Alina Orlova, átomo libre de la escena indie lituana

Artículo publicado el 13 de Enero de 2012
Artículo publicado el 13 de Enero de 2012
En Vilna, a la sombra de una central nuclear, ha nacido un protón artístico. No, no es un mutante, es una “bomba helada” de 23 años. Encuentro atómico con Alina Orlova.

Crecer a la sombra de una central nuclear, os dirán los Verdes alemanes y franceses, deja secuelas. Son tiempos de miedo a las centrales. Pero, para Alina Orlova era, sobre todo, la condición sine qua non para tener el estómago lleno y un techo para dormir: su padre trabaja en la central de Ignalinas. La UE pidió su cierre a cambio de un billete de entrada en su entonces tan preciado club, gestionado por unos crupiers franceses y alemanes cada vez más rácanos. Alina era un electrón como otro cualquiera en Visaginas, ciudad construida alrededor de la central.

“Tienes que hacer algo”

“No hay nada remotamente bonito allí, pero es interesante, raro. Todavía se encuentran restos de la Unión Soviética, de esa utopía que no se realizó”. Alina se moría de aburrimiento, pero con creatividad. “Leía y dibujaba mucho. Después empecé a escribir poemas y a cantar canciones… A mi manera. En este tipo de ciudades pequeñas, no hay mucho que hacer. Bueno, puedes beber y salir con tus colegas, pero si no tienes muchos, tienes que hacer algo”.

La explosión, por tanto, no se debe al contacto con la apreciada cerveza local Svyturys. Alina se volvió hacia otros electrones, situados en una categoría más versátil del “arte”. Una primera colisión tuvo lugar durante su clase de piano clásico, después otra, con trece años, cuando sus padres llegaron a casa con un tocadiscos bajo el brazo.

Rápidamente, la colisión musical que se agitaba bajo la cabellera dorada de Alina se disparó, probablemente debido al contacto continuo con su padre y sus compañeros de la central. “Poco a poco, quise experimentar mis propias emociones, tenía muchas en aquella época… Cantaba para amigos y subía poemas y canciones a sitios web lituanos, como dpoezija Gracias a Internet, empecé a conocer a gente de Vilna. Pero no tenía medios para grabar una maqueta en Visaginas. Me propusieron ir allí a grabar porque les habían gustado mis piezas. Acepté. Y poco a poco empecé a dar conciertos en pequeñas salas…”.

Demasiado tarde; la reacción nuclear estaba en marcha. Al entrar en contacto con Lauras Luciunas, manager de Vilna, se formó un cuerpo inédito, transcrito en un primer álbum en abril 2010,Laukinis Suo Dingo. En Kaunas, segunda ciudad de Lituania, desde el sofá de una gran sala fría, antecámara de la sala en la que Alina y sus tres amigos músicos van a producir en una hora y media, a la joven y ascendente estrella de la escena indie báltica le cuesta recordar los hechos, de lo brutal e imprevista que ha sido la explosión: “Las compañías discográficas, como llaman a esas cosas, empezaron a preguntarme si quería grabar y sacar mi música. Tenía miedo de no saber, de no estar a la altura, pero dije que sí. Empezamos. Y lo hemos hecho”.

No sorprende que le falten las palabras. Esta joven sonriente y dulce, de mirada soñadora y rizos pelirrojos, con esa costumbre de estirar las mangas de su jersey azul turquesa, no es solo el núcleo de la reacción. A su alrededor no paran de revolotear electrones. Ella los mira, a veces inquieta, a veces entre risas: son su amor por el dibujo, su pasión por las palabras, su buena mano con el piano y sus cuerdas vocales tendidas hacia las cumbres más altas.

Ahora, la reacción en cadena no deja de expandirse. Considerada una “bomba helada” por Les Inrocks, revista cultural de referencia en Francia, tiene tanto éxito en Inglaterra y en Rusia que ha tenido que sacar un segundo disco en mayo de 2011, Mutabor, en el que canta también en estos idiomas. Lauras Luciunas da cuenta de lo difícil que supone contener la energía de su protegida: “en Rusia hay una presión diez veces mayor por un concierto que en diez conciertos en Francia”.

La historia del mamut

“En Rusia hay una presión diez veces mayor por un concierto que en diez conciertos en Francia”

¿Están celosos los rusos de su vecino menor lituano, que ha conseguido encontrar un electrón libre capaz de conmover tantos oídos a la vez? Como en toda reacción química, el secreto está en el enlace. A Gargaras, antigua fábrica de pieles reconvertida en sala de conciertos, han llegado espías rusos que buscan cualquier signo que pudiera ayudarles a buscar la fuente de este milagro. No les han decepcionado. Alina comienza a balancear su cabello en llamas sobre un cuerpo en perpetuo movimiento; a su lado, el violinista empieza a tararear sus canciones. Después le toca al fotógrafo y el público no tarda en lanzarse. Juntos cantan la historia del último mamut, que lo daría todo por morir, melancólico ante la vista de los esqueletos de sus primos, expuestos en un museo, y cuya tristeza solo Dios conoce. Después llega la historia de esta sociedad sin guerra, llena de fraternidad y felicidad que podemos ver desde la tierra… en la Luna. Y muchas otras historias sacadas de los poemas de Alina y transformadas en canciones lacónicas y conmovedoras, en una atmósfera que recuerda a Björk, su vecina del norte, y a Regina Spektor, su vecina del oeste. Desde la Luna, hay testigos que aseguran que se ha llevado por delante hasta las estrellas con esta explosión nuclear surgida de una simple carga tímida y sonriente, un electrón libre lituano de 23 años de edad.

Fotos: Portada y texto: cortesía de la página oficial myspace de Alina Orlova; vídeos: (cc) Youtube.