Atentados: Cómo Europa se recupera de sus secuelas

Artículo publicado el 5 de Enero de 2016
Artículo publicado el 5 de Enero de 2016

Tras los atentados de París, la ciudad puede haber vuelto a la normalidad, pero han quedado sin disipar las dudas, los miedos y las preguntas. Las respuestas deben probablemente buscarse fuera, allá donde el terror impide a otros retomar el curso normal de sus vidas. Varios jóvenes recuerdan y cuentan sus historias sobre los atentados en Madrid, Bruselas, Londres o Túnez.

"En Bruselas, no hemos tenido realmente tiempo para digerir lo que pasó en París. La semana que siguió a los ataques y la ola de incomprensión y estupor que trajeron consigo, han provocado que un sentimiento mucho más fuerte haya salido a la superficie: El que nos recuerda el sabor de la vida, el de recordar a nuestros amigos que les queremos, el de aprovechar nuestras libertades, el de beber a sorbos. Como si hubiéramos olvidado el significado de todo esto. Pero al aumentar hasta el 4 el nivel de la amenaza, todo eso quedórelegado para dar paso a otro sentimiento: El miedo.

El miedo tras cerrar nuestras escuelas, nuestros metros, nuestros restaurantes, los bares, los cines, los lugares de ocio. Y para nosotros los belgas, a quienes todo nos da un poco igual, fue una buena bofetada. Sin embargo, comprendimos bien que quizás era necesario vivir un día bajo la amenaza terrorista, porque puede llegar hasta aquí como ya lo ha hecho en otros lugares, igual que golpeó en París. Pero no sabíamos que sería así: En las calles cerradas, los soldados patrullaban en los lugares donde tiramos nuestras colillas, en las aceras antes de entrar en un edificio. Nadie lo había experimentado nunca. Se nos impuso el miedo y tuvimos la impresión de haber perdido. No podíamos culpar a la OCAM (el organismo responsable de la coordinación del análisis de amenazas) ni tampoco al Gobierno porque, en el fondo, no sabíamos si aquello era o no lo mejor. En un primer momento reímos, pensando que la vida pronto reanudaría su curso. Pero el verdadero impacto llegó el miércoles, cuando todo volvió a abrir, cuando todo era lo mismo y, sin embargo, ya nada lo era. Mis compañeros fueron enviados a casa por su jefe, los niños preguntaron a sus padres si los soldados que estaban fuera de su escuela se quedarían para siempre. Al ir a trabajar, escuché a una mujer decir que no quería tomar el metro, que estaba demasiado asustada. El #BrusselsLockDown nos hizo darnos cuenta de que aquello no fue más que un paréntesis y que realmente debíamos acostumbrarnos a ver a un militar en cada esquina. Y para nosotros, a quienes todo nos da igual, esto nos deja con la duda".

Sarah, Bruselas, tras el cierre de la ciudad decretado el 21 de noviembre de 2015.

"Ese momento está congelado en mi cabeza. Me estaba instalando cómodamente en mi pequeña oficina, en casa, para empezar a trabajar en el informe de mi proyecto de graduación. Como de costumbre, quise echar un último vistazo a Facebook antes de desconectar y empezar una larga noche de trabajo. Fue en ese momento cuando mi perfil de noticias empezó a llenarse de novedades: Un autobús había explotado en la avenida Mohamed 5. Mi primera reacción fue comprobar si mi hermana estaba en casa, pues sabía que ella tomaba el autobús casi todos los días. A esto siguió una larga noche de invierno. Poco después, me pregunté: ¿Cómo volver a la normalidad después de una batalla perdida? Hubo canciones patrióticas en todos los canales de radio, acalorados debates en la televisión que a menudo rayaban en la propaganda soviética e incluso unos pocos respondieron con la quinta de Beethoven al himno nacional, pero a pesar de todo, la respuesta para mí y millones de mis compatriotas estaba clara: El amor. Los terroristas quieren sembrar el odio, pero nosotros cultivaremos el amor. Hoy he querido abrazar a mis compatriotas policías por primera vez en mi vida, después de ver una película al cine y tomarme un café con amigos. ¿Qué mejor manera de molestar a estos monstruos?".

Chérif, Túnez, tras los atentados del martes 24 de noviembre.

"Supongo que los ricos que se trasladan a la ciudad en coche y no se mezclan con el olor del café y el sudor de la mañana no vivieron todo aquello de la misma manera. Para mí, que vivía en una especie de suburbio, aquel atentado significó que acababa de saltar por los aires la manera más rápida de llegar al centro de Madrid. Recuerdo haber llevado mi pañuelo palestino todos los días. En momentos como esos, el discurso fascista no puede triunfar. Recuerdo que dos días después de la catástrofe, tomé uno de esos trenes. Silencio absoluto. Los ojos de la gente se encontraban y nadie parecía querer estar allí. De repente el tren se detuvo en un túnel. Pánico. Sonrisas nerviosas y en la mente de todos: 'Mierda, esto no puede volver a empezar'. Pero no pasó nada. Había que subir a este tren todos los días. Subirse a un tren para protestar. Mirar a otras personas del vagón a los ojos y sonreír".

Manu, Madrid, tras los atentados del 11 de marzo de 2004.

"Como la mayoría de las principales ciudades, Londres siempre ha sido un ejemplo de multiculturalidad. Había buen ambiente, motivado por el hecho de que la ciudad estaba celebrando la oportunidad de organizar los Juegos Olímpicos en 2012. Pocos días después, todo se transformó en un ambiente indescriptible de terror. Yo vivía en los suburbios del sur de Londres, tenía 14 años en ese momento y la 'guerra contra el terror' siempre me había parecido una realidad lejana -en Afganistán, Irak y, por supuesto, Nueva York. Pero después de una semana del ataque, se podía sentir un clima de desconfianza. Y si habías nacido con la piel oscura, lo sentías todavía más, incluso en esas pequeñas cosas como el hecho de que quede un asiento sin ocupar a tu lado aunque el autobús esté lleno. Pero la vida urbana no paró (no podía hacerlo). Los londinenses, como los parisinos, se unieron. Era -y siempre será- la única cosa que hay que hacer".

Viral, Londres, tras los atentados de julio del 2005.