Bélgica: elecciones en blanco y negro

Artículo publicado el 8 de Octubre de 2006
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Artículo publicado el 8 de Octubre de 2006

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Sólo el 15,7% de los extracomunitarios se habían inscrito en el censo electoral belga para las elecciones de ayer, 8 de octubre.

“¡Toas maneras son tos unos ladrones!”. Manuel, de 27 años, no tiene buena opinión de los candidatos en las municipales belgas, cuyos retocados rostros están en todas las vitrinas comerciales. ¿Programa, programa, programa?: sonrisas forzadas y eslóganes manidos. En el barrio mestizo de la estación del Midi, muchos de estos candidatos son de origen inmigrante. Por parte de los partidos políticos es un modo de ligarse al 25% de votantes extranjeros censados en Bruselas. La estrategia, no obstante, tiene sus límites: “No me gusta votar a extranjeros”, dice Saïd, un marroquí de 23 años. “Cuando el que se presenta es uno de tu país, es incluso peor que los otros.”

Dos años después de la ley sobre el derecho de voto de los extranjeros, aprobada en febrero de 2004, los resultados no han estado a la altura de los agrios debates que pusieron en dificultades al Primer ministro Guy Verhofstadt y a su partido, el VLD, [derecha liberal flamenca]. La tasa de inscripción de extranjeros no europeos no ha superado el 15,7% en el conjnto del territorio belga. La región de Bruselas capital, está en segunda posición detrás Valonia: 6.622 extracomunitarios inscritos de 42.298 electores potenciales. Para participar en la elección, una condición de fondo había sido impuesta por las autoridades: tener residencia legal en suelo belga desde al menos cinco años.

“Las decenas de miles de extranjeros recientemente nacionalizados, las personas de edad avanzada, los que han llegado hace poco en el marco del reagrupamiento familiar o provenientes de países de nueva emigración como Irán, no han votado. Hace falta tiempo para que cale la cultura democrática en una población determinada”, trata de justificar Henri Goldman, especialista en migraciones en el centro Centro para la Igualdad de oportunidades y la lucha contra el racismo. Antes de relativizar, preguntándose: “¿Cuántos belgas se hubieran desplazado a votar si aquí el voto no fuera obligatorio?” Y es que en este país de la pica en Flandes no se andan con chiquitas con la abstención: una vez inscrito en el censo, no votar comporta una multa. Suficiente para calmar los ánimos protestatarios de muchos. Goldman resume: “Aunque la proporción de inscritos extranjeros es decepcionante, varía en función de las iniciativas municipales”.

Papeleo migratorio

Los puestos multicolores del mercado de los domingos invaden la plaza de la iglesia románica de Saint-Gilles: ofertas ruidosas y efluvios de pollo al horno tratan de tentar a la alegre muchedumbre aglutinada sobre el asfalto. En este barrio de la aglomeración bruselense en el que cerca de la mitad de sus 44.000 habitantes es de origen extranjero, la cosa ha ido mejor: el 20% de los residentes inmigrantes se han inscrito en el censo. En oficina repleta de paneles y expedientes, Lionel Kesenne, el asistente del teniente de alcalde responsable del área de Estado Civil, no se corta a la hora de presumir del método usado por la administración local: “A cada potencial elector deseoso de inscribirse se le ha enviado un formulario, sin contar los carteles explicativos y los manuales repartidos con las modalidades de voto y la información t6ransmitida a través del tejido asociativo”.

Sin embargo, algunos mediadores sociales se aprestan en señalar la mala preparación de esta campaña de sensibilización: “Convertirse en ciudadano cuando se es un asistido no significa nada”, suelta Anissa Benabi, de 36 años y animadora de cursos de alfabetización para la asociación local Le Carria. “Algunas personas nunca han votado en su país de origen y otras no ha comprendido las reglas de inscripción, que so bastante pesadas.” Leila, una argelina que vive en Bruselas desde hace seis años, confiesa haber “recibido los papeles de la Administración durante las vacaciones de verano, pero yo no estaba en casa”. Las listas electorales se clausuraron el 31 de julio.

Tal ausencia de organización, la petulante Myriam Mottard, Secretaria General del CNAPD (Coordinación nacional de acción por la paz y la democracia) -una plataforma que agrupa a diversas asociaciones de la región de Bruselas- lo lamenta. “La campaña de sensibilización no arrancó en realidad hasta un mes después de la adopción de una enmienda de última hora que enmarcaba el derecho de sufragio de los extranjeros residentes en el país. Sin esta modificación, la ley de 2004 hubiera podido aplicarse incluso a los sin papeles.” Mottard critica además un obstáculo suplementario para la inscripción de extranjeros: la obligación de firmar la Convención universal de Derechos Humanos y la Constitución belga. “Es una medida discriminatoria y estúpida”, clama Mottard. “Cada persona que viva en Bélgica debe respetar la ley.”

Desinterés y discriminación

Victoria Videgain Santiago, de 50 años, constata todos os días cómo se saltan a la torera la legislación en el barrio de Saint-Gilles: mujeres golpeadas por sus parejas o los sin vivienda desfilando ante los juzgados de proximidad que ella misma anima desde 1999. Sentada en una terraza de un café, esta jurista de ojos verdes y de origen chileno, detalla los motivos de su candidatura a las municipales con los socialistas. “Vivir la dictadura de Pinochet y escapar de ella me hace apreciar la democracia y me incita a implicarme en la vida pública”, nos explica entre efusivos apretones de mano a los transeuntes. “Por mi experiencia, sé lo que significa ser una mujer inmigrante.” Videgain Santiago considera “esperanzador” el número de electores extranjeros inscritos, toda vez que nos pone sobre aviso contra un “desinterés político generalizado. No sólo entre los inmigrantes, sino también entre los jóvenes que piensan que la política no cambia nada.”

Otros desganados son los comunitarios a los que la ciudadanía europea les otorga desde 1998, el derecho de voto en las municipales. En Saint-Gilles, sólo el 17% de ellos se había inscrito en el censo electoral. ¿Clandestinos de lujo? “Los europeos en Bruselas son más bien expatriados, antes que ciudadanos”, apunta Mottard. “El voto es el arma del pobre”, avanza Goldman. “¿Qué necesidad tienen de votar los que detentan el poder económico y trabajan para las instituciones europeas, en su burbuja dorada?”

Mientras esta débil participación de los extracomunitarios da argumentos a los ultraderechistas del Vlaams Belang, son las razones del conjunto de la clase política belga las que están en tela de juicio. “Yo creo que este rsultado le viene bien a todos los palos políticos”, nos desliza Anissa Benabi. “Ningún partido ha hecho campaña a favor del voto extracomunitario; cada uno se ha limitado a acatar la ley. ¡Y eso que urge concienciar a la gente!”