Amelia Andersdotter, vigilando la gran ballena

Artículo publicado el 14 de Abril de 2014
Artículo publicado el 14 de Abril de 2014

Ame­lia An­ders­dot­ter es la eu­ro­dipu­tada más joven y a veces hasta ella misma se pre­gun­ta cómo ha lle­ga­do hasta aquí. Esta joven sueca se vuel­ve a pre­sen­tar a las pró­xi­mas elec­cio­nes eu­ro­peas en re­pre­sen­ta­ción del Par­ti­do Pi­ra­ta. Ha­bla­mos con ella del Par­la­men­to Eu­ro­peo, de comas etí­li­cos y de ba­lle­nas.

Ame­lia An­ders­dot­ter lleva una mo­chi­la de color verde claro y mira a su al­re­de­dor. Cuan­do nos es­tre­cha­mos la mano pa­re­ce ali­via­da. La joven eu­ro­dipu­tada no suele fre­cuen­tar París. De ca­mino a una ca­fe­te­ría nos cuen­ta un poco sobre el con­gre­so de ci­ber­se­gu­ri­dad al que acu­di­rá al día si­guien­te, aun­que en reali­dad no está se­gu­ra sobre de qué irá todo aque­llo. Más bien le pa­re­ce que será como una caza de fan­tas­mas. Me pre­gun­ta si tengo miedo a los fan­tas­mas, pero no en­cuen­tro res­pues­ta. Nos que­da­mos ca­lla­dos un poco.

Poco antes de su in­gre­so en el Par­la­men­to Eu­ro­peo

En la ca­fe­te­ría pide una bolsa de pa­ta­tas y un té que huele muy bien. Nos sen­ta­mos en un rin­cón de un patio in­te­rior lleno de jó­ve­nes pa­ri­si­nos bien ves­ti­dos. Al­gu­nos están sen­ta­dos solos con sus Mac­books, otros es­cri­ben en sus li­bre­tas Mo­les­kin. Las bar­bas lar­gas se rin­den a los pri­me­ros ves­ti­dos pri­ma­ve­ra­les. El sol to­da­vía bri­lla un poco. Ame­lia em­pie­za a comer pa­ta­tas, un poco ner­vio­sa.

MIEN­TRAS ella hacía po­lí­ti­ca, otros be­bían

¿Es en reali­dad Sue­cia, su país de ori­gen, tan ro­mán­ti­co como lo pin­tan? Seria, le­van­ta la mi­ra­da. Cre­ció en un pue­blo pe­que­ño, ale­ja­do de las gran­des urbes, tal y como les gusta a las fa­mi­lias sue­cas ver cre­cer a sus hijos. Sobre los sue­cos, Ame­lia dice que son re­ser­va­dos. "Yo creo que tam­bién en­ca­ja­ría bien en esa ca­te­go­ría". Lo dice sin es­pe­rar re­pro­ches por mi parte. Cuan­do se mudó cerca de Es­to­col­mo para es­tu­diar no le ape­te­cía beber, al con­tra­rio que al resto de jó­ve­nes de su edad. "A los jó­ve­nes sue­cos les en­can­ta­ba beber hasta la sa­cie­dad", cuen­ta. Ése fue el prin­ci­pio de su ca­rre­ra po­lí­ti­ca. Mien­tras la ma­yo­ría de es­tu­dian­tes se em­bo­rra­cha­ba, ella de­ba­tía sobre po­lí­ti­ca en su círcu­lo de ami­gos. "En­con­tré mis ideas po­lí­ti­cas en una taza de café". Suena como si Ame­lia fuese una re­vo­lu­cio­na­ria, lo dice con una se­rie­dad im­pe­ne­tra­ble. "¿Por qué quie­res vol­ver a ser ele­gi­da para el Par­la­men­to Eu­ro­peo?", le pre­gun­to. Al es­cu­char esto, se muer­de la co­mi­su­ra de los la­bios, mira hacia el ocaso pa­ri­sino des­pe­ja­do de nubes y se aga­rra fuer­te a su mo­chi­la. "A veces es di­fí­cil ex­pli­car­lo. Las ins­ti­tu­cio­nes eu­ro­peas son como una ba­lle­na enor­me que sólo puede mo­ver­se len­ta­men­te". En­ton­ces quie­ro saber si es rea­lis­ta que la ba­lle­na se dé la vuel­ta en algún mo­men­to. "Si se tra­ta­ra de una mosca sería más fácil, ya que ésta puede cam­biar de di­rec­ción en­se­gui­da". Me mues­tra la tra­yec­to­ria de una mosca con sus manos.

Po­dría estar rién­do­se de mí, o quizá quie­re que me ría, en reali­dad no estoy se­gu­ro.  La razón de ser de su tra­ba­jo en el Par­la­men­to Eu­ro­peo viene mo­ti­va­da por la rabia que le pro­du­cen los sin­sen­ti­dos. Y da un ejem­plo. Re­cien­te­men­te ha es­cu­cha­do a un re­pre­sen­tan­te de la in­dus­tria del cable cuyo dis­cur­so decía lo mismo que el que pro­nun­ció uno de sus com­pa­ñe­ros en una se­sión par­la­men­ta­ria unos días antes. Mu­chos par­la­men­ta­rios no saben es­qui­var la pre­sión del lobby en el Par­la­men­to y re­pi­ten al mi­lí­me­tro lo que los re­pre­sen­tan­tes de gru­pos de in­te­rés quie­ren oír. Su crí­ti­ca es con­clu­yen­te. A mu­chos par­la­men­ta­rios les fal­tan va­lo­res y moral a la hora de opo­ner­se a los in­tere­ses del lobby, como a su com­pa­ñe­ro, que re­ci­tó las de­cla­ra­cio­nes de la in­dus­tria del cable. Por eso, tras su ex­pe­rien­cia en Bru­se­las, ha em­pe­za­do a va­lo­rar a las per­so­nas en fun­ción de a quién re­pre­sen­tan.

¡PLA­GIO!

La en­tre­vis­ta con Ame­lia no ha con­tri­bui­do mucho a que sin­to­ni­za­se con las ins­ti­tu­cio­nes eu­ro­peas, sino que más bien las ha de­ja­do como mons­truosos co­lo­sos a los que más vale no acer­car­se. En reali­dad no pude evi­tar ima­gi­nar­me a una serie de par­la­men­ta­rios cuyas ideas eran tra­ga­das por una ba­lle­na enor­me y cuya opi­nión su­fría una total des­con­fi­gu­ra­ción a causa del lobby. ¿In­fun­de tanto miedo Eu­ro­pa?

Al con­tra­rio, Ame­lia dice: "Eu­ro­pa de­be­ría se­guir ga­ran­ti­zan­do el libre in­ter­cam­bio den­tro del con­ti­nen­te. Tra­di­cio­nal­men­te Eu­ro­pa ha es­ta­do a la ca­be­za en ma­te­ria de cien­cia y cul­tu­ra por­que los eu­ro­peos se han pla­gia­do unos a otros. El Par­la­men­to de­be­ría ga­ran­ti­zar la libre cir­cu­la­ción de per­so­nas para que así éstas se ins­pi­ren entre sí. Vi­vi­mos en una época en la que lo que te­ne­mos en común con nues­tros ami­gos son las ex­pe­rien­cias y no tanto la si­tua­ción geo­grá­fi­ca".

Al final de la en­tre­vis­ta nos vol­ve­mos a es­tre­char la mano. Esta vez me de­di­ca una leve re­ve­ren­cia. Y luego se mar­cha pre­su­ro­sa, con su mo­chi­la verde claro. Hasta las elec­cio­nes del Par­la­men­to Eu­ro­peo to­da­vía queda mucho por hacer.