Aprendamos todos de Jean Marie Le Pen

Artículo publicado el 9 de Agosto de 2005
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Artículo publicado el 9 de Agosto de 2005

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La política oficial europea debería aprender de su peor enemigo que el espacio público europeo existe y que se está aprovechando.

A Jean Marie Le Pen no le gusta pasar inadvertido. Al contrario, parece que le encantan las reacciones de los escandalizados observadores oficiales. La semana pasada los delegados de café babel reunidos en Praga con motivo de una conferencia organizada conjuntamente con la asociación checa AMO se quedaron literalmente abrumados en el aeropuerto de Ruzyne ante las ya normales reacciones que acompañan cada paso del líder del Frente Nacional. La misma escena se repitió un día antes del servicio internacional de la BBC en el que se informaba de la visita de Jean Marie Le Pen a Inglaterra para dar su apoyo a la lista de candidatos al parlamento europeo presentada por el Partido Nacionalista Británico (BNP), liderado por Nick Griffin.

Cuando Le Pen quiere hacerse el europeo

No hace falta consultar a un psiquiatra para determinar que el comportamiento de Jean Marie Le Pen es esquizofrénico. Le Pen es el líder nacionalista más europeo disponible en el mercado. Le Pen se desplaza de una ciudad europea a otra sin mostrar respeto alguno hacia el control y las leyes de inmigración. Está presente en los medios de comunicación de todo el continente. Un estornudo suyo en París puede provocar un editorial en La Repubblica y un especial en Die Zeit. Le Pen, hoy más que nunca, está extendiendo, tanto por Europa como por su impoluto espacio público, todo el activismo de un movimiento que en la madre patria francesa está desterrado.

Mientras tanto, en la nueva Europa los movimientos euroescépticos y populistas parecen estar en la cresta de la ola. El Partido Popular polaco y el ODS del Presidente checo Václav Klaus, miembro también del Partido Popular Europeo, no encontrarán dificultad alguna en el reclamo de los argumentos populistas y conservadores de la “sirena” francesa durante la primera sesión del nuevo Parlamento Europeo.

El fenómeno de lo “políticamente correcto” está matando a Europa

Y mientras los “europeos oficiales” están durmiendo o intentan dormirse, Le Pen se ha convertido en el escándalo europeo por excelencia. No será culpa de los ciudadanos europeos si la reciente iniciativa federalista de Romano Prodi, François Bayrou y Graham Watson se percibe como una de tantas otras “maniobras de palacio”, como el habitual mercado de las vacas entre los partidos nacionales, incapaces de alcanzar un mínimo consenso de cara a la integración europea. Europa y el federalismo no son argumentos “difíciles”.

Sin embargo, para alcanzar el consenso y crear un debate político no basta un nuevo grupo parlamentario. Hace falta hacerse los “europeos” diciendo, como Le Pen, todo lo contrario de lo que Le Pen predica. Hace falta cruzar las fronteras tres veces al día, hacerse amar y amar al otro, romper las barreras de comunicación impuestas por lo políticamente correcto y comportarse como si existiese eso que es ya una realidad: el espacio público europeo. Suscitando interés y no indiferencia, apostando por las promesas de una democracia transnacional contra los miedos de la demagogia populista. Haría falta, en pocas palabras, que Prodi, Giscard, Amato, Cox y todos los “europeos oficiales” descubrieran que Europa está compuesta de individuos y personas pensantes y no sólo de sombríos cuerpos de partidos e instituciones inmortalizados, literalmente, en la Convención.

La democracia europea no se construirá tranquilizando a la burocracia del diminuto mundo de los periódicos y de los “cuerpos intermedios”, sino estimulando, también mediante el escándalo, la conciencia y la inteligencia del más remoto y pequeño pero necesario ciudadano europeo. Por el bien de Europa, estaría bien que aprendiéramos algo de Jean Marie Le Pen. Pero antes del 13 de junio, si es posible.