Belgistan fanfarronean "en un universo sin límites"

Artículo publicado el 27 de Mayo de 2010
Artículo publicado el 27 de Mayo de 2010
Desde 2001, la fanfarria de Belgistan hace bailar a las chicas con ritmos balcánicos endiablados. Y los siguen con gusto. Nos encontramos con Tom y sus siete acólitos belga-franco-marroquí-islandeses, pero antes que nada “belguistaneses”

El Belgistan, “nacido de un grupo de colegas”, es un país situado “en el centro del Universo” en los confines de Europa del Este, de Oriente, del Norte de África y de la canción francesa. Ninguna guía habla de él. Desde hace nueve años, solo se puede acceder a estas regiones por vía auditiva. Ahí viven siete músicos y un ingeniero de sonido que “no están nunca de acuerdo, salvo en escena”. “¡Belgistan libre!”: el lema del país hace referencia tanto a la libertad musical como a la geográfica. De hecho, mejor no hablarle de fronteras a Tom. “Eso no son más que gilipolleces”, se molesta el franco-islandés del grupo. “Todos somos seres humanos. La diversidad es una riqueza”. Así que el país sigue sus andaduras por el mundo, representado por la banda de despreocupados, con sus instrumentos al hombro.

“Un lenguaje que se exporta bien”

Esa noche, antes del inicio del concierto, cenan en el cálido ambiente del estudio del Ermitage, en el barrio de Belleville. “Un lugar acogedor y familiar, lo cual es raro de encontrar en París”. Musiques et danses du Belgistan es el último CD que ha salido a la venta con sus propias composiciones. Sin palabras: “Después de dar rodeos musicales con Les Ogres de Barback o Néry, volvemos a las fuentes.” El lenguaje universal de Belgistan “se exporta bien”, a pesar de las disonancias que sorprenden a los oídos poco preparados. A menudo definidos como una fanfarria de instrumentos de cobre y percusión, el abuso del lenguaje es minimalista. En escena, tres instrumentos de viento, que resuenan y emiten graznidos: saxofón soprano, alto y barítono. La base rítmica la forman un majestuoso sousafón, un tambor pequeño con platillo llamado tapan y una darbuka, instrumento de percusión africana. Y para rematar, una trompeta. Las influencias variadas las sacan del repertorio balcánico, tan utilizado desde el año 2000. “Seguimos la ruta de los gitanos, que tienen una tradición de mezcla, asimilación y copia” desde los sonidos más festivos a los más melancólicos, indica Tom. “Una corriente que no duda en escuchar la banda sonora de James Bond”.

Conciertos “en trance”

Tras un bufete frío donde todos picotean, van a fumarse un cigarrillo delante de la sala. Se sientan en una barandilla, sin artificios. En total, 48 conciertos desde el 1 de julio al 16 de agosto de 2009. Entre Italia, España, Canadá y  Estados Unidos, Belgistan ha trazado su camino con un ritmo desenfrenado. “Al final de la gira, dormía cuatro horas al día”, recuerda Tom. “No comemos, pero tenemos energía que va más allá del cansancio”. Uno de sus amigos deja caer que Tom ya se ha desmayado en el escenario. En privado, el saxofonista explica su interés por el “trans” de un pueblo marroquí. Y en efecto, lo dan todo en escena. Sin dárselas, pero con una riqueza musical que no llega a agotarse.

Desde el verano, Tom ha detenido su paso por San Francisco, uno de los pocos sitios donde se han quedado el tiempo suficiente como para impregnarse del lugar. “En Estados Unidos, los que deciden lanzarse a desarrollar un proyecto musical se van a extremos a los que la cultura subvencionada no llega”. Tom no duda en mencionar su estado “privilegiado” de trabajador discontinuo belga. “Un estatus que nos da la oportunidad de tener una calidad de vida confortable”. Sin embargo, tiene la impresión de no depender de “los 1.000 euros al mes que tiene de por vida” que le proporciona su estatus. De vez en cuando, hay que hacer un trabajo que te dé de comer, “actuaciones menos excitantes que las de irse de viaje”. Si no están montados en el dólar, se ponen a crear sonido para ellos. “Nuestra música es un elección de vida para tener bien la cabeza”. Desde 2001, los fanfarrones no paran quietos, como si les hubiera picado el virus del viaje . Sus instrumentos no son más que un pretexto. “Cuando llegamos a un país, vamos a intercambiar música, lejos del turista que da dinero para comprar un recuerdo que se mete en la maleta”, describe con aversión.

El golpe se lo llevan cuando regresan a Bruselas y retoman el día a día. “Sin embargo, volver a la rutina es esencial para no volverse loco”, añade David, el trompetista. “De gira, desconectamos. Es agradable esa parte infantil. No tenemos que pensar en la última factura que hay que pagar...” Nada más llegar, Tom y sus colegas esperan volver a irse y se embarcan en proyectos paralelos. ¿Sus grupos de referencia? Desde Radiohead a Duke Ellington pasando por el saxofonista nigeriano Fela Kuti. Aquí tampoco hay límite.

Fotos: myspace.com/belgistan