¡Alfombra roja para la asociación europea!

Artículo publicado el 6 de Octubre de 2005
Artículo publicado el 6 de Octubre de 2005

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La Comisión desea retirar la propuesta de ley orientada a la creación de un estatuto de asociación europea, una iniciativa calificada por Bruselas de “papelucho”.

Érase una vez en el siglo pasado, en los años ochenta, una Europa en la que el Parlamento aprobaba el proyecto formulado por Altiero Spinelli sobre los Estados Unidos de Europa. Érase una vez una Europa en la que la Comisión Delors relanzaba la integración política para reducir el “coste de la No-Europa”. Si así fue, es una época enterrada en el pasado a juzgar por la decisión de renunciar al proyecto de estatuto de asociación europea. Anunciada el 27 de septiembre por la comisión Durão Barroso, la medida persigue limitar los excesos de la reglamentación comunitaria susceptible de penalizar la competitividad europea.

Las asociaciones sin fronteras…

Este estatuto, fruto del fervor comunitario de un grupo de eurodiputados liderados por Nicole Fontaine, aspiraba consagrar la libertad asociativa europea, es decir la posibilidad de crear movimientos, organizaciones y ONG capaces de actuar y de ser reconocidas en todo el territorio de los Estados miembro de la Unión. Lo que disfrutan ya desde hace décadas bancos y multinacionales.

Es obvio que la idea de crear “multinacionales cívicas” no entusiasmaba a demasiados Estados miembro que, con el actual sistema, pueden controlar con más facilidad los numerosos privilegios fiscales de las organizaciones sin ánimo de lucro. “¿Cuántos impuestos pagarían las asociaciones europeas y a quién?”, parece preguntarse la mitad de los gobiernos europeos. Los partidos políticos presentes en el Parlamento europeo tampoco dan la impresión de romperse la camisa por ser los primeros en defender este derecho sacrosanto de los ciudadanos, calibrando probablemente con el rabillo del ojo la posibilidad de que aparezcan entidades más representativas que las tradicionales “federaciones de partidos” financiadas por Bruselas.

Desde 1993, le proyecto de estatuto de asociación europea pasa de cajón en cajón, sometiéndose a la indiferencia general durante una de las décadas más críticas de la Unión. Nadie, ni en el seno de la Convención europea liderada por Valéry Giscard d’Estaing ni en los bancos de los Parlamentos que se han sucedido, ha juzgado útil aprobar un proyecto que puede revelarse como un potente antídoto contra la crisis política ambiente y la carencia crónica de atractivo por parte de la UE.

...son “obsoletas” a los ojos de Bruselas

Hoy, paradójicamente, la Comisión Durão Barroso propone excluir una propuesta no sólo considerada como obsoleta, sino que, según palabras del propio Durão Barroso, “iría contra la competitividad europea”. Una respuesta que no tiene porqué ser la más lúcida frente al abstencionismo triunfante en las elecciones europeas de 2004 y al doble No francés y holandés al proyecto constitucional sobre el que Bruselas lo había apostado todo. Es más, desde un punto de vista económico es difícil comprender cómo una norma cuyo objetivo era armonizar un sector que, en países como Alemania representa cerca del 10% del PIB, podría minar la competitividad europea.

Un antídoto contra la crisis de la UE

Se nos antojaría preguntarle a la Comisión, si no sería mejor intentar apostar por la promoción de la sociedad civil europea para combatir los temores de los ciudadanos. Se nos antojaría también preguntarle a la Comisión, si no habría que volver a centrar el debate sobre el futuro de Europa pasando por el examen de sus intereses particulares hasta llegar a elaborar una visión de conjunto. Hay razones para preguntarse si no valdría más dejar de calificar al estatuto de asociación europea como “papelucho” (“red tape” en versión original) y desenrollar la alfombra roja (“red carpet”) para su adopción rápida. Una adopción que café babel y sus socios reclaman con toda urgencia.