Aplauso para la Unión Europea

Artículo publicado el 6 de Febrero de 2006
Artículo publicado el 6 de Febrero de 2006
El deporte demuestra que no siempre la mayoría de las personas se identifican con su nación. Nada es lo parece.

En pocos días ocurrirá de nuevo: 2.500 deportistas se encaminarán hacia el estadio para la inauguración de los vigésimos Juegos Olímpicos de invierno en Turín, bajo las banderas de 85 naciones. Del 10 al 26 de febrero temblarán de emoción en todo el mundo los seguidores con sus atletas y, cuando al final, para honrar a los vencedores, suene solemnemente un himno nacional, no sólo a los homenajeados les correrán las lágrimas por las mejillas.

Ese espectáculo no sería ni la mitad de interesante si ni siquiera se pudiera identificar uno con los protagonistas. Por supuesto, esto no se debe a una simpatía especial o a razones estéticas, sino al hecho de compartir una nacionalidad. Es natural, pero, ¿es real?

Campesinos, burgueses o nobles

Hace 200 años no era esto en absoluto así. También entonces se sentían las personas parte de un grupo con el que se identificaban. La identificación era, no obstante, flexible; uno podía sentir pertenecer a distintos grupos a la vez: campesino, burgués o noble, también católico o protestante y también habitante de uno u otro pueblo. La autodefinición se refería sobre todo a la posición social.

Hasta el final del siglo XVIII no surgió una idea que se extendería con la Revolución Francesa: la Nación como comunidad de intereses de los ciudadanos de un Estado que actúa conforme a una ordenación política propia. La identificación con la nación empezó a ser entonces más importante, solapando a otros sentimientos grupales y las diferencias entre sus miembros. El éxito de ese pensamiento condujo a que más adelante se cambiara la relación: la nación no era la comunidad de intereses de los ciudadanos de un Estado, sino de un (presunto) grupo ético que mediante la nueva fundación de un Estado propio pretendía actuar como una estructura política. Así nacen los problemas que han llegado hasta nuestros días.

Duelo entre hermanos en la copa del mundo de fútbol

Volvamos a la Olimpiada. También aquí se muestra que una división en naciones según dicho principio no es natural: en hockey sobre hielo pueden enfrentarse dos equipos, uno checo y otro eslovaco, cuyos jugadores habían jugado juntos de niños en un equipo checoslovaco. La esquiadora croata Janica Kostelic nació con nacionalidad yugoslava. Junto a ellos luchan equipos de deportistas alemanes cuyos héroes estaban enfrentados hace 16 años, ahora están juntos en la lucha por las medallas.

En el caso de los inmigrantes no siempre está claro con qué nación se identifica el atleta. Así, han disputado recientemente las selecciones turcas y alemana una carrera legal por el deportista nacido en Alemania Nuri Sahin. Ambas querían vincular al hijo de padres turcos a sus países. Al final, como en casos anteriores, se ha llevado el triunfo Turquía. Entre tanto, juegan en la selección alemana tres jugadores: Lukas Podolski, Miroslav Klose y Lukas Sinkiewicz, que también podrían representar a Polonia. En la copa del mundo de fútbol de 2006 Alemania dará cabida a un perfecto "duelo entre hermanos" con Salomon Kalou como protagonista tras nacionalizarse holandés: su hermano, Bonaventure Kalou, juega con la camiseta de Costa de Marfil.

Turín, una nación exitosa

Entonces, ¿por qué funciona la lógica del pensamiento nacional? ¿Por qué celebra un espectador siciliano el descenso de un esquiador lombardo? ¿Por qué se enfada el tirolés cuando está más cerca geográficamente de él que el siciliano? Y lo mismo se puede pensar de otras clasificaciones. Así, mostraron los medios alemanes en las últimas olimpiadas de invierno en 2002 una versión de la entrega de medallas en la que la región de Turín era conducida al podio como tercera nación vencedora. ¿Por qué no existe la selección de Alsacia, de Silesia o de Cataluña? ¿O una selección que represente a la totalidad de la Unión Europea?

La lengua común por sí misma no es una razón determinante. De este modo, Alemania, Austria, EE UU y Gran Bretaña constituyen naciones distintas aunque compartan la lengua. Del mismo modo, hay naciones con distintas lenguas como Suiza, Bélgica o España.

La identificación con una nación se ve favorecida fuertemente sobre todo desde la edad escolar, en especial mediante las clases de Historia, aunque también los medios de comunicación tienen una influencia muy importante. Antes la tenían los libros y periódicos, hoy la televisión ejerce la función de generar ese sentimiento de pertenencia a una nación, en particular cuando se producen eventos deportivos como unas olimpiadas o un mundial de fútbol.

Por supuesto, también puede irse desarrollando la identificación con Europa. Imaginemos que unos franceses aplauden a atletas ingleses, fineses o húngaros. "Sus" deportistas están aparte. Entonces, no debería ganar un norteamericano o un brasileño, sino un ciudadano de la Unión Europea.