Amor sin fronteras: la Europa del futuro

Artículo publicado el 13 de Febrero de 2006
Artículo publicado el 13 de Febrero de 2006
Desde que la UE lanzó su programa Erasmus, muchos europeos se enamoran de extranjeros. Cuando regresan a casa, en cambio, la euforia inicial da paso a los típicos problemas cotidianos. Tres parejas nos cuentan su historia.

Mejor oportunidad para dirigirle la palabra a una rubia de estlizada figura no se le podía haber presentado a Guillaume: Henrike había alquilado la buhardilla de su madre durante medio año, puesto que acababa de llegar a Francia. Guillaume tuvo que morderse la lengua, cuando lo que le urgía era soltarla y se ofreció a acompañar a la universidad de Tours a la guapa alemana en su primer día de clase. Pasadas unas semanas se convirtieron en pareja.

Trabalenguas y baños en paños menores

Las primeras palabras de ternura resultaban imposibles de descifrar."Uno no se puede detener a preguntar qué significa tal o cual término cuando se le están declarando. Como tampoco se pueden descodificar los sentimientos", comenta risueña Henrike, de 23 años. No fue fácil enseñar a pronunciar atinadamente el jeroglífico arrullo "Cariño" en alemán. Pese a todo, Guillaume ha presentado batalla al idioma, incluso cuando al guitarrista aficionado se le escapa en ocasiones un "bachdería" en lugar de "batería".

Las diferencias culturales se dejan notar en todos los ámbitos y Henrike metió más de una vez la pata antes de manejar con corrección las formas de cortesía galas. Aprendió a no "ir directos al asunto, sino a saber esperar, a veces más de lo debido, en un resataurante", relata. A Guillaume tampoco le entusiasmaba saber que su novia se paseaba en paños menores con sus amigas junto a la orilla del lago en Dresde. "Le tuve que llevar a rastras a la playa artificial de Berlín para que lo comprendiera. Ahora es un defensor clandestino del baño en cueros", comenta con una risita.

Entre la lámpara de pie y el ficus

La historia entre Rachel y Lucas también tuvo un comienzo prometedor. La dulce Rachel, de las afueras de París, y Lucas, de Praga, se conocieron en un café de Leipzig siendo estudiantes Erasmus. Durante sus estudios en París, Rachel trabajaba por las noches de eventual para así poder ir a ver a Lucas a Praga cada dos meses; por las mañanas casi se quedaba dormida en las clases. Lucas hacía lo propio. De camino hacia el otro en autostop vivieron historias memorables. "Una vez acompañé a un alemán que llevaba su mudanza al completo en el maletero. Desde Praga se mudaba a España y me pasé 12 horas encajonado entre su lámpara de pie y un ficus", recuerda Rachel echándose a reir.

Desde que Rachel se graduó todo ha cambiado. Le gustaría investigar más a fondo la literatura francesa medieval o la teoría política, pero en la Universidad Karlova no hay vacantes para una foránea sin experiencia, y menos sin conocimientos de checo. A Lucas, por el contrario, la universidad le ha brindado una oportunidad de oro como doctorando. Rachel no quiere estancarse profesionalmente. "¿Por qué son siempre las mujeres las que se sacrifican?, ¿para qué he estudiado si no puedo ejercer?" Ambos añoran las facilidades de su época Erasmus. Pero hay que tomar decisiones que cambian sustancialmente la existencia. "No se puede soñar siempre", suspira ella.

Desacuerdos con la suegra

Una pareja más europea que la que forman Liv y Kostas no se presenta habitualmente. La alemana y el griego se conocieron en la localidad británica de Bath, donde ambos preparaban su máster europeo. En octubre de 2004 se casaron. Dado que los dos dominan el inglés, el idioma no supone problema alguno. "Incluso es ventajoso: uno escoje con mayor precisión las palabras. En su idioma nativo quizás me limitaría a cotorrear. Lo esencial es lo que se esconde tras las palabras", afirma Liv.

Para la familia griega no supuso ninguna deshonra que su hijo fuera padre soltero. La madre de Kostas hubiera preferido que se hubieran casado antes de que neciera el pequeño. De tanto en tanto, aún surgen desacuerdos con la suegra cuyo carácter dicharachero le es tan ajeno a Liv. “Agasaja a mi hijo de tal modo que parezco una mera canguro". A la hora de darle un nombre Liv y Kostas evaluaron que ambas familias lo pudieran pronunciar con facilidad, ignorando la tradición griega según la cual el bebé recibe el nombre del abuelo. A Liv le horripiló la idea de seguir con la tradición al pie de la letra, por lo que el niño se llama Gabriel Nikolaos. La familia griega le llama igualmente Niko y eso a Liv le desgrada."Debería ser más tolerante en este punto", confiesa. El futuro venidero le llena de alegría, sin importarle dónde o en qué cultura.