disturbios que se vieron en otros colegios y solo vi a mucha gente en fila delante de los colegios. Aunque sí hubo algo curioso que llamó mi atención: los dos colegios que vi tenían la cancela de entrada cerrada pero había personas entrando, por parejas o de una en una. A la pregunta “¿el colegio está cerrado?” uno de los mossos me respondió con otra pregunta escrutadora seguida al momento de una afirmación poco convincente: “¿Está cerrada? (pausa con mirada indagadora) Sí, vale, está cerrada”.

No me quedó claro qué sucedió después porque la situación se degeneró rápidamente como todos pudimos comprobar. Aquellos que habían votado estaban felices de haberlo hecho aunque supiesen que su voto no tenía ningún valor legal y aquí la cuestión se vuelve espinosa. La carga policial fue  sido vergonzosa, absurda y trágica. Personas que gritaban al Estado opresor que no les había permitido – cito textualmente- “manifestar libremente el voto”, voto que, por otro lado, no está protegido ni controlado y que, de hecho, supone una violación de la idea misma de estado democrático que rige o debería regir sobre determinadas leyes.

Por otra parte, tenemos un Estado que, para demostrar que está del lado de la legalidad y la justicia, manda a la policía a impedir a cualquier precio una votación de la que de todas formas no se habría reconocido el resultado.

El absurdo. Y la tragedia. Porque mientras los partidarios del independentismo se han duplicado o triplicado tras el 1 de octubre, los otros, aquellos que hasta el domingo eran definidos como “la mayoría silenciosa”, se han sentido perdidos, en el limbo.

Las preguntas son muchas y muy delicadas porque no tocan solo la esfera política o económica sino también la personal y emotiva. Se nos presentan preguntas como: “¿Soy un traidor a Cataluña, a mis raíces, si pienso que el referéndum no tiene bases democráticas reales? ¿Soy un fascista si no quiero que España se divida? ¿Soy un radical independentista si pienso que el gobierno no ha gestionado bien la situación? Consternación y perplejidad no solo en Cataluña sino en toda España, de la cual Cataluña, quiera o no, aún forma parte. 

Observo incrédula al señor Puigdemont y a sus amigos y veo cómo han sido capaces de crear una fractura difícilmente remediable a corto plazo, al menos desde el punto de vista social. Es cierto que la fisura existía de antes y que era bastante profunda pero, en vez de intentar repararla, el señor Puigdemont ha cogido un martillo y ha golpeado con todas sus fuerzas contra un muro ya inestable. Un martillo que ha sido, probablemente, también reforzado por el gobierno central, aunque llegados a este punto empiezo a preguntarme si hubiera sido distinto si desde Madrid se hubiera intentado llegar a un punto de encuentro meses atrás, porque me parece que el señor Puigdemont no quería este encuentro.

Y aquí llegamos al último acto de nuestro teatro: la declaración e instantánea suspensión de independencia. Las áreas políticas aplauden la sabiduría del President por haber solicitado un diálogo. Pero aquí los independentistas y no independentistas se ponen por fin de acuerdo tras meses, incluso años, de desencuentro: ¿dialogar sobre qué exactamente, señor Puigdemont? En ocho segundos ha sido capaz de hace infeliz no solo a una parte de Cataluña sino a toda Cataluña. Se necesita bastante habilidad para conseguirlo. Usted, ha sublevado a gran parte de la población durante los últimos años, sigue manteniéndola en suspense como si fuera una amante caprichosa y después se frena ante el evidente fracaso económico y político que supondría la declaración unilateral de independencia haciendo sentirse a unos como unos simples peones usados y tirados, y otros como bolos a punto de caer, víctimas de un estado de incertidumbre y peligro desconocido desde hace al menos cuarenta años. Mi más sincera enhorabuena.