'Borderline', fotos de fronteras que ya no existen

Artículo publicado el 13 de Mayo de 2015
Artículo publicado el 13 de Mayo de 2015

Los jóvenes de los años 90 no recuerdan la Europa en la que no se podía circular libremente. Valerio Vincenzo, fotógrafo italiano nacido en el 1973, sí. A partir de esta transformación tan significativa nació su proyecto fotográfico: Borderline.

En 1995 el programa Erasmus estaba todavía en pañales, y Valerio Vincenzo, por aquel entonces estudiante de Economía, se encontraba en Francia gracias a un acuerdo de intercambio del PIM (Programa Internacional de Gestión de Empresas). En 1995 todavía existían las aduanas, los controles fronterizos, y podía darse el caso de que no nos aceptasen la solicitud de permiso de residencia. No hablamos de Estados Unidos, sino de la vecina Francia, por poner solo un ejemplo. Un amigo de Valerio no tuvo suerte, él sí.

Circular libremente

Si volvemos a la Europa pre-Schengen de hace 20 años (antes de la entrada en vigor del acuerdo), no resulta difícil entender por qué Valerio, fotógrafo autónomo en la actualidad, trabaja desde hace más de 7 años en su proyecto Borderline. "Llevaba tiempo pensando en dedicar un proyecto a la posibilidad de circular libremente. Durante el periodo universitario que pasé en Francia, Schengen todavía no había entrado en vigor. Recuerdo muy bien que obtener los documentos (el permiso de residencia) que me permitieran quedarme allí para hacer unas prácticas no fue para nada sencillo".

En 1995, para trasladarse a Francia, era necesario enviar una solicitud a la delegación del gobierno. Y no solo eso: "También había que cumplir con ciertos requisitos -explica Valerio- por ejemplo, disponer de una determinada cantidad en una cuenta bancaria francesa. Algunos de nosotros, todos estudiantes, desarrollamos la siguiente técnica: Juntábamos la cantidad necesaria entre todos y la pasábamos de una cuenta a otra, según quien hiciera la solicitud en cada momento, una y otra vez. Creo que a mí me llamaron de la delegación 5 o 6 veces, la última de ellas por haber firmado unos papeles con un bolígrafo azul en lugar de uno negro". Esta situación sin duda resultará difícil de creer a los jóvenes de la “generación Erasmus” –la de los vuelos low cost y la libre circulación-. Resulta tan absurda, que solo hablar de ello resulta raro, constata Valerio.

"Volví a Francia en 1997, sin permiso de residencia. El hecho de que no se hablara de este enorme cambio, de esta revolución, me parecía sorprendente. La idea de este proyecto, por otro lado, surgió a partir de una fotografía de Cartier Bresson que muestra una aduana en Bailleul, entre Francia y Bélgica". Así es como comenzó el viaje de Valerio, en 2007, en busca de aquella famosa aduana que tanto le había marcado. "Quería ver si todavía existía, y en efecto, allí seguía". La idea, que en principio solo era mostrar viejas aduanas abandonadas, pronto se transformó en el empeño de inmortalizar las que Valerio llama las “fronteras del futuro”. No se trata de barreras, ni de muros, ni de obstáculos. Simplemente detalles como el color del cemento, que puede variar de un país a otro.  

Una línea de 16.500 kilómetros

Si tuviéramos que alinear todas las fronteras de Europa, o mejor dicho, las del espacio Schengen, una detrás de otra, obtendríamos una franja de 16.500 kilómetros. Una línea capaz de cambiar de forma, e incluso de volverse invisible. Una cruz, un montón de piedras, o por qué no, un embarcadero que se asoma tímidamente al mar Báltico, como es el caso de la frontera entre Alemania y Polonia. Un embarcadero que, cuando esta fotografía fue tomada, en 2011, se acababa de construir. "Es interesante ver cómo las instituciones se empiezan a interesar en estas fronteras ahora, cuando llevan años abiertas, y cómo quieren volverse a apropiar de lugares que en el pasado fueron tierra de nadie. Lugares en los que podrían llevarse a cabo iniciativas que los revitalizaran". Valerio continúa: "La frontera entre Alemania y Polonia es sin duda una de las más simbólicas, y la que existe en la actualidad es una de las más recientes, ratificada en 1990».

Después de haber visto con sus propios ojos la frontera entre Francia y Bélgica, el camino de Valerio continuó en dirección sur "haciendo zigzag", dice él, "entre la frontera entre Francia e Italia", después de haber pasado por Bélgica, Luxemburgo, Alemania y Suiza. "Volví a París con una docena de fotos que empecé a mostrar. El azar quiso que en 2008 Suiza entrase a formar parte de los acuerdos de Schengen, y desde entonces, la revista Geo decidió financiar la continuación de mi proyecto". Es un proyecto que, a decir verdad, todavía no ha terminado. Las próximas etapas serán Croacia, Eslovenia, Hungría y Rumanía.

Una decisión que va más allá de los acuerdos de Schengen para llegar a inmortalizar los confines de la Unión Europea. "Lo importante es que se trate de fronteras entre dos países que ahora están en paz, y que quizá en el pasado no lo estaban", explica Valerio.

Cada frontera es especial a su manera. "Es extraño pero si te sitúas sobre una línea fronteriza, te da la impresión de sentir la tensión entre los 2 países. Es chocante pensar que a la derecha de mi pie se hable un idioma y existan unas determinadas leyes y que a la izquierda suceda algo completamente diferente. La verdad es que todas las fronteras me sorprenden. En mi opinión, y sobre todo cuando no son fronteras naturales, todas son totalmente absurdas". Y, en algunos casos, incluso inaccesibles. Valerio, que reconoce no ser un gran aventurero, fotografía solo los lugares a los que puede acceder en coche. Bromea diciendo que para ver todas las fronteras y recorrer los famosos 16.500 kilómetros, no bastaría una vida. 

Entre las instantáneas preferidas de Valerio encontramos la del confín entre Suiza e Italia, tomada en 2008. Es además una de las primeras, especifica. ¿Por qué es una de sus favoritas? "Un poco porque se trata de una foto tomada bajo condiciones extremas, a más de 3 metros de altitud. Y también porque se ve una barrera real. Algo que podría casi desentonar con mi proyecto si no fuera porque esos palos no tienen nada que ver con la frontera entre los dos países: delimitan simplemente la pista de esquí para evitar que los esquiadores, acercándose a la parte italiana, acaben cayendo en un barranco". En resumen, se trata de una ilusión, un doble sentido: hay una frontera, pero no del tipo que creéis.

Aparte de esto, existen aquellas fronteras que estamos creando, aquellos muros que estamos levantando, explica Valerio refiriéndose a la Fortaleza Europea. "¿Hacer una foto a Lampedusa o Melilla? Para mí significaría mostrar una frontera con la que no estoy de acuerdo. Con mi proyecto, he querido mostrar fronteras en las que ya no existen barreras. Es mi forma de hablar también de las otras fronteras, para demostrar hasta qué punto el concepto de frontera en sí es absurdo. En Europa ha habido guerras a través de campos que ahora están vacíos. Es decir, en mi opinión es absurdo levantar nuevos muros en la actualidad, pero no quiero expresarlo mostrándolos. Acabaría por mostrar una frontera que funciona, y daría razón a quienes la han construido".

Para ver: la exposición Borderline se puede visitar en el Hôtel de Ville de París a partir del 9 de mayo, el día de Europa.