Baile de gala en Viena: el botox (solidario) se viste de largo

Artículo publicado el 26 de Abril de 2012
Artículo publicado el 26 de Abril de 2012
Moños estratosféricos, tocados imposibles, trajes con colas infinitas, calvas tapadas para la ocasión y pechos que desafían a la gravedad. Bienvenidos a Dancer Against Cancer, el obligado baile de gala de la clase alta vienesa.

19.30 horas. Remangamos nuestro largo vestido de gala para subir las escaleras de acceso al Palacio Imperial de Hofburg, residencia del presidente de la República Austríaca. El castillo que en otros tiempos acogiera a la realeza y a los emperadores austríacos abre sus puertas para albergar Dancer Against Cancer, el baile solidario cuyo objetivo es recaudar dinero contra esta enfermedad en el que se da cita la flor y nata de la comunidad vienesa y algún que otro francés despistado, pero vayamos por partes.

Sábados de baile

Para todo aquel que desconozca la cultura austríaca, debe saber que los grandes bailes son un evento rutinario para cualquier vienés. A los 16 años se empieza a acudir a estas citas, razón por la cual en los armarios de las casas hay unos cuantos vestidos largos y brillantes, tal y como nos explica una de las chicas que este sábado mira desde una de las entradas del gran salón el “baile de obertura”. Además, nos confiesa que ella solo acude para bailar chachachá con su novio, que sigue atento nuestra conversación. Efectivamente, estos bailes, en contra de nuestra inicial inocencia, no son monopolio exclusivo del vals. Normalmente, hay una oferta de hasta ocho  estilos diferentes.

¿Cuál es la particularidad de este baile en el que nos hemos adentrado? Dancer Against Cancer surgió hace seis años para concienciar a la sociedad y recaudar fondos destinados a la lucha contra el cáncer aunque, en realidad, parece haber estado siempre pensado para la high class. Todo el mundo puede comprar una entrada para el evento, cuyo importe es “íntegramente destinado a la causa”, nos confirma una de las asistentes, copa de champán en mano. Lo que diferencia al público hoy es, como siempre, el dinero. El pueblo llano se congrega meses antes delante del ordenador para conseguir un pase desde 40 euros para, exclusivamente, bailar y mirar: ni comer, ni beber ni, por supuesto, sentarse. ¿Y la llamada “clase alta"?

La sociedad de clases y la clase de la sociedad

Curiosamente, ninguno de los asistentes con los que conversamos dona dinero a la causa

Después de cruzar el pasillo dibujado por ocho apuestos miembros del ejército, nos deslizamos hasta la sala VIP. Aceptamos la copa de champán que nos ofrecen y empezamos nuestro recorrido: megalómanos tupés, brillos y botox conversando y saludando a derecha e izquierda, pechos que necesitan un diámetro de varios metros para desplazarse, alguna revolucionaria con un vestido por encima de la rodilla y la humilde pareja henchida de placer por poder estar en la sala de los ricos: “mi novio ganó las entradas VIP- valoradas en 300 euros cada una- en el concurso de Facebook”. Esta estancia nos da una idea de quién está familiarizado con este tipo de eventos y quién no. Los primeros se dedican a hacerse notar; los segundos, a ingerir todo el champán posible de manera sigilosa, incapaces de apartar sus ojos del photocall. El foco de las cámaras también nos conduce a él. Posando y hablando con los medios, Charles Shaughnessy o, lo que es lo mismo, el actor que encarnaba a Maxwell Sheffield en la exitosa serie estadounidense The Nanny. Los austríacos famosos, desconocidos para nosotros, desfilan ante los medios aunque varios periodistas con los que hablamos no conocen la identidad de sus entrevistados.

Una pena que su paseo quedara luego eclipsado con la caída de un miembro del jurado en pleno desfile

Charlamos con los invitados, cuya ronda de edad oscila entre los 25 y los 70 años, y nos topamos con una señora que nos confiesa que “mi hijo murió de cáncer hace unos años” y nos asegura la utilidad del evento: “para mi hijo es tarde, pero podemos ayudar a otras personas”. Curiosamente, ninguno de los asistentes con los que conversamos dona dinero a la causa aparte del que está dando hoy con el precio de su entrada.

Que empiece el baile

Unas copas después, subimos las imponentes escaleras del pasillo principal del Palacio y llegamos al gran salón. En uno de los extremos, una orquesta ameniza a los ricos y famosos que van sentándose en las mesas circulares dispuestas en el centro de la estancia. Un presentador con chaqueta de antelina verde y una presentadora adicta a las lentejuelas comienzan a presentar a las estrellas invitadas y al jurado. La gente “de la calle” se agolpa en las cuatro grandes puertas que dan acceso al salón: comienza el baile de obertura. Poco a poco todo el mundo parece ir encontrando su sitio: Sheffield explica a sus compañeros de mesa cómo conoció a su esposa, los bailarines buscan la sala de su estilo preferido y yo solo pienso en bajarme de los tacones a los que me he subido para la ocasión mientras intento calcular mentalmente el dinero recaudado y me pregunto el nivel del concienciación sobre el cáncer que este tipo de eventos despierta en la sociedad, habida cuenta de que la mayor parte de ella no puede afrontar el precio de sus entradas.

Algunos consejos pre- baile vienés:

- Si eres chica, jamás vayas de blanco. Es el color utilizado por las damas en el baile de obertura. Acata la norma. Este no es el mejor lugar para protestar contra el orden establecido.

- Si no sabes bailar, ponte rígido y disimula. Los pisotones son algo más común de lo que parece.

- No acudas sin pareja. Eso de sentarse en una silla esperando a que un apuesto caballero te invite a bailar es una leyenda.

Fotos: portada y texto © Bertrand Orsal