Bandas juveniles: Historia de la criminalidad en Londres

Artículo publicado el 1 de Marzo de 2016
Artículo publicado el 1 de Marzo de 2016

En Londres, el fenómeno de las baby gang o bandas de jóvenes vuelve a repuntar. Para descubrir este mundo, escondido tras el resplandor del London Bridge y los rótulos luminosos de Piccadilly Circus, Cafébabel ha visitado Brixton: Un barrio del sur de Londres de mayoría afrocaribeña. Hemos hablado con Tracey Sour Miller, la chica más peligrosa de Angell Town en los años 80.

"You can crush us, you can bruise us, but you'll have to answer to, oh, the guns of Brixton" ("Podéis aplastarnos, podéis herirnos, pero tendréis que responder a las pistolas de Brixton", ed.), cantaban los Clash en los años 70, cuando Brixton era un lugar prohibido para blancos sin antecedentes penales y la mafia jamaicana prosperaba a pasos de gigante. Era territorio de los Yardies, el sobrenombre de los jamaicanos llegados en masa en los años 50 desde West Kingston, Jamaica, y que vivían en los Governments Yards construidos por los británicos en la colonia.

La comunidad afrocaribeña es mayoría en Brixton, un barrio que también es conocido por los llamados Brixton riots, una serie de disturbios que han golpeado la zona en repetidas ocasiones –en 1981, 1985, 1995 y más recientemente en el 2011– y se han saldado con la muerte de un hombre de color, tras un tiroteo con la policía.

Podríamos hablar del lado oscuro del sueño inglés. En el oeste de Londres se encontraban los barrios más ricos y, más allá de los barrios obreros del East Ent, estaba el sur. Y luego estaba Brixton. Con el paso del tiempo, la gentrificación ha eliminado estas diferencias, en gran medida, aunque todavía no ha logrado resolver un gran problema de la sociedad de la zona: Las baby gangs, todavía muy extendidas y bien organizadas. En los años 80 eran los Younger 28s, los Junction Boys, los Peckham Boys y los Ghetto Boys. Hoy son los Muslim Boys, los Poverty Driven Children, los Guns and Shanks, los ABM (All 'Bout Money) y los TN1 (Tell No One).

Quienes forman parte de estos grupos son jóvenes, muy jóvenes, a menudo menores de edad. Se trata de ingleses nacidos en Londres, de orígenes multiculturales y provenientes de familias desfavorecidas. Cometen robos, acuchillamientos y tiroteos, y a menudo terminan en la cárcel. Los mueve la necesidad, la pobreza y el odio que se respira en sus hogares. Viven en un barrio ignorado por el Estado donde, cuando cae la noche, sus habitantes cierran las puertas de casa y es mejor ignorar lo que suceda de puertas para afuera.

La "carrera" en estas bandas juveniles empieza muy temprano, con 12 ó 13 años, con pequeños robos del valor de unas pocas libras esterlinas en supermercados. Y a menudo termina en la cárcel a los 16 años, con una acusación de robo a mano armada. ¿Quiénes son estos jóvenes? ¿Qué piden a la sociedad? ¿Y por qué el Estado británico parece ignorarlos?

Un día en Angell Town

Llego a Brixton en una tarde de invierno, fría y serena. Al salir de la estación de metro me encuentro en la calle principal, Brixton High Street. Abundan las tiendas de grandes cadenas, locales de comida rápida y supermercados. El mural dedicado a David Bowie es la atracción del momento. Me cruzo con muchos viandantes de raza negra, aunque también algún que otro blanco. Sin embargo mi meta es otra: Angell Town.

Cuando dejo atrás Brixton High Street, las calles están mucho menos abarrotadas, hay menos tiendas y ni rastro de blancos. Entro en el área residencial de Brixton. Las calles están prácticamente vacías, apenas algún grupo de jóvenes. Son las cinco de la tarde y empieza a oscurecer. Tomo Overton Road: He llegado. Angell Town es un complejo de viviendas de protección oficial que destaca por su inmensidad y decadencia. Me dirijo hacia lo que parece un verdadero “barrio dentro del barrio”: Un montón de casas rematadas con contrachapado, una al lado de otra, persianas bajadas. En el número 159 se encuentra el South Central Youth, un centro de ayuda para jóvenes absorbidos por la vorágine de la criminalidad. Ann Stockreiter, a la cabeza de esta organización, me cuenta cuál es su labor.

"A menudo soy yo quien va a su encuentro, otras veces son ellos quienes vienen a verme. Los veo en las comisarías, o incluso aquí, en el centro", me explica Ann. "Les proporcionamos apoyo psicológico pero también a nivel práctico, para que mejoren su estilo de vida. Les apoyamos en todos los ámbitos, sobre todo en la escuela o en el entorno familiar: Queremos que desarrollen su propia conciencia".

Ann se muestra tajante: "La situación de las bandas ha empeorado, en comparación con los años 80: Los grupos están mucho más fraccionados y por tanto son más numerosos. En la actualidad, Rock Block, 67s y Siru son los grupos principales, los que están mejor estructurados, y sus componentes tienen entre 12 y 19 años".

Vine con la idea de preguntarle hasta qué punto el Estado está presente en estas circunstancias. "Por desgracia el apoyo existente no basta: Hacen falta ayudas para financiar organizaciones como la nuestra, pero también una cierta conciencia de las necesidades reales de estos jóvenes". Pido a Ann que me cuente la historia de alguno de los jóvenes a los que han ayudado a salir de las bandas: "Joshua dejó de ir al colegio porque sufría abuso verbal y físico por parte de sus compañeros. Empezó a delinquir, a traficar con droga y a meterse en líos. Con nuestro apoyo, retomó sus estudios, se licenció en física y química y ahora presta su ayuda en países en vías de desarollo".

Una visión desde dentro

¿Qué empuja a estos jóvenes a entrar en un grupo criminal? He tenido la oportunidad de entrevistar a Tracey Miller, o Sour (amarga, áspera), como se hacía llamar en los años 80, cuando era la chica más peligrosa de Angell Town. Con tan solo 15 años entró a formar parte de la temida banda de los Younger 28s. Ha robado, ha acuchillado, ha traficado con drogas y ha estado en la cárcel. Me ha contado su historia, la cruda verdad detrás de sus acciones.

Tracey nació en Jamaica y desembarcó en Angell Town junto a su madre, cuando tenía 10 años. Las condiciones de vida en las que vivía no presagiaban el mejor avenir: Padre en la cárcel, sucesión de padrastros, madre esquizofrénica y pobreza en casa. "Cuando mi madre sufría uno de sus ataques y la llevaban a un centro de ayuda, sacaba un cuchillo de cocina para defenderse. Su comportamiento me parecía normal y he crecido desilusionada. Uno de mis padrastros era pedófilo: Salía del baño mostrándome su erección con la lengua fuera. Al poco tiempo empecé a esconder un cuchillo bajo mi almohada, con la intención de usarlo si intentaba tocarme. Desde aquel momento llevaba un cuchillo conmigo a todas partes y una cosa llevó a la otra".

"Suena absurdo, pero en la cárcel me sentía segura, protegida. No debía preocuparme de mi madre y de sus cambios de humor, de mi padrastro, de las malas compañías fuera de casa; en la cárcel podía ser yo misma, sin máscaras o armaduras", relata Tracey. "¿Había alguna escapatoria? Siempre la hay. En el fondo, sabía que lo que hacía no estaba bien. ¿Cuál fue mi salvación? Quedarme embarazada a los 18 años. Mi hija me ha hecho ser una persona mejor. Mis hijas son mi contribución a la sociedad".

Tracey vive en Brixton con sus dos hijas, que conocen bien el pasado de su madre. Ha escrito un libro sobre su historia y ha lanzado la campaña One Minute in Maycon el fin de sensibilizar a la población sobre la plaga de las bandas juveniles y para apoyar a las familias de aquellos que cada año son víctimas a manos de pistolas y cuchillos en Brixton. 

El proyecto One Minute in May.

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Texto de Vittoria Caron. Fotos de Valentina Calà.

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Este artículo forma parte de la serie de reportajes EUtoo 2015, un proyecto que busca contar la desilusión de los jóvenes europeos, financiado por la Comisión Europea.