Au pair: descubrir el mundo «en familia»

Artículo publicado el 4 de Mayo de 2016
Artículo publicado el 4 de Mayo de 2016

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

¿De dónde nace la necesidad de escapar, de descubrir nuestra pequeña realidad? Hoy quiero contaros mi experiencia, común a muchos jóvenes: convertirse en Au pair.

¿Qué es Au pair?

Au pair es solo una de las varias maneras que hay de hacer intercambios culturales. En este caso, la chica o chico se inscribe en la página web aupairworld.com y rellena un perfil con sus datos. Selecciona también el país o países a los que tiene intención de ir. El perfil es la tarjeta de presentación para la familia. Mostrar una foto en la que salgas sonriente, en compañía de niños; escribir todo lo posible sobre ti mismo, mejor si es en la lengua del país al que aspiras a ir; todo esto podría suponer que más familias se pongan en contacto contigo. Una vez que se ha creado el perfil en línea, la Au pair puede enviar o recibir solicitudes de familias inscritas, intercambiar mensajes y conocerse mejor a través de Skype.

En el momento en que se crea una conexión entre la familia y el o la chica en cuestión, se puede empezar con el papeleo. La relación entre la familia y la Au pair, más que de intercambio cultural, es laboral. La familia regulariza a la Au pair con un contrato de trabajo especial, reconocido en la Unión Europea, en el cual se indican los derechos y deberes de la Au pair. ¿De qué se tendrá que encargar? Básicamente se trata del cuidado de los niños y de ayudar con algunas tareas domésticas. La jornada laboral, según el contrato, es de 5 horas al día, un total de 30 horas semanales (en algunos casos varía según la familia). La retribución establecida por ley es de 260 € mensuales más 50 € para el pago parcial de un curso de idiomas. Esta última paga es opcional. Se trata de una propina o paga, ya que la Au pair cuenta con manutención y alojamiento gratuitos y, por lo tanto, no tiene más gastos que los personales.

¿Por qué decidí ser Au pair?

Me llamo Fabiola, tengo 24 años y he vivido una experiencia maravillosa de 13 meses en una familia alemana. Mis ganas de viajar y, sobre todo, de venir a Alemania surgieron cuando empecé a estudiar alemán en secundaria. Arrastré esta pasión y me inscribí en la facultad de «Lengua y cultura extranjeras» en al Universidad de Fisciano.

Durante mis años universitarios no tuve la posibilidad de hacer Erasmus, así que siempre creció en mí el deseo de poner en práctica y visitar todo lo que había estudiado. Después de conseguir graduarme el 27 de noviembre de 2014, me puse a buscar un modo «inteligente» que me permitiera permanecer en el extranjero durante muchos meses o un año, sin necesitar a priori una gran cantidad de dinero o la preocupación de pedir dinero a mis padres al poco tiempo.

Así, a través de una amiga, conocí la web aupairworld.com y busqué toda la información posible. Desde el principio se ajustó a mis exigencias: marcharme y tener una casa donde quedarme, una familia con la que contar y un trabajo con el que ser independiente. Y justamente las ganas de ser independiente en un país extranjero con otra lengua me empujaron después a lanzarme a la aventura. Todo esto es una muestra de coraje: cuestionas tus opiniones, cambias tus hábitos, te integras en una cultura distinta. Todo esto es un enriquecimiento.

Mi experiencia

Me inscribí en la web en diciembre de 2014 y seleccioné los parámetros: Alemania, Berlín, 6-9 meses. Empecé a leer los perfiles de algunas familias. Al enviar las primeras solicitudes y mensajes me di cuenta de que para algunas familias 6 o 9 meses era muy poco, sobre todo porque se necesita un tiempo para que los niños se acostumbren a la presencia de alguien nuevo. En breve encontré a la que se convertiría en mi familia. No viven en una gran ciudad como Berlín, sino en un pueblecito del Baden Wurttenberg. Después de hablar largo y tendido, mis parámetros cambiaron. Comencé a reflexionar sobre cuál sería mi verdadera prioridad: mejorar la lengua o encontrar una familia que se pudiera convertir en mi segunda familia. Dado que esta comprendía las dos cosas, decidí prolongar mi estancia a un año.

Mi Gastfamilie (familia de acogida) está formada por: Nadine, mi Gastmutter (madre de acogida); Thorsten, mi Gastvater (padre de acogida); mis hermanitas Amelie y Anabelle (gemelas de cuatro años) y Melissa (la más pequeña de la familia con apenas año y medio).

El primer contacto con la familia al completo fue por Skype. Recuerdo que estaba muy nerviosa, emocionada y tímida. Desde el primer momento se creó un ambiente divertido, sobre todo porque mi audio no funcionaba y tuve que hablar por señas.

El 1 de febrero de 2015 me marché. ¡Cuánto valor hay que echarle! Dejarlo todo y marcharse a una tierra para mí desconocida, con el miedo de no conseguir integrarme bien lingüística y socialmente o no encontrarme bien en la familia.

Aquel día fue para mí un nuevo comienzo. Tomé un avión por primera vez y aterricé aquí. Llegué al aeropuerto de Karlsruhe Baden-Baden sobre las 9 y media de la noche, cargada de maletas y preocupaciones. Me esperaba Thorsten, mi Gastvater. Nos saludamos y empezamos a charlar en alemán. Preferí alemán antes que inglés desde el principio, tenía que esforzarme y acostumbrarme pronto. El viaje del aeropuerto a la casa duró más o menos una hora. Observaba todo asombrada, incluso las señales de tráfico me fascinaban. Ante mis ojos comenzaron a aparecer todos los nombres de ciudades que había oído o donde habían nacido autores que había estudiado. Era una mezcla de emoción e incredulidad. Estaba donde quería estar, donde siempre había soñado estar. Era mi objetivo y lo había conseguido. Sola, con mi esfuerzo.

Cuando llegué a casa conocí a Nadine, mi Gastmutter, que mostró desde el principio su infinita dulzura. El siguiente día conocí a las niñas. Y se dio una situación extraña. Acostumbrada a levantarme y desayunar en pijama, hice lo mismo aquel primer día oficial de trabajo. Pijama polar con ositos en las mangas. Cuando vi que el resto de la familia estaba arreglada, excepto las niñas, me sentí muy avergonzada. No sé qué pensarían Nadine y Thorsten, y nunca he querido preguntárselo, seguro que se hartaron de reír.

Con las niñas se creó muy rápido una bella armonía y al poco tiempo se acostumbraron a mí, también porque era la cuarta Au pair de la familia.

Ha sido un año de trastornos y cambios. No solo tuve que hacerme al modo de vida de mi nueva familia, sino que tuve que afrontar una nueva situación en mi verdadera familia. En marzo de 2015, apenas un mes después de mi llegada, tuve que volver a Italia debido a un importante problema familiar. Después de una semana volví y tuve que buscar el equilibrio emocional de las dos nuevas situaciones, sobre todo porque estaba a kilómetros de mi familia y no era capaz de compartir por completo mi estado de ánimo con la nueva. Por un lado, mi vida en Alemania mejoraba cada día; por el otro, la cosa estaba empeorando.

Regresé de nuevo a Italia. Fue una semana agotadora, sin embargo decidí que volvería a Alemania. Tenía que recomenzar. Recomenzar aquello que interrumpí y recomenzar a vivir una nueva vida. Y acostumbrarme, eso sí, a una importante ausencia. Como todos los nuevos comienzos, fue muy difícil, pero las niñas me devolvieron la serenidad que se pierde al crecer.

 

Este acontecimiento me hizo unirme aún más a la familia, tanto que me sentía como su verdadera hija y las niñas eran como mis hermanas.

Pero lo que la vida te arrebata por una parte, te lo compensa de otro modo. Se pierden momentos buenos y malos, es el riesgo de estar lejos. Lo que me perdí de mi sobrina lo viví con Melissa, la más pequeña. Su bautizo, sus primeros pasos, su primer cumpleaños, su primer día de escuela, sus primeras palabras. O ver crecer y hacerse más independientes a las gemelas. Todo esto me alegra y me anima, en cierto modo porque he contribuido a enseñarle cosas, cosas que guardarán siempre, igual que ellas a mí.

Han sido una familia en todos los sentidos: presente, atenta, cariñosa y tierna. Cada vez que me marchaba, a la vuelta encontraba un detallito sobre la cama: un dibujo confortador, chocolatinas, fotos o frases que me hacían sentir en casa.

Después de un año, la separación ha sido tan difícil para las niñas como para mí. Ellas continuarán creciendo, yo tendré que recomenzar otra vez. Un nuevo trabajo, nuevas amistades y tendré que crear una nueva familia.

Después de un año me siento como aquel febrero de 2015, un poco preocupada por qué será de mi futuro. La diferencia es que ahora, sin embargo, no estoy sola, tengo una familia que me adora y a la que adoro, nuevos amigos y una persona siempre a mi lado. He madurado mucho, soy más fuerte y afrontaré lo que me espera con más conocimiento y seguridad.

Si volviera al pasado, repetiría esta experiencia mil veces. Me ha enriquecido como ninguna otra lo habría hecho. Me acompañará una sensación de disgusto y vacío, seguro que alguna lágrima correrá por nuestras mejillas. Dejar de ser Au pair para mí y para mi familia no será el fin de nuestra relación, porque el vínculo que se ha creado va más allá de cualquier contrato.