Atentados en Bruselas: Con las manos atadas

Artículo publicado el 25 de Marzo de 2016
Artículo publicado el 25 de Marzo de 2016

Hace 15 años, Anthony consideraba los atentados terroristas como situaciones lejanas. Ahora, después de que el pasado martes varios ataques golpearan su ciudad natal y provocaran decenas de muertos, no puede evitar la sensaciónde que el terror está cada vez más cerca.

Me recuerdo a mí mismo aquella tarde del 11 de septiembre de 2001. Tras el entrenamiento de fútbol, las televisiones del mundo entero pasaban en bucle las imágenes de las Torres Gemelas que se hundían en el corazón de Nueva York. A mis 11 años, yo no llegaba a comprender qué estaba pasando, así que cogí de nuevo mi balón y volví a jugar al campo de Saint-Josse, en pleno centro de Bruselas. De memoria, creo que aquella fue la primera vez que escuché hablar de "atentados terroristas". Y desgraciadamente se han ido encadenando después: Madrid, Londres... Siempre me han puesto triste, pero nada más, para ser sincero. "Es lejos de aquí, ¿no?". Vamos a achacar eso a mi inconsciencia juvenil.

El pasado 13 de noviembre fue otra historia. Recién llegado a París, asisto impotente a los atentados que golpean mi nueva ciudad. Estábamos de fiesta con amigos y, entonces, todo pasó muy rápido. Un avance informativo tras el partido de fútbol de Francia: "Tiroteos en el centro de París". Parece que no ha sido lejos de aquí. Las terrazas se vacían rápidamente y el pánico se instala. Nos metemos todos en el apartamento de Matthieu, a dos pasos del bar. La televisión está encendida, pero nadie habla. Mi teléfono no deja de sonar mientras trato de tranquilizar a mis amigos y familiares en Bruselas. Las únicas personas a quienes conozco en París están reunidas en estos 40 metros cuadrados. Veo cómo sufren. Pero a pesar del horror, parece que no llegan malas noticias de sus conocidos. Estoy impactado, claro, pero podría ser peor. Mi imprudencia empieza a desaparecer, poco a poco.

22 de marzo de 2016. Como cada día, disfruto de la vista de París desde la ventana del baño. Hace buen día, el día pinta bien. O no tanto. Mi hermano pequeño Elliot me cuenta que ha habido dos explosiones en el aeropuerto de Zaventem. Por teléfono, mi madre me grita que se ha despertado con el ruido de las explosiones y que ve humo desde su casa. Vivimos a 1km del aeropuerto. El estrés va en aumento. Mis primeros pensamientos van para alguien a quien conozco bien y que debía tomar un avión estos días, pero no recuerdo exactamente qué día y eso me inquieta. Más tarde me entero de que su vuelo no es hasta la semana que viene. Primer alivio.

En la redacción la situación empieza a agitarse. Las informaciones y los mensajes siguen llegando. Laurence me escribe desde Estambul: "Antho, nuestra casa". Intento tranquilizarla, pero sirve de poco desde detrás de una pantalla. Bruselas es mi casa. Maelbeek era mi estación de metro. Durante ocho años, pasé por ella cada día, primero para ir a la facultad y después al trabajo. Coline me cuenta que 9 minutos antes ella estaba en el metro que explotó. Lo mismo dice Borja, que me dice que su novia estaba en el tren que ha precedido al de la explosión. Siguen las reuniones, pero estoy ausente. Aunque intento parecer entero, la sonrisa no es más que una fachada, la risa me sale forzada. Para ser franco, hago parecer que estoy trabajando mientras envío mensajes a todo el mundo para asegurarme de que están todos bien. Y así es. Segundo alivio.

La vuelta a casa es complicada. El metro se queda parado entre Strasbourg Saint-Denis y République. Se apagan las luces. Un silencio mortal. Es imposible no pensar en un escenario de catástrofe, pero afortunadamente sólo ha sido un problema técnico. Pero, a pesar de todo, las preguntas se amontonan: ¿En nombre de quién, de qué, tiene alguien derecho a hacer una cosa así? No entiendo nada por mucho que lo intente. Día de mierda.

Las llamadas a Bélgica se repiten sin acabar de sentarme realmente bien. Tampoco lo hacen esta botella de vino y los cigarrillos que he comprado totamente de vuelta a casa. Necesito desahogarme, pero el campo de fútbol de mi infancia se encuentra ahora a 300km de París. Me quedan las ganas de escribir, que aparecen como una evidencia. Una reacción, seguramente. Igual que hicieron mis compañeros periodistas hace unos meses. Yo no soy periodista, pero de alguna forma lo debía. Por todos esos que han compartido conmigo su rabia, su incompresión y su tristeza del día. Por Elliot, Coline, Sarah, Laurence, Costa y todos los demás. 

Entre París y Bruselas, he perdido definitivamente la inconsciencia que me llevaba cuando era pequeño de la pantalla de la televisión al campo de fútbol del barrio. Hoy, si echo la vista atrás, tengo una asquerosa sensación: La de ver aquellos eventos lejanos cada vez más cerca.