Berlín, el rompiente de las nostalgias

Artículo publicado el 29 de Agosto de 2007
Artículo publicado el 29 de Agosto de 2007
La muerte y el renacimiento de dos iconos de la ciudad evidencian el choque de nostalgias que caracteriza a Alemania.

En uno de los pocos descansos que las nubes otorgan a los turistas, un grupo de chinos posa para las clásicas fotos de viaje en el antiguo Berlín Este. A los pies de la estatua de Karl Marx y Friederich Engels, en el jardín entre el Ayuntamiento y la Karl Liebneck Straße, el fotógrafo prueba toda clase de posturas mientras gesticula amohinado. No está satisfecho con el encuadre de la foto: no hay manera de esconder la imagen fantasmagórica de un gigantesco edificio que surge, cadavérico, por detrás de los dos históricos comunistas. Es el Palacio de la República, la antigua sede de la cámara de representantes de la extinta República Democrática de Alemania, el régimen comunista vasallo de la Unión Soviética hasta 1989.

Inaugurado en 1976 por el dictador Erich Honnecker sobre las ruinas del histórico Stadtschloss –el castillo de los emperadores de Prusia-, “no sólo albergaba un parlamento, sino también una sala de conciertos, un teatro, restaurantes, espacios de exposición y cafeterías de libre acceso para todos los ciudadanos. Un verdadero lugar de encuentro”, refiere Alexander Schug, historiador alemán de 33 años. Formaba, con la omnipresente torre de comunicaciones de 300 metros de altura levantada al otro lado de este jardín, un conjunto imponente y retador destinado a proyectar al mundo la imagen de modernidad y desarrollo de la que presumía el régimen marxista alemán. Reunía todos los lujos de la vanguardia arquitectónica y el diseño interiorista de los setenta. Pero también el germen de un cáncer difícil de erradicar: el amianto, un material aislante cancerígeno.

Como tiburones sobre una presa

“Estoy seguro de que en 2017 estaremos abriendo al público el nuevo Castillo de los Emperadores de Prusia”, afirma sin pestañear y con aire mesiánico, Lür Waldmann. A sus 52 años, este abogado alemán prototípico –Odín alto, rubio, ojos azules, fornido, el gesto contenido, como salido del mito de las Valquirias-, promueve la total reconstrucción del Castillo de los emperadores en Berlín cuando se termine de desguazar el Palacio de la República. En abril de 2003 el parlamento federal aprobó los trabajos de desamianto y desmontaje del mismo. Entretanto, han surgido proyectos de toda clase para reutilizar el terreno que quedará.

Uno de ellos es Wir bauen das Schloss (“Construimos el castillo”), de Waldmann y un inversor privado cuyo nombre no quiere dar a conocer y “que aportaría 500 millones de euros para reconstruir una réplica idéntica del castillo –Schloss pur, “el castillo en su pureza”, reza uno de sus folletos-. Todo con intención de insertar en él una galería de tiendas, un hotel, restaurantes y las estancias de los emperadores prusianos abiertas a la visita turística”. Muy puro, muy puro tampoco es. Antes, el Estado debe permitirle comprar el terreno y concederle la licencia para semejante iniciativa de naturaleza puramente comercial. “El proyecto se autofinanciaría y el Estado se ahorraría mucho dinero”, argumenta Waldmann, “pero por ahora parlamentarios de todos los partidos me dicen que no está en venta”, comenta. De momento, privatización abortada.

Y es que la administración alemana no es pobre y el Parlamento federal aprobará con toda probabilidad en septiembre una partida de 480 millones de euros para la realización de su proyecto (de los que 32 millones saldrán de las arcas del Estado ferderado de Berlín): la construcción del Humboldt Forum, un museo dedicado a la divulgación urbi et orbe de la obra científica de los hermanos Humboldt. En este caso, sólo la fachada principal del antiguo castillo se reconstruiría y el dinero para ello –otros 80 millones de euros- los está recolectando entre donantes particulares otra asociación: la Förderverein Berliner Schloss (Asociación de Apoyo al Castillo de Berlín), gracias a su promotor, Wilhelm von Boddin, un adinerado comerciante de Hamburgo. “Nosotros no nos oponemos a este proyecto”, aclara Waldmann, “pero pensamos que no hace falta tanto espacio para unas cuantas máscaras traídas de África o de Japón que también se pueden ver en París u otras ciudades europeas”.

La nostalgia como arma arrojadiza

A menudo se tacha de nostálgicos a quienes desean conservar los símbolos y lugares del régimen comunista. Esto le sucede a la asociación de jóvenes arquitectos berlineses autodenominados “salvadores del Palacio” o Palastrettern, quienes quieren “superar la disputa ideológica de si Palast o Castillo” y critican el coste descomunal de los proyectos privados y públicos del nuevo castillo (unos 800 millones de euros), proponiendo conservar el Palast por motivos de utilidad práctica: como edificio multiusos. “¿No podemos permitirnos una orquesta sinfónica, y sí un castillo?”, se preguntan. “Cuando terminen de desmontar el Palast lo que quedará será un terreno baldío abandonado”, lamentan.

“Los del castillo son todos una panda de fascistas”, afirma, el cigarrillo bailándole en los labios, Hannes, en la cocina de uno de sus amigos, en el número 42 de Oppelner Straße, el corazón de Kreuzberg, barrio bohemio por excelencia de la capital germana. Es la opinión de un estudiante de Ciencias Políticas con cierto deje de hijo de papá. Una opinión ante la que “como historiador”, explica Shug, “debo ser neutral, pues mi trabajo es de recensión histórica. Lo que lamento es la pérdida de un patrimonio arquitectónico a favor de un palacio prusiano en medio de la ciudad, con todas las reminiscencias militaristas que trae consigo”. Schug, junto con sus alumnos de Historia de la Universidad Humboldt, Arne y Jan, han montado durante todo el mes de agosto una exposición en el Museo de Prenzlauerberg sobre la Historia del Palast der Republik. Desean elaborar “un archivo histórico del edificio”.

¿El único emperador?, el turismo

Entonces, ¿qué motivos hay tras la reconstrucción del viejo Castillo? “Si me paseo por Berlín encontraré muchos edificios modernos. En cinco minutos sabré cómo están construidos”, retoma Waldmann, “sin embargo, me podré tirar horas observando el castillo sin aburrirme, lo mismo que me pasa con Versailles”. Por paradójico que parezca, Waldmann no se siente un nostálgico de nada. Frank Freiherr von Coburg es responsable de comunicación de la asociación Construimos el castillo y se explica tajantemente: “Esto no tiene nada que ver con reyes y emperadores. Es para atraer a más turistas”. Una aseveración corroborada por Daniela Urbschat, reputada fotógrafa artística de Berlín por cuyo estudio han pasado personalidades como la reina Noor de Jordania o el rey Juan Carlos I de España: “Como asociada a la iniciativa de Waldmann, mi compromiso es por la mejora de la ciudad y para que se hable más de ella”.

Quienes deseen conocer lo que fue el Palast der Republik se tendrán que conformar con el museo de la RDA. No es poco. ¿Alguien se imagina un museo del Franquismo en la Plaza de Colón de Madrid?

Foto Estatua de Marx & Engels en el centro de Berlín, Fernando Navarro; Foto Palast der Republik y Turm: Jonas/Flickr); Foto Lür Waldman, Fernando Navarro; Foto panorámica del Berlín antiguo con el Palacio de los Emperadores, Fernando Navarro; Foto Desmantelando el Palast der Republik, Fernando Navarro