Berlín se pone caliente

Artículo publicado el 27 de Agosto de 2010
Artículo publicado el 27 de Agosto de 2010
La capital alemana te ama. Es una ciudad joven que no se avergüenza de su exuberancia. Un italiano pasea por la calles y entra en los locales de una urbe que no duerme, curioseando en su alma de ‘luces rojas’. Lejos del ‘gueto del sexo’ de Ámsterdam y de la hipocresía de su país natal, camina entre los cuerpos desnudos de aquellos que no viven la sexualidad como un tabú

Un cartel dice que la bañera de hidromasaje solo tiene capacidad para seis personas como máximo, sin embargo,  estamos tres y apenas hay espacio. En caso de que estuviéramos seis, tendríamos que estar acurrucados y el relax posterior de las burbujitas nos freiría. Estoy inmerso en este jacuzzi con dos alemanes que cantan Azzurro, de Celentano. Piensan que me hacen un favor. La verdad es que no me molesta, estoy de buen humor y en el fondo también estoy cantando. Mis compañeros improvisados son un tío pelado lleno de tatuajes y una rubia que de vez en cuando le da un sorbo a su cóctel. Poco antes, la chica estaba en un colchón rojo de plástico gritando “Geil! Geil!” (‘¡Caliente, caliente!’) A sus espaldas había una fila de personas esperando tener un rato de lujuria con ella y, delante, una señorita que se dedica a darle placer oral. Es un miércoles berlinés y estoy en el club Swingeroase Zwiespalt.

Sich entspanne=relajarse

Por 70 euros, puedes disfrutar de un pase de 12 horas (desde las 9 hasta las 21 horas) y de todas aquellas mujeres que entren acompañando a sus respectivos hombres; después hay sauna, hidromasaje, masaje, ducha, buffet, consumición ilimitada de bebidas no alcohólicas-alcohólicas-súperalcohólicas. Todo incluido. Se incluye también la toalla como única vestimenta, un par de zapatillas, el armario personal y los preservativos. Para mí, que soy italiano, todo esto puedo imaginarlo solo como una de aquellas cosas de súper lujo que hacen nuestros políticos a precios de infinitos ceros. Sin embargo, Swingeroase Zwiespalt está aquí en Berlín, a unos cientos de metros a pie de la Hermanstrasse, la última parada del U8. La línea de metro azul sobre el mapa de la ciudad.

Que soy italiano se ve a una legua, siempre estoy volviéndome para ver las mujeres desnudas que están a ojo, una cosa que no se debe hacer. Por lo menos, en la barra del bar, en la sauna o en el hidromasaje: zonas francas, donde se habla, se bebe y nada más. Creo que es como aquello que los naturistas llaman “purificar la mente”: estar juntos desnudos sin tener pensamientos extraños. Una cosa que me resulta un poco rara, porque de donde yo vengo los nudistas se toleran igual que una espinilla: la soportas si no hay más remedio pero, si puedes, haces que desaparezca.

“Estamos aquí para relajarnos”, me dice la rubia usando el verbo entspannen de una forma que soy incapaz de repetir y preguntándome “alles gut?”. Y es que estoy en la bañera con cara de besugo. “¿En Italia no hay nada de esto?”, me pregunta. En un segundo me vienen a la cabeza un millón de respuestas, pero solamente esbozo un “nein” antes de acabar cantando Azzurro.

U-Bahn 8

La línea de metro U-Bahn 8 recorre Berlín de norte a sur, desde el barrio Wittenau hasta Hermanstrasse, separados por 45 minutos de viaje. Sólo en el barrio central de Mitte hasta el profundo sur, digamos a medio viaje, cabe la posibilidad de entrar en burdeles y clubs de todo tipo. Se puede encontrar desde el Tiffany, una de las casas de citas más conocidas de Berlín, hasta el Mondschein, un ‘frivole bar’ o lugar de striptease donde, desde las 12 hasta las 18 horas, es posible conseguir por 35 euros un pase diario, bueno para la hora del almuerzo o para después del trabajo, tal y como se explica en la página web, y relajarse con cuatro o cinco chicas sólo para ti.

"¿Pero es que en Italia todo esto no existe?", me preguntan siempre. Y me quedo callado. “¡Claro, porque en vuestro país está el Papa!", continúan. "Sí, no se puede", exhalo siempre. "¡Sin embargo, vuestros políticos, con todos esos escándalos sexuales!", insisten todos. "Es que hace falta llegar a cierto nivel antes de permitirse ciertas cosas, no todos pueden", me atropello a responder. Siempre son las mismas preguntas, esté donde esté. Vayas donde vayas, te encuentras las usuales discusiones entre alemanes y el resto de europeos, que intentan trazar las diferencias entre los correspondientes países: en Francia hay algo, pero es muy caro; en el Reino Unido, igual; en Italia, "se puede, pero no se debe y, quizá, no se puede tampoco". Suecia es aún más restrictivo: "está prohibido y todo se hace de manera encubierta", me dijo una vez un sueco moviendo la cabeza y con un tono que no dejaba presagiar nada bueno.

El barrio rojo no está aquí

Que en Berlín el sexo no es un tema tabú, lo sabemos de sobra. Aunque la ciudad no tiene la fama de Ámsterdam o de otras capitales en el este de Europa, en el mapa de la gran mayoría de los turistas priman, además de restaurantes y tiendas, las casas de citas. Y luego está el tío al que entrevistan en la Lonely Planet, un experto en vida mundana que, guiñando un ojo, dice que tener sexo es, como poco, facilísimo.

Dicho esto, paseando por la calle no se nota nada. No hay ninguna señal ni un neón relampagueante en la noche, nada; sólo las prostitutas en Mitte, a lo largo de las céntricas calles Rosenthaler Str., Hackescher Markt y Oranienburger Str. Envueltas en sus trajes de piel, parecen salidas del barrio rojo de la película Sin City, firmemente decididas a desplumar a todos los turistas que pasen cerca de sus botas y corsés.

Aparte de este espectáculo creado para el consumismo sexual de masa, el resto de la oferta se distribuye por la ciudad para uso casi exclusivo para los residentes o para los que sepan lo que están buscando. Si, por ejemplo, leéis Siegesäule, una revista de cultura lésbica y gay, encontraréis un mapa con puntos rojos que señalan los lugares más calientes. Hay un número exagerado y están distribuidos por toda la ciudad. Ningún barrio o gueto del sexo: Berlín es joven y no se avergüenza de su exuberancia. Berlín liebt dich.

Fotografías: jimbus.org/flickr; rubenwojtecki/flickr; A. Fontalive./flickr; dev null/flickr