Batman en una aldea de Portugal

Artículo publicado el 26 de Marzo de 2008
Artículo publicado el 26 de Marzo de 2008
Las condiciones de vida en São Pedro do Sul, al norte de Portugal no han cambiado en siglos. Sin embargo, el mundo moderno irrumpe en el día a día, al mismo tiempo que las nuevas generaciones abandonan el lugar.

Foto: Monsanto (sukkulaati/flickr)

La casas de pizarra de Covas do Monte se arrinconan en el valle, entre las verdes faldas de la montaña y los peñones, calentándose mutuamente como intentando burlar al frío viento. El silencio reina en este lugar. De pronto, un metálico estruendo penentra por los aires. En los callejones se pueden escuhcar hits latinos. Un gato semidormido se desliza sobre el pelaje marrón de la cabra que hasta entonces le sirvió de cama. El camión que una vez por semana trae los alimentos al lugar acaba de llegar e intenta atraer la atención de los habitantes con la radio a todo volumen.

Este no es el único evento inusual: Covas do Monte tiene visitas. Un grupo de jóvenes italianos, alemanes, búlgaros y belgas se habre paso con dificultad por entre los muros de pizarra. Pertencen a un movimiento juvenil con el que pasarán una semana en Portugal, y en el itinerario de hoy se encuentra la visita al pueblo en el que todo se vé -y además funciona- como hace 300 años. Casi todo. Todas las mañanas pastorean 58 vecinos las 2.500 cabras hacia la cumbre de la montaña. El resto se encarga de cultivar la tierra y los huertos del pueblo. Con las ganancias, sobre todo las provenientes de la venta de las crías y de los frutos, se adquiere lo que la tierra no ofrece.

Internet en el corral

50 años de tecnología, digitalización y, sobre todo, de la integración del planeta a la Red han dejado su huella: una cabra adorna el letrero del Espaço Internet que se encuentra a la entrada del corral. La que antes fuera la escuela es ahora una mezcla de salón de televisión, bar y plaza del pueblo. Allí, y en todo el resto del pueblo, se pueden observar pegatinas de Batman. "Seguramente vive aquí", comenta el guía sin dar señas de que está bromeando.

Los jóvenes –al hilo de la leyenda- tocan a las puertas solicitando verduras y pan, pudiendo de esta manera ver el interior de los hogares. En una casa hay un microondas, una chimenea de gas y baldosas blancas en la diáfana cocina. Muy diferente es la situación de una choza, cuya visita le recuerda a Alberto Cardera de Lisboa a su niñez en Namibia: "Yo también conozco este tipo de viviendas de cuando estuve de voluntario en Guatemala", comenta Almut Momsen, de Hamburgo. Sin embargo, lo que ninguno de los dos esperaba es que esto siga existiendo en Europa. Se nota que la cocina fue amueblada según la necesidad. Las paredes de piedra absorven la humedad del suelo de barro. La señora les muestra su vivienda, incluso su dormitorio, en el que la cama apenas cuenta con un colchón de metro y medio donde sólo caben dos personas muy delgadas o muy enamoradas. Su marido calla y observa a los visitantes con recelo.

De ida y regreso a París

Nuestra aldea portuguesa (..joli.../flickr)

Más comunicativa se muestra la pareja de vecinos que ha pasado toda la tarde sentada a la entrada del Restaurante. Cuenta de su primer y único viaje hacia el lejano e inmenso mundo que él no quería pelear en la guerra del dictador Salazar, por lo que huyó a pié atravesando las montañas hasta París haciendo autoestop. Ella, su amada, que vivía en el pueblo vecino, le siguió. Pero a él le invadió la nostalgia. La vida en París trabajando y cobrando por horas era muy dura, así que decidieron cambiar la vista del Pont Neuf y el Sacré Coeur por la de los prados verdes de Covas do Monte. Sus rostros marcados por la vejez, de ojos vivos e inquietos muestran un pacífico contento.

Se sienten satisfechos aunque la vida no siempre haya sido fácil. Opinan que hay muchos celos, mucha envidia desde que unos tienen más que otros y todos menos que la gente en las ciudades, sobre todo menos que en el resto de Europa. La mirada se les pierde al ver las casas situadas sobre la cuesta y que se diferencian de manera grotesca de las que se encuentran en el valle. Los hijos de esas casas se han marchado a Lisboa a estudiar y vuelven sólo de visita. Los seis jovenes que aún quedan en el pueblo saben que en otros lugares se vive mejor que sobre el suelo de barro. Allí mismo donde sólo un escaparate los separa del iPod, con el que los hits latinos suenan mejor.

La música en Covas do Monte ha cesado por hoy. El mercado sobre ruedas ha desaprecido en la oscuridad. El único ruido y la única luz provienen de la antigua escuela donde esta noche 36 jóvenes europeos remojan el pan de maíz en la sopa y sorben un vino casi sin añejar, aún burbujeante, mientras que un viejo habitante mira sin parpadear la televisión

Incluso los visitantes irradian la felicidad de los habitantes, aunque están más callados que nunca. Quizá, la siguiente vez que visiten Covas do Monte sólo una pegatina de Batman les recuerde que allí convivieron una vez cabras y hombres, hasta el día que Batman decidio llegar al pueblo.

Foto página de inicio: (Norwegen)/flickr