Bijay Dantani: mi vida en Freak Street

Artículo publicado el 10 de Enero de 2014
Artículo publicado el 10 de Enero de 2014

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Kathmandú es un lugar precioso, pero ¿cómo es la vida en Freak Street? Bijay Dantani, cuya familia se mudó de Gujarat a la capital nepalesa hace mucho, conoce cada rincón del viejo casco histórico de Kathmandú. Entre puestos de chai, sastrerías y motos, la vida del joven no siempre resulta fácil, pero a veces es sorprendentemente poética. Un día de templos, callejones y cines.

Los días de primavera son cortos en Freak Street. A eso de las diez de la noche hasta los vendedores más dedicados ya hace un buen rato que han cerrado las tiendas y solo los gatos callejeros merodean por los edificios de piedra desmoronados con sus intricados tejados de madera de dos aguas. Sin embargo, a las 7 de la mañana te costará algo más encontrar un puesto de chai abierto. Los apagones ocurren con frecuencia por las mañanas y a última hora de la tarde, e incluso más entre medias. Mientras saboreo un chai caliente humeante en una esquina, esperando a que aparezca Bijay, unos pocos vendedores empiezan a abrir las puertas de sus negocios lentamente. Aquí encontrarás de todo: fastuosas fundas de cojines al estilo de Rayastán, monederos nepalíes, coloridos accesorios para los aficionados a la marihuana y la ocasional estatua de Shiva polvorienta. En conclusión, cualquier cosa que guste a los turistas occidentales que se hospedan en esta callejuela serpenteante de la vieja ciudad de Kathmandú. En los años 70, Freak Street era una importante parada de la ruta del opio para hippies y marginados, pero hoy en día todo ha vuelto a la normalidad.  

“Vamos a tomar otro chai, ¿vale?” Justo cuando había abandonado toda esperanza de verle, Bijay se acerca paseando sin prisa, se sienta en un taburete de plástico a mi lado y pide un té. A los días en Freak Street les cuesta arrancar. “Mi familia es oriunda de Santhal en Guyarat. Está cerca de Ahmedabad”, me dice Bijay entre sorbo y sorbo de chai. Pero ahora sus padres, sus seis hermanos con sus respectivas familias y él llevan muchos años viviendo en Nepal. Su padre es dueño de una pequeña tienda en Freak Street que vende pañuelos, bolsos y otros chismes a los turistas. “Es ese extraño estilo pseudo-rayastaní que tanto le gusta a los extranjeros.” Bijay se ríe. Él mismo es aprendiz de sastre, lo cual le proporciona unos ingresos de unas 6000 rupias nepalíes (unos 44 euros) al mes. Esto no es necesariamente su primera opción, pero se alegra de haber encontrado algo. ¿Cuánto está uno dispuesto a hacer por su familia?

Antes de que pueda contestar mi pregunta, Bijay sale por una pequeña ventana a ras de suelo que da a un callejón oscuro. Tras abrirnos paso por las tinieblas, nos encontramos en un pequeño patio interior delante de un templo hindú con forma de pagoda. “Los newar, los habitantes originales del valle de Kathmandú, inventaron la estructura de este tejado y la exportaron a países tan lejanos como China.” Mientras un sacerdote anciano desfila por el templo con una  lamparilla de aceite en la mano celebrando la pooja, un rito de oración hindú, nosotros nos sentamos en un pequeño banco, saboreando un pegajoso helado de limón y frutos secos. Justo cuando el patio es anegado por una ola musical de gongs y campanas, empieza a lloviznar y Bijay menciona que él no es muy religioso al fin y al cabo. “¿Te apetece ir al cine?”

A mediodía, la mayoría de los asientos de los multicines que hay a la vuelta de la esquina están vacíos. De camino, pasamos a buscar a las hermanas de Bijay: Poonam y Rajani, que también querían ver el thriller de acción Aurangzeb (2013), con el actor de Bollywood Arjun Kapoor. Mientras subimos las escaleras mecánicas que conducen a la segunda planta, las chicas se ríen y se agarran fuerte: las cintas transportadoras y las grandes salas de cine son una novedad para ellas. Mientras Kapoor recorre Gurgaon en coches de lujo abatiendo policías corruptos en esta adaptación moderna de la vida del emperador mogol Aurangzeb (1618-1707), las hermanas de Bijay no dejan de reírse ni durante las escenas más violentas y sangrientas, haciendo ruido con las bolsas de palomitas. “¡Jaja! ¡Es tan estúpido!” Bijay se está divirtiendo de lo lindo, y eso que no le gustan mucho las películas de Bollywood. Puede que a veces parezca un tanto misántropo, pero probablemente sería más correcto decir que prefiere ser serio. “Yo soy así. No me gusta todo ese alboroto superficial que rodea Freak Street.” 

De vuelta en el callejón serpenteante, Bijay me explica sus lazos familiares. Mientras que muchos idiomas europeos no diferencian entre los parientes por parte de madre o padre, tales distinciones son de suma importancia en muchos idiomas indios. Después de todo, los lazos familiares son mucho más estrechos aquí, a menudo debido a las circunstancias de la vida: “Todos dormimos en la misma habitación y eso que somos nueve. A veces está un poco abarrotado.” Cuando le pregunto a Bijay si a veces no anhela un poco de privacidad o una habitación para él solo, me mira sobresaltado. “Creo que me sentiría solo.” 

Pagodas, chai y lazos familiares

La privacidad más bien escasea en Kathmandú. Con casi 976 000 habitantes, la mayoría de las calles están permanentemente obstruidas por coches, peatones y motos. Estas últimas son un coñazo, dice Bijay. Mientras nos abrimos paso lentamente a través del atasco, finalmente llegamos a una parte de Kathmandú menos pintoresca, donde visitamos la sastrería donde trabaja Bijay. Justo al lado se alza un alto templo rojo y blanco bajo un árbol bodi. En el horizonte el cielo va tiñendo de un tenue lila mientras las campanas empiezan a repicar a modo de plegaria anunciando la hora del pooja. Pero esta imagen casi perfecta queda empañada por un intenso hedor a suciedad, muerte y cenizas frías. Bijay señala a la cima de una montaña de basura al otro lado del río. “Los días malos, el hedor es casi insoportable.” En el camino de vuelta a Freak Street, paramos delante de una pequeña tienda a beber chai y fumar un cigarrillo. Bijay no está seguro de qué hacer con su vida en el futuro.  

“Creo que primero acabaré mi formación. ¡Este mes incluso me han subido el sueldo!” Bijay sonríe, feliz porque eso significa que podrá ayudar más a su familia. Los alquileres de las tiendas y los pisos en Freak Street no son baratos y tendrán que casar a sus tres hermanas algún día. “Primero tendremos que encontrarlas un marido indio, y luego suficiente dinero para la dote, la  boda y demás –el lote completo.” Bijay, por su parte, preferiría quedarse soltero. “No quiero casarme, uno no puede fiarse de las chicas.” Sus amigos nepalíes solo le cuentan historias tristes de novias infieles que rompen el corazón a cualquier hombre. “No tengo ganas de pasar por eso”, se ríe Bijay.

De vuelta en Freak Street, la mayoría de los vendedores ya han empezado a recoger. Bijay se apresura a comprar un chocolate antes de que cierre la última ventana.  Un gato callejero que deambula a mi alrededor empieza a maullar estrepitosamente, a coro con el repicar de las campanas del templo. “Cuando vuelvas, te enseñaré más cosas. Las calles laterales de Kathmandú son bonitas.” ¡Y Guyarat lo es aún más! Al fin y al cabo, el estado desértico es el lugar más hermoso del mundo. Sin embargo, Bijay está contento de vivir en Kathmandú. “Una ciudad grande siempre es más interesante.” Incluso si no te gustan las chicas, las motos ni las películas de Bollywood.