'Brexit': Mucho ruido y pocas nueces

Artículo publicado el 22 de Febrero de 2016
Artículo publicado el 22 de Febrero de 2016

[OPINIÓN] Una de las principales peticiones que ha hecho David Cameron en el marco de las negociaciones entre Reino Unido y la Unión Europea ha servido únicamente para aumentar el debate político entre los socios europeos. Panorama de un debate que aún no ha acabado.

"No aceptaré ningún acuerdo que no responda a nuestras necesidades", afirmó David Cameron durante la breve intervención de apenas 40 segundos que realizó a su llegada al Consejo Europeo que se celebró entre el 18 y el 19 de febrero. Frente a una opinión pública cada vez más euroescéptica, incluso eurófoba, el Primer Ministro británico presentó una serie de intenciones firmes antes del comienzo de las verdaderas negociaciones.

Uno de los puntos conflictivos es la posición de Reino Unido frente a una "unión aún más estrecha", una fórmula que aparece en el Artículo 1 del Tratado de la Unión Europea (TUE) y en el preámbulo de otros tratados. Con vistas al referéndum sobre la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea, este tema se presentó como algo crucial para tranquilizar a los ciudadanos británicos.

Dicho esto, el acuerdo al que llegaron David Cameron y sus homólogos europeos, a pesar de estar dotado de una enorme carga simbólica, tendrá un alcance muy limitado. Hablando en términos políticos, sólo ha servido para empeorar la atmósfera tan tensa que rodea a los Estados miembros desde hace ya varios meses; en términos jurídicos, por otro lado, no tendrá ningún efecto.  

La esencia europea, en peligro

La expresión que habla de una "unión aún más estrecha" se podría considerar como el resumen de las ambiciones de los padres fundadores y de la construcción europea. Se trata de reforzar la solidaridad entre los Estados miembros, de ir más allá en la integración europea. Como parte del Artículo 1 del TUE, sus implicaciones son muy fuertes. 

Desde que presentó sus intenciones en una carta dirigida a Donald Tusk con fecha del 10 de noviembre, David Cameron ya había insistido en eximir a su país de esta cláusula. Es cierto que la postura de Reino Unido siempre ha sido un tanto "peculiar", pues se ha mantenido fuera de la moneda única y de otros ámbitos de cooperación, y se ha beneficiado tanto de una exención de la Carta de los Derechos Fundamentales como del famoso "cheque británico", que desde 1984 supone una reducción de su aportación al presupuesto común europeo. Sin embargo, aunque algunas peticiones de David Cameron han sido más o menos bien recibidas por sus socios europeos, esta en concreto ha generado más polémica, ya que cuestiona las bases de la idea europea.

Esta petición se une a las numerosas crisis de identidad a las que se enfrenta la Unión Europea desde hace meses, como la crisis griega o la de los refugiados, frente a las cuales muchos Estados miembros se han negado a mostrar cualquier forma de solidaridad con sus socios. Desgraciadamente, la actitud de Reino Unido no tiene nada de sorprendente. 

Este acuerdo, que llega en forma de declaración presentada entre las Conclusiones del Consejo Europeo, representa un batacazo político para la Unión Europea, algo que no necesitaba (y mucho menos en estos momentos).

Una declaración sin valor jurídico alguno

La forma de este pacto fue objeto de numerosas negociaciones que tuvieron lugar, sobre todo, durante la noche del jueves 18 al viernes 19 de febrero. El espacio que esta exención ocuparía en los documentos oficiales era de especial importancia. Si hubiese tenido la forma de un artículo de un tratado o de un protocolo habría contado con una fuerza jurídica vinculante. 

Con forma de declaración, manifestaría una intención política con un sentido simbólico innegable, pero sin ningún valor jurídico. Fue precisamente esta última fórmula la que se eligió, y fue gracias, sobre todo, a la presión ejercida por los estados eurófilos, como Bélgica y, en menor medida, Francia y otros países. De esta manera, los Estados miembros se comprometieron en las conclusiones del Consejo a eximir a Reino Unido del cumplimiento de esta cláusula, y así lo expresó claramente François Hollande en la rueda de prensa final.

El acuerdo adopta la forma de una declaración que, al igual que las presentes en los anexos de los tratados, como la que tiene en cuenta "la situación particular de los países de pequeña dimensión territorial que mantienen con ella [la UE] relaciones específicas de proximidad" (Declaración 3), tiene un alcance simbólico real, pero no es vinculante para los Estados miembros ni para la Unión. En realidad, no tiene ninguna utilidad.  

Esta nueva declaración tiene aún menos sentido que la "unión aún más estrecha", es decir, el aumento de las competencias de la UE, que situaba a Reino Unido en el centro del proceso de decisión y sometía la revisión de los tratados a una decisión unánime de los Estados miembros. Por tanto, Reino Unido no había sido excluido anteriormente y tampoco saldrá reforzado de estas negociaciones.  

¿Y ahora qué?

David Cameron cantó victoria durante su rueda de prensa al afirmar que había conseguido un avance clave para su país en relación con su posición en la Unión Europea. En realidad, esta declaración, centro de polémicas sin sentido, no es más que una cortina de humo que esconde un estancamiento jurídico y que deja ver el profundo desacuerdo existente con respecto a la propia idea de construcción europea. Queda por ver aún la reacción de los ciudadanos británicos a este acuerdo.

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