Aprendiendo las lecciones de la Historia.

Artículo publicado el 8 de Noviembre de 2004
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Artículo publicado el 8 de Noviembre de 2004

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La UE comenzó como un proyecto económico, pero los ideales últimos eran más nobles que el mero deseo de seguridad. Por ello, es necesaria una mayor integración para conseguir los objetivos originarios.

La UE tal y como la conocemos hoy día, nació de los acontecimientos que condujeron y se produjeron inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Con el final de las hostilidades en 1945 llegó la oportunidad de diseñar un modelo para el futuro de Europa, pero desde el principio quedó claro que cualquier integración debería equilibrarse con la delicada cuestión de la soberanía nacional, que ha bloqueado de forma permanente el camino hacia el desarrollo de una Europa “federal”.

Comienzos innovadores

La Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), que reunió los recursos de carbón y acero de sus miembros para prevenir otra guerra en Europa, fue el primer paso hacia la citada integración. Sus padres fundadores tenían como objetivo construir una Unión Europea basada en una estructura supranacional, en la que las iniciativas europeas serían superiores a las leyes nacionales. Sobre esta base se pusieron en marcha las áreas de la Comunidad Europea menos espinosas, como el libre comercio y la libertad de circulación.

Tras la creación de la CECA, el entonces primer ministro francés René Pleven quiso extender esta idea a otras políticas clave, comenzando por la defensa. Con su propuesta de Comunidad Europea de Defensa (CED), Europa tendría un único ejército bajo un mando único. Esto fue un paso muy audaz, pero se percibió como el medio de proteger a Europa occidental de la creciente amenaza del Comunismo, evitando que Alemania recuperara la capacidad de rearmarse con independencia de sus vecinos europeos. Mientas el rearme alemán era una preocupación obvia de Francia, la CED era, tal y como se argumentó en la Asamblea Nacional francesa, la única solución realista, ya que lo extraño hubiera sido decidir eso “en tiempos de guerra, con los alemanes asomados a sus balcones viendo desfilar a los franceses en lucha por la libertad de los alemanes”(1). Al igual que sucede hoy con la Constitución, la opinión pública estaba dividida sobre la CED y ello, unido a lo prolongado de las negociaciones, dio finalmente como resultado su rechazo. Esta derrota de la CED asestó no sólo un fatídico golpe al mandato original para Europa, sino que sentó también el precedente para la integración económica supranacional, con una mera cooperación ad-hoc para el resto de cuestiones. Hoy en día, esto representa un obstáculo para una Europa más federal, y hace de la UE actual una entidad de dos velocidades.

El problema de la Europa de dos velocidades

El fracaso de la CED, en agosto de 1954, provocó un significativo y duradero perjuicio a las ideas originales de una Europa completamente supranacional. Construido sobre el éxito de la CECA y el Tratado de Roma, el Mercado Común desarrolló normas y procedimientos propios, quedando otras áreas todavía importantes pero más sensibles políticamente, como lo había sido la CED, marginadas. Durante varias décadas cualquier iniciativa en las áreas que concernían a una mayor soberanía, como la lucha contra la delincuencia, se puso en marcha bajo la forma de tratados y convenciones de no obligado cumplimiento que, aunque fueran adoptados por los Estados miembro, se pondrían casi siempre en marcha sujetos a cláusulas y excepciones individuales. Aunque el Tratado de Amsterdam consiguió dar en relación a estar áreas un pequeño paso hacia delante respecto a Maastricht, el progreso real se dificulta a menudo por la “patata caliente” de la soberanía nacional. La idea de que la UE puede llegar a ser una especie de “súper Estado” provoca en muchos políticos, y la mayoría de los votantes, una reacción errónea contra el federalismo como si fuera la peste bubónica. La realidad es que una mayor integración es esencial para que las políticas de la UE en áreas clave, como la lucha contra el terrorismo, no se fragmenten y se dificulten cada vez más. Tomemos por ejemplo las recientes modificaciones en la cooperación penal donde, debido a la sensibilidad política, se está dando a los Estados miembro la competencia de decidir individualmente si acuerdan o no someter los casos a la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia. Además, diez meses después de que las medidas entraran en vigor, esta ley no está todavía operativa en la UE debido al autismo de los políticos. Una mayor integración y un enfoque más federal de estas áreas no económicas subordinaría los asuntos de política nacional al buen gobierno y frenaría la utilización de las leyes para beneficio particular de los Estados miembro.

¿Colmará la Constitución esta necesidad?

¿Nos conducirá la Constitución a una Europa más federal? La extensión del método de votación por mayoría cualificada y el mayor papel concedido al Parlamento europeo harán a la UE, al menos en teoría, más eficiente, y le proporcionarán un mayor carácter federal a su actuación. Sin embargo, el hecho de que cada Estado miembro busque satisfacer sus propios intereses (‘líneas-rojas’), junto con la necesidad de los gobiernos de apaciguar un electorado cínico y a menudo desinformado, hace difícil pensar que pueda producirse un progreso real hacia una entidad más federal. Esto puede ilustrarse con la parálisis de las negociaciones sobre la Constitución el pasado mes de diciembre. Si este es el caso, finalmente, así como sucedió con el rechazo de la CED 50 años atrás, habremos despreciado otra oportunidad de reformar la UE para servir mejor a los ciudadanos europeos de comienzos del siglo XXI.

(1)Francia, Debates de la Asamblea Nacional. Oct 24. 1950, pp. 7123-27