Así funciona el campamento de refugiados más grande del mundo en Dadaab

Artículo publicado el 29 de Septiembre de 2015
Artículo publicado el 29 de Septiembre de 2015

En mitad de la crisis de refugiados más grande desde la Segunda Guerra Mundial, la importancia de los trabajadores humanitarios pasa siempre desapercibida. Madalina Paxaman de Cafébabel visitó Dadaab, el campamento de refugiados más grande del mundo, cerca de la frontera de Kenia con Somalia, para explorar los desafíos de solidaridad con algunas de las personas más vulnerables del mundo.

Hay una ola de mucho calor y el aire seco golpea mi cara cuando salgo del avión. Casi ni podía respirar. Miré alrededor y todo lo que pude ver fue el aeródromo. Land Cruisers blancos alineados en medio del polvo, con sus motores en marcha, como si se estuviesen preparando para comenzar una competición de todoterrenos. El aeropuerto de Dadaab es, de hecho, una pista de aterrizaje; una lengua negra de asfalto usada tanto para el cargamento como para aviones de pasajeros operados por Naciones Unidas.

Nuestro equipaje esperaba en el avión. Recogí mi mochila y antes de que me diese cuenta de qué era lo que estaba pasando, un hombre de estatura baja me ayudó a meterme en uno de los coches y corrió hacia el recinto. El polvo marrón producido por los vehículos de delante no nos dejaba ver nada. Las únicas cosas que era capaz de discernir eran los grandes agujeros de la carretera y que me hacían dar saltos como si fuese una pelota dentro del coche.

Paramos frente a una puerta de hierro azul claro, que conectaba con una valla de alambre. Pregunté para presentar mis papeles, entonces me saludaron rápidamente con un "Karibu" (que quiere decir "bienvenido" en Swahili) y me dirigí hacia el interior del recinto. Desde el momento en el que entré en el coche hasta que recibí mi placa de acceso me estuve preguntando por qué esta urgencia. Como después descubriría, viajar de esta manera es el procedimiento "normal", los trabajadores humanitarios deben ser transportados de una manera que evite toda posibilidad de "puntos de choque".

Situado en la región de Garissa, en la frontera de Kenia con Somalia, Dadaab es aún uno de los campos de refudiados más grandes del mundo. Se contruyó hace más de 23 años y su propósito inicial fue el de acoger a 90.000 somalíes que huían de la guerra civil. Se suponía que era una solución temporal. Con el paso del tiempo y debido a los conflictos militares e intensas sequías, este campo de refugiados ha permanecido en este lugar durante casi un cuarto de siglo. A lo largo de los años, la población de los campos de Dadaab creció cinco veces más con refugiados de Congo, Sudán, Ruanda, Uganda y Burundi, que se incorporaron a la actual Somalia. Con aproximadamente 350.000 habitantes, Dadaab es ahora el tercer asentamiento humano más grande en Kenia y tiene aproximadamente el tamaño de Bonn (Alemania), Aarhus (Dinamarca) o Florencia (Italia).

En 1991, cuando los refugiados comenzaron a llegar, no había nada aquí excepto una pequeñísima ciudad de arena roja y un desierto deshabitado. Un año tras otro, las olas de migraciones contribuyeron a los cambios del paisaje. Ahora hay cinco campos: Ifo, Ifo 2, Hagadera, Dagahaley y Kambios. Juntos se extienden hasta abarcar un área de 50 kilómetros cuadrados, con una infraestructura que permite la supervivencia tanto de la comunidad local como de la población refugiada: tiendas, mercados, bancos, cajeros automáticos, autobuses e incluso taxis.

Proveer ayuda sin tomar partido - La labor de los trabajadores humanitarios

Mi curiosidad sobre las cuestiones humanitarias comenzó cuando trabajaba en organizaciones sin ánimo de lucro en Rumanía. Sin embargo, lo que realmente me inspiró a querer descubrir más fue el conocer a Bogdan Dumitru, el director de Internacional CARE en Kenia, y sus historias sobre el trabajo de la entidad en la ayuda humanitaria y al desarrollo, además de sus programas de asistencia.

Nos encontramos en Nairobi. Llevaba una camiseta blanca con pantalones negros y un pefecto corte de pelo peinado, no es como me lo había imaginado. De alguna manera, todas las imágenes promovidas por la cultura popular me hicieron creer que un trabajador humanitario debe parecer una mezcla entre Indiana Jones y un hippie.

Bogdan Dumitru ha estado trabajando en proyectos de desarrollo durante casi 25 años. Ha tomado parte de numerosas misiones humanitarias, incluyendo Liberia, Guinea, Bosnia y Herzegovina, Croacia, CAR, Albania, RD Congo, Brazzaville (Congo), RF Yugoslavia, Afganistán, Irán, Irak, Sri Lanka, Jordania, Chad y Kenia.

Él evoca con una sonrisa una serie de episodios que a cualquiera le harían pensar en Indiana Jones, como el día que recibió un disparo mientras conducía un coche de la Cruz Roja, o cuando durmió bajo las estrellas en una hamaca en la jungla, o el día en que, a pesar de que que su hotel estaba bajo un bombardeo, fue allí y prefirió coger su manta y su almohada y echarse a dormir en la bañera, ya que estaba cansado, en vez de correr hacia el sótano como sí hicieron muchos otros huéspedes.

Ha visto destrucción, miseria y una inimaginable pobreza. Y muerte. Mucha muerte. Por eso piensa en ello y afirma que no le gusta hablar de la muerte. "Las cosas cambiaron cuando tuve un hijo", me dice. "Ahora intento permanecer concentrado y en equilibrio, aunque cada día que veo a un niño en peligro y no puedo ayudarlo, pienso en él".

Bogdan es pragmático y está muy centrado en sus objetivos. La ayuda es mucho más que dar de comer al hambriento; es además proveer de agua, baños, educación y desarrollo a la comunidad. La actividad en los campos de refugiado de Dadaab trata de todo eso, pero también necesita cuestiones de logística, como el almacenaje y la distribución del combustible, la bodega o la gestión de la flota de vehículos. "Lo comprenderás mejor cuando estes allí", me dijo Bogdan.

Y eso hice.

Cuando entré en el recinto, Rob Volway, el director de operaciones de refugiados de CARE in Dadaab, me saludó. Como Bogdan, también Rod tenía una gran experiencia trabajando en el campo del desarrollo. Un canadiense nacido en KampalaUganda, que ha entrado en contacto con los retos de la crisis humanitaria en Kosovo, Gaza,  Afganistán, Indonesia, Sudán y Kenia.  

Rod me hizo un rápido recorrido por las instalaciones, principalmente por las sedes administrativas: las oficinas, la sala de recepción, los alojamientos y por último, "The Grease pit", una especie de bar donde los trabajadores se reunen por las tardes para relajarse y disfrutar. Es el bar de la comunidad de ayuda.

Hay muchos aspectos que contribuyen al funcionamiento de los campos de refugiados y muchos de ellos pueden ser fácilmente pasados por alto por los forasteros. En el complejo de CARE hay un lugar que parece mucho menos importante que los colegios o los centros de distribución de comida en los campamentos. Aun así, es una parte esencial de un gran organismo como es el de Dadaab: Se trata de un enorme taller mecánico que mantiene y repara unos 313 vehículos, que pertenecen a CDHNU (Consejo de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas) y otras ONG. Sin ellos, la asistencia a los refugiados sería imposible. Junto a esto, la operación de CARE en Dadaab también está implicada en el almacenamiento y la distribución del combustible, el depósito y la distribución de los artículos del centro de asistencia (latas, lonas, mantas, cosas para cocinar, etc.), el mantenimiento del generador y el suministro de los servicios de asistencia de la oficina.

Mal si lo haces, mal si no lo haces       

Cuando los trabajadores humanitarios aparecen en las noticias es, a menudo, porque han sido raptados o asesinados. De acuerdo con la base de datos de seguridad de los trabajadores humanitarios, aproximadamente 1.025 cooperantes han muerto en los últimos 10 años.

La seguridad es un gran reto en esta línea de trabajo y para gente como Rod Volway, que está al cargo de grandes equipos, tomar decisiones no siempre es fácil: "Mientras todo el mundo ha tenido su propio derecho para decir donde está su límite o si ellos están afectados o no, tú dependes mucho del análisis de una situación para decidir si esta es segura o no", explica. "A veces podemos hacerlo mal, porque nos falta información".

Los terroristas solían evitar hacer daño a los trabajadores humanitarios, porque en todos los lugares que se ven envueltos en un conflicto se reconoce su contribución. Sin embargo, las cosas han cambiado en los últimos años y los trabajadores humanitarios son ahora objetivos deseados para obtener una ganancia económica.

Y aunque Dadaab no es una zona de conflicto, es considerado como un lugar de alto riesgo. Cada vez que hay una amenaza, cualquier movimiento hasta y desde los campamentos, incluyendo la distribución de comida, se ve restringido. Esto dificulta el trabajo de los trabajadores humanitarios e influye negativamente en la vida de los refugiados.

La impredecibilidad también juega un papel importante en la forma en la que se llevan a cabo los programas de auxilio en los campamentos de Dadaab. No necesariamente ha de tratarse de un ataque terrorista, una revuelta en los bloques de refugiados o una epidemia de cólera. La inestabilidad toma muchas formas aquí: Fuegos causados por las elevadas temperaturas, inundaciones provocadas por fuertes lluvias, un rumor que se ha extendido rápido, una declaración temeraria de otra ONG, un informe erróneo en los medios o un asalto de la policía keniana. Es por eso que el día transcurre entre grandes visitas de campo y reuniones con el Consejo de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, la comunidad local y otras ONG.

 

Sin embargo, la seguridad es la dificultad más evidente y está lejos de ser la única aquí. La vida en el recinto significa una estricta dieta: arroz, judías, y de vez en cuando pasta o vegetales hervidos, además de un alojamiento básico y un poco de entretenimiento. Hay una pista de tenis, un campo que se solía usar para jugar a fútbol y la televisión en The Grease Pit. El movimiento dentro o fuera del recinto está restringido y, generalmente, requiere escolta policial.

Y por supuesto hay aspectos personales. "Nunca te sientes permanente", explica Rod Volway. "Un par de años aquí, un par de años allí, es duro mantenerse unido a la familia y amigos con el paso de los años cuando estás en constante movimiento". Rod considera que tiene mucha suerte porque él encontró aquí a su mujer, que también es trabajadora humanitaria en Dadaab. Sin embargo, esta es una excepción.

En este tiempo, en el que nosotros afrontamos la crisis más seria desde la Segunda Guerra Mundial, el éxodo masivo de refugiados que salen de Siria y que huyen de otros conflictos que continúan en varios territorios, el rol de los trabajadores humanitarios se convierte en el más importante. Si aprendí algo en mis 10 días en Dadaab, es que sin ayuda de profesionales dedicados, muchos refugiados no sobrevivirían.