¿Aún el enfermo de Europa?

Artículo publicado el 22 de Diciembre de 2003
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Artículo publicado el 22 de Diciembre de 2003

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La prehistórica estructura de la Seguridad Social británica es una especie en extinción en Europa. Incluso en los Países Escandinavos, el bastión de la asistencia social universal, un sistema de descentralización a varios niveles ha empezado a florecer.

Para el partido laborista británico, la sanidad siempre ha sido un tema sencillo. Según ellos, la seguridad social británica es el mejor sistema imaginable y sólo falla por falta de financiación. Incluso después de la modernización de las políticas del partido laborista de Tony Blair, esta ilusión permanece intacta ya que el gobierno pasó su primera legislatura destinando a la seguridad social sumas de dinero público sin precedentes (el presupuesto de la seguridad social es casi un 50% mayor que en 1997). Sólo ahora y a la vista de los pobres resultados de tal gasto es cuando los laboristas están revisando su enfoque.

El gasto sanitario ha pasado del 6,8 del PIB en 1997 al 8% en el 2003, y llegará al 9,5 en 2007. Sin embargo, la tasa de crecimiento de la actividad hospitalaria ha caído más del 4% al año a mediados de los noventa a menos del 1% actualmente. El miedo a que el dinero pueda ser absorbido por las demandas de subida de sueldo en lugar de por mejoras en la capacidad física de los hospitales se ha confirmado, con estas subidas de sueldos están copando entre un tercio y dos quintos de la financiación adicional. El número de administradores de la seguridad social supera el número de camas.

Tristemente, la división entre laboristas está ahora entre los diputados de izquierdas (y de facto su líder en las Cámaras, Gordon Brown) quienes creen que vastas cantidades de dinero combinadas con los objetivos centrales de desempeño aún pueden hacer de la seguridad social un sistema sanitario de primera clase; y por otro lado una elite de reformistas a la cabeza del partido que insiste en la necesidad de una liberalización estructural para dar a los pacientes la posibilidad de elegir entre organizaciones privadas competitivas.

Irónicamente, el repudio más agresivo a la visión estatista de Brown, procede de su nativa Escocia. Allí el presupuesto de la seguridad social de 1300 libras per capita es superior en un 21% al de Inglaterra y la proporción del gasto gubernamental junto con el PIB (8,7%) es uno de los más altos en el mundo desarrollado. Los resultados son impresionantes: las listas de espera de los pacientes se han incrementado de 41 días en 1997 a 56 en la actualidad; las listas de espera en urgencias se han doblado llegando a las 40 horas entre 1998-99 y 2000-01; y la media del coste de esta atención de urgencias y las operaciones quirúrgicas han pasado del 30% al 39% en el mismo período.

Una innovadora política bien recibida del Estado fue la introducción de un mercado interno a la seguridad social, dónde los médicos de familia tenían asignados un presupuesto con el que comprar los servicios de los hospitales en nombre de sus pacientes. Esto supuso un incentivo para que los hospitales funcionasen eficientemente y consecuentemente, la productividad de la seguridad social se incrementó durante cinco años. Entonces los laboristas llegaron al poder y especialmente el Ministro de Sanidad Frank Dobson, el tipo de dirigente de izquierdas que irá a la tumba creyendo que no hay nada de malo en la seguridad social a parte de lo que más dinero de los contribuidores no pueda resolver. El mercado interno fue abolido, y la productividad sanitaria inició un fuerte declive del que aún no se ha recuperado.

Reconociendo su estupidez, y bajo la gerencia de los reformistas sucesores de Dobson (Alan Milburn y John Reid), los laboristas reintrodujeron el mercado interno en la forma de sociedades de cuidados primarios (Primary Care Trust), que ahora controlan los tres cuartos del presupuesto sanitario del país. Las sociedades cuidados primarios, aproximadamente 300, diseñaron contratos con hospitales que recompensaron a aquéllos que proporcionaron un buen servicio a bajo costo. Alain Enthoven, el economista sanitario de Stanford que diseñó el mercado interno de los conservadores, ve este nuevo sistema como una extensión de su idea original.

Mientras que las sociedades de cuidados primarios son una mera restauración de una vieja política, los hospitales fundación (foundation hospitals) son algo nuevo. La idea es liberalizar los hospitales de la seguridad social empezando con los que mejor desempeño han tenido, los de tres estrellas- bajo el control de Whitehall. Como en los Países Escandinavos, aún sujetos a los estándares nacionales y supervisión de un regulador, los hospitales serían capaces de fijar salarios, especializarse y expandirse a discreción e incluso pedir prestado dinero de manera independiente a capitales privados. Llegaría a ser un comité de gobernadores elegidos por la población local.

Sin embargo, debido a la oposición de los intereses creados del sector público, estas reformas se han diluido más allá de lo útil. Los hospitales fundación estarán sujetos a incluso más reguladores que los hospitales normales; su libertad para fijar los salarios estará limitada y el número de pacientes privados que podrán aceptar estará limitado, esto los mantendrá financieramente dependientes del Estado y limitará su exposición a la competitividad. Su habilidad para endeudarse estará sujeta a un límite máximo determinado por la auditoria y la inspección de la nueva Comisión de Sanidad.

Hay que añadir que las alternativas a la seguridad social tienen sus propios defectos. Los seguros privados norteamericanos dan lugar a los mejores estándares en el mundo pero dejan a 40 millones de personas al descubierto. El seguro social corporativo impone costes de trabajo que desaniman a las compañías en la contratación de trabajadores, y parcialmente explica por qué Francia, Alemania y Austria tienen mayor desempleo que Gran Bretaña. Sin embargo, la proliferación de los laboristas y las tímidas reformas garantizan el fracaso. El único beneficio de esto es que el próximo gobierno conservador tendrá un mandato que finalmente terminará con la seguridad social como monopolio de la provisión sanitaria.

La experiencia de los Países Escandinavos ha mostrado que incluso con un gran gasto estatal, reformas internas radicales son necesarias para hacer un sistema sanitario viable. El medio intento laborista para salvar la seguridad social solo va a retrasar en última instancia su desaparición.