Bohemia de Ucrania

Artículo publicado el 20 de Noviembre de 2006
Artículo publicado el 20 de Noviembre de 2006

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Leonid Kantier, de 25 años, es un trovador pragmático. Un Ucraniano que recorre el planeta, taburete en mano, para despertar a la gente.

Todo empezó en 2003. Junto a unos amigos, Kantier emprende una tournée musical en la región de Aviv, en el oeste ucraniano. En dos semanas, recorren 200 kilómetros y en cada ciudad en la que hacen alto, presentan pequeñas escenas cantos tradicionales de Ucrania. Terminaron el 24 de agosto, día conmemorativo de la independencia del país. Tres meses después, Kiev quedó invadida por la marea naranja: la revolución acaba de empezar y todos los ucranianos corean himnos entre la nieve.

Al año siguiente, Kantier se lanza en su primera verdadera gira, titulada “Un taburete hasta el océano”. La idea, aunque extravagante, no dejaba de tener su punto poético: llevar un taburete a presenciar el mar. Para acompañar el escabel en tal travesía, decidió organizar sesiones de cuenta cuentos tradicionales en los pueblos en los que se fue parando. Junto a sus amigos, Kantier, puso rumbo a Polonia, Alemania y Francia. Sin dinero, cargados de cámaras de vídeo, fotográficas y micrófonos, hicieron autostop. Luego vino la India y Sri Lanka. Y allá va el taburete camino del mar de China, quién sabe si hasta divisar América Latina.

Una doble vida

“Cuando llegamos a una ciudad, tomo el megáfono y grito: ‘Habitantes del pueblo, acercaos, venid a ver...”, nos cuenta Kantier. En Francia o en Alemania, los saltimbanquis piden dinero; en las localidades pobres de Polonia o de Ucrania, prefieren pedir cobijo. Iniciador de estas aventuras, Kantier sólo vive para sus viajes hacia todos los confines de la tierra.

Profesor universitario de cine, pero también director de la productora de cine Lizard Films, que creó en 2000, este joven soltero lleva una vida más bien tranquila en el día a día. Su empresa va bien, y hacer de vez de en cuando un anuncio publicitario o un vídeo-clip musical le rinde bastante dinero. “Pero aprendo más durante estos viajes que en muchos meses encerrados en Kiev. Es cierto que me dedico a vivir como un mendigo durante los viajes, pero es mucho más interesante que rodar anuncios o películas. Dar, recibir, compartir.”

Este estilo de vida resulta extraño en Ucrania. En Australia, Gran Bretaña o Israel sí hay muchos jóvenes que se van unos años a ver mundo. En Ucrania, no obstante, el fenómeno no es normal. “Aquí los jóvenes no se atreven a irse por ahí. Hay que trabajar para lograrse el pan de cada día, para pagar el alquiler..., etc. Para los ucranianos somos como los nuevos hippies, deja caer Kantier, sin perder la sonrisa.

Ebria libertad

El teatro callejero le resulta indispensable. “En el teatro, la gente viene a verte. Sabes que te esperan aplausos: da igual que sean fuertes o tímidos. Los tiempos en la que la gente se atrevía a lanzarte tomates o abandonarla sala para criticar el guión o la puesta en escena se acabaron. En la calle, las reglas son distintas. No se sabe quién acudirá, ni cuáles serán sus reacciones.” La calle le confiere al comediante una capacidad creativa que han perdido los teatros; “todo se juega al principio, hay que seducir a los paseantes y atraparlos”. Entre acrobacias y mimos, el comediante debe cautivar la mirada de quien pasa a toda prisa, “como sea. Cocinando un plato típico en mitad de la calle con traje tradicional o interpretando un cuento nacional.” Lo importante no es ni el gesto ni el tema, “sino la creatividad artística que empleemos en el gesto para que la gente se percate de que estamos ahí”.

En cada país recorrido, este nómada elije unos temas distintos según la actualidad o la mentalidad de sus habitantes, “el amor entre dos obreros en China; la guerra y el rechazo al otro en Francia”. En una hoja grande, Kantier ha traducido su proyecto a cada idioma. Nada más que puede, solicita a una organización que lo selle “en prueba de apoyo a nuestro taburete, que luego utilizamos como salvoconducto si es necesario”. De paso por Francia, a la tropa no le dejaron interpretar bajo la Torre Eiffel.

No tardarán en encontrar la solución: dos guitarras y dos botellas de vino más tarde, a los pies de la Dama de Hierro, los titirimundis ucranianos ya se habían unido a un guitarrista francés, dos israelíes, dos libaneses, dos rusos... Fueron “momentos intensos”, según Léonid. Lo esencial no es que el público retenga algo de Ucrania, “eso nos da igual”, sino llegar al corazón del público. “Nosotros, también, hemos tardado mucho tiempo en despertar. Luego, hemos despertado a nuestros amigos; ahora, queremos despertar al mundo. Para que viva. Para que sea libre.”