Atrapado en Bulgaria: una noche surrealista en el aeropuerto de Sofía

Artículo publicado el 5 de Diciembre de 2017
Artículo publicado el 5 de Diciembre de 2017

Siempre he sido, y soy, una persona torpe. Me encuentro a menudo en situaciones disparatadas, en lugares poco comunes. Estoy ahora mismo en zona internacional búlgara, atrapado en el aeropuerto de Sofía, tras unas peripecias tan absurdas como irreales. Nueva versión de la película La terminal. 

El mensaje suena unos minutos después del despegue. El piloto anuncia algo cuanto menos sorprendente: "Estamos atravesando una zona de turbulencias. Asegurénse de que su cinturón de seguridad está desabrochado para poder evacuar rápidamente el avión". Miro de reojo a mis compañeros de trabajo, que están aquí para lo mismo que yo: un seminario en la ciudad de Plovdiv, a dos horas de Sofía, la capital. Parecen compartir mi reacción, en la que se mezcla un principio de angustia y unas ganas locas de reír. Finalmente, los zarandeos resultan inofensivos y el avión termina aterrizando como de costumbre. Es un poco más tarde cuando las cosas se tuercen. 

A la aventura

Llego a la aduana y los agentes verifican mis documentos. El pasaporte está caducado desde 2015, pero en París me confirmaron que podía viajar por el espacio Schengen. Por lo tanto, nada de lo que preocuparse. Solo un pequeño detalle: Bulgaria no forma parte del espacio de libre circulación europeo y los agentes de la aduana lo saben. Desde el 1 de septiembre de 2007, el país es miembro de la Unión Europea, pero no de la zona euro. Por lo tanto, no se rige por las mismas leyes comunitarias. Se preveía que Bulgaria ratificara el Acuerdo Schengen a principios de 2014, pero esa ratificación se ha prolongado en el tiempo debido a la oposición de tres países: Alemania, Reino Unido y Dinamarca

A pesar de esto, no puede pasarme nada grave porque llevo conmigo mi carné de identidad (los ciudadanos de países europeos no necesitan visado). Para mi sorpresa, me informan de que tampoco es válido, al igual que mi pasaporte. A continuación, inicio una negociación interminable con los policías. Cinco minutos después, dictan sentencia. "No puede entrar en territorio búlgaro, regrese a Francia", me anuncian en un inglés gutural. Atónito, pido explicaciones, pero parece que casi ningún agente de la aduana quiere expresarse en inglés. Y mucho menos en francés. Sea como fuere, nadie parece querer hablar conmigo, ni escuchar lo que tengo que decir. 

Entonces, recuerdo que tengo cuarenta euros (el equivalente a un tercio del salario mínimo búlgaro) y una extraña idea se me viene a la mente, algo que después me pareció completamente estereotipado, incluso condescendiente. Sin embargo, los casos de corrupción entre la policía búlgara son de sobre conocidos y, por ejemplo, las infracciones de tráfico pueden solucionarse a base de sobornos y pequeños chanchullos. Al menos esto es lo que relataba un documental del 2014 emitido en la cadena franco-alemana Arte y titulado Bulgarie, les flics ripoux sous surveillance (Bulgaria, la poli corrupta bajo vigilancia). En él se puede ver, por ejemplo, a un agente de policía aceptando un billete de veinte lev (diez euros) de parte de un conductor durante un control en la ciudad de Sofía. A raíz de esto, la ministra de Interior, Vesselin Vuchkov, se embarcó en una tarea de dimensiones colosales y puso en marcha multitud de medidas destinadas especificamente a los controles de carretera. "Es curioso movilizar a policías no para perseguir a los criminales, sino para vigilar a sus compañeros, los cuales, sin supervisión, caerían en la tentación", comentaba en su blog entonces la periodista búlgara Ivo Indjev

Aldo

Uno de los policías, de pelo gris y barriga generosa, me ordena que me siente. Con su revólver vintage en el cinturón, es el arrogante que maneja el cotarro. Parece una suerte de Aldo Mascione en la playa intentando seducir a las jovencitas que toman el sol. 

Por fin me ponen al teléfono con la embajada de Francia. Mi entusiasmo se desvanece rápidamente. Mi carné de identidad no es válido desde octubre de 2016 y es en Bulgaria, un año después, donde me entero. Resultado: riesgo de usurpación de la indentidad y, como consecuencia, prohibición de entrar en territorio búlgaro. Hay que hacerse a la idea: me van a enviar de vuelta a Francia (a las cinco de la tarde del día siguiente, según la policía). A partir de ese momento, mi relación más bien conflictiva con los agentes de la aduana cambia por completo. El Aldo Mascione búlgaro me explica que debo permanecer en el despacho de la aduana donde me encuentro hasta las ocho de la tarde, hora en la que seré "libre" de volver a la zona internacional y pasar allí las próximas veinticuatro horas.

Al verme completamente decaído, me ofrece un cigarro. Está prohibido fumar en el aeropuerto de Sofía (como en cualquier otro aeropuerto del mundo), excepto, al parecer, para los policías búlgaros. "Cigarettes from Bulgaria, very good!", me dice en inglés. Le pregunto si puedo ir al baño. Aldo accede a condición de que "no me fugue", puntualiza al tiempo que me da una fuerte palmada en el hombro seguida de una potente carcajada. Cuando vuelvo, me da la bienvenida a Bulgaria riéndose igual de fuerte, exactamente como el humorista francés Dieudonné en este sketch sobre "el presidente africano". Después, saca una botella de alcohol y coloca dos vasos en la mesa. Me doy cuenta de que ya está borracho. Cuando digo que coloca dos vasos, se trata evidentemente de un eufemismo. En realidad lo hace con mucha más violencia, a lo cow-boy búlgaro. 

Intenta explicarme algo sobre la botella. No entiendo nada al margen de que tiene cincuenta grados y es leche fermentada. "To France and Bulgaria!", exclama levantando su vaso antes de ingerir la bebida. Yo hago lo mismo. El sabor se me antoja extraño, pero, teniendo en cuenta la situación, es lo de menos. Un teléfono móvil comienza a sonar. La melodía me es más que familiar: la he escuchado durante toda mi infancia. "¿Os gusta Supermario en Francia?", me pregunta con tono serio. Reflexiono sobre el interés que mi respuesta puede suscitar, pero, al no encontrar nada racional en esta historia, termino por asentir. En ese momento, una persona irrumpe en la habitación. Probablemente sea un policía, o un amigo de Aldo. Sostiene en sus manos un maletín que abre delante de mí para sacar una especie de fusil de asalto desmontado. Aldo no comparte mi estupor y parece más bien divertido. Intercambia unas palabras con su amigo y le pregunta, probablemente, si el fusil contenía balas, pero no puedo asegurarlo: no hablo búlgaro. 

Nia

Después de un prolongado tiempo de espera, me confirman que seré libre de marcharme a las cinco de la tarde del día siguiente y que ahora ya puedo pasearme por la zona internacional del aeropuerto. Como guinda del pastel, Aldo intenta animarme haciendo bromas picantes sobre las mujeres búlgaras y los estriptis. Como ya ha terminado su turno, me desea buena suerte y me da una última palmada en el hombro. Una policía lo reemplaza. También va armada, como todos los agentes del aeropuerto. Todavía no está al corriente de mi situación. Me levanto para explicárselo y me responde que huelo a alcohol. Intento explicarle que ha sido su compañero quien me ha hecho beber, pero no me escucha y me ordena que me siente. Empezamos con buen pie. 

Al salir de la aduana, el himno nacional búlgaro suena desde un altavoz situado encima de la puerta automática. No presto mucha atención y subo por las escaleras mecánicas para llegar a la zona internacional. Hambriento, me dirijo al primer restaurante de comida rápida que veo. Nuevo varapalo: no aceptan euros. Me voy del establecimiento, decepcionado y muy enfadado, y busco un rinconcito para pasar la noche. Tras recorrer toda la terminal, acabo encontrando un sillón de masaje de cuero negro. Al lado, está sentada una búlgara. Se llama Nia, tiene diecinueve años y trabaja tres días a la semana en el aeropuerto proponiendo a los viajeros experiencias de realidad aumentada. Es la atracción de la terminal y cuesta cinco euros (por diez minutos).

Simpatizo muy rápido con ella. Como su inglés es muy correcto, la comunicación se ve muy facilitada. Le relato mi historia desde el principio. Parece que me entiende, lo que es un gran alivio para mí. Nia me cuenta que no encaja con la población búlgara por razones generacionales. "La gente no entiende por qué llevo tatuajes o por qué tengo un piercing en el labio", me sigue explicando. Su trabajo a tiempo parcial le permite ahorrar algo de dinero, pero Nia también posa como modelo para una agencia de fotos. Su objetivo: continuar con sus estudios de diseño gráfico en Italia. A las doce, Nia se va del aeropuerto y yo me dirijo al sillón de masaje para pasar la noche con un nudo en el estómago. 

Desenlace

Me despierto sin sentir el cuello por la tortícolis y voy hasta la comisaría del aeropuerto, donde me esperan dos policías franceses para repatriarme, pero no tan rápido. Primero, han venido para escoltar, con una orden del Ministerio de Interior francés, a un joven afgano atrapado como yo en Bulgaria y que tenía como objetivo llegar a Francia para intentar residir en el país. Su misión también incluye llevarme de vuelta a París, pero en segundo lugar. Como ambos estamos en el mismo brete, le sonrío. Parece satisfecho de poder pisar finalmente suelo francés, país donde no había podido pedir asilo unas semanas antes. 

Al hablar con los policías de mi situación y de la del joven afgano, me doy cuenta de que su alegría va a durar poco. Todavía resuenan en mi cabeza las palabras pronunciadas por los agentes franceses. El de rango más elevado me explica lo fácil que es para ellos reconocer a una persona sin papeles, sobre todo cuando se trata de "negros con zapatos blancos". Lo que más me entristeció fue lo que vino después: "Nuestro chico está ahora muy contento. Como Bulgaria no lo quiere, lo llevan a Francia. Lo que no sabe es que después de estos días lo van a detener y expulsar a Afganistán". Perplejo, le pregunto cómo puede estar tan seguro. "Siempre pasa lo mismo. Todos los abogados lo avasallarán y le harán creer, a él y a su familia, que es posible salvarlo", algo imposible según él. El policía no tiene duda sobre la suerte que correrá el refugiado. Le van a "soplar" 2000 euros y volverá a su país. Termina con una moraleja un tanto cuestionable: "Siempre se pone verde a la policía, pero nunca se habla de los demás. Todo el mundo quiere llenarse los bolsillos porque el dinero es el dinero". 

Tras hablar con varias aerolíneas, terminan por encontrarme un billete. Me dirijo hacia la zona de embarque seguido por dos policías búlgaros, con los que finalmente parece que me entiendo. Cuando llegamos a las tiendas del duty-free, les pregunto cuál es el mejor producto local. Para mi gran sorpresa, me responden que el vino. Quién lo iba a decir. Estrecho la mano a los dos policías al tiempo que me desean un buen regreso a Francia y, con la conciencia tranquila, me subo al avión. 

Cuando llego a París, un furgón policial me está esperando en la pista, cerca del avión. "¿Es usted el periodista al que han expulsado de Bulgaria?", me preguntan. Asiento y me río: la situación me sigue pareciendo absurda. Me montan en el furgón y me llevan a la comisaría, situada en uno de los extremos del aeropuerto Charles de Gaulle. Después de verificar mi expediente judicial, me dicen que todo está en orden. Entonces, decido contarles mi epopeya búlgara y nadie entiende por qué me han prohibido el acceso al país, a pesar de tener el pasaporte caducado. Una vez recuperada mi libertad, me dirijo hacia la puerta de salida, pero vuelvo sobre mis pasos para comentarles a los agentes que estoy pensando en escribir unas línas sobre la aventura tan rocambolesca que acabo de vivir. Parece que me dan su consentimiento. Una policía me dice: "No olvide hablar de nosotros en su artículo. Y que sea bien por una vez. Será algo nuevo". Sonrío y cierro la puerta detrás de mí. Inmóvil, permanezco unos segundos delante de ella, pensando en todo lo me ha ocurrido. Para mí también ha sido algo nuevo. 

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