Bruselas, crónica de una capital en alerta 

Artículo publicado el 26 de Noviembre de 2015
Artículo publicado el 26 de Noviembre de 2015

Bruselas en estado de alerta: Escuelas y metro cerrados, calles vacías. Nunca antes el riesgo de atentado había sido tan alto. La situación vista por una joven de Turín que reside en la capital europea.

Nunca hubiera podido imaginarme que, a los veinte años, estaría viviendo una amenaza terrorista en una ciudad europea, y es eso precisamente lo que pensé nada más despertarme el pasado sábado y enterarme de que el metro estaba cerrado y que no circulaban algunos tranvías y trenes. Aquí en Bruselas llevamos ya tres días, desde el sábado 21 de noviembre, en el 4ºgrado, el más alto, de la alerta por atentado terrorista. La policía está buscando a varios indivíduos, de los cuales, al menos uno, va cargado con armas y explosivos, y anda a la caza de Salah Abdeslam, uno de los autores de los atentados de París, que se encuentra huído y en paradero desconocido. Tengo que ir a la zona oeste de Bruselas, pero no puedo moverme ni para ir a la estación, aparte de que nos han aconsejado que en la medida de lo posible nos quedemos en casa. Está nevando intenstamente, pero decido salir a la calle. Me viene algo evidente a la mente, una de esas frases que he escuchado repetir a menudo, pero que por primera vez, y en ese momento, me parece real: Esto es la guerra y nos están quitando la libertad, y no me refiero a la libertad de expresión o de opinión, sino más concretamente, a la libertad para subir a un autobús e ir a cualquier rincón de la ciudad. En la tele siempre la misma noticia que se repite una y otra vez: Estamos bloqueados, se aconseja no salir de casa y evitar los lugares con mucha afluencia de gente. 

 

Un fin de semana angustioso 

El domingo decidí ir a ver qué estaba pasando en el centro. Al salir para ir a coger el autobús, vi que había muchos militares con fusiles de asalto que patrullaban las distintas zonas de la ciudad. Aquí, las calles son muy estrechas y pasé a escasos centrímetros de sus fusiles. Tuve la misma sensación que uno tiene cuando le hacen cosquillas y alguien va a acercar la mano a tu cuerpo, la sientes antes de que te toque. Desde Uccle, una zona de Bruselas, hasta el centro, se llega con el autobus número 38, que normalmente está lleno. Ese día, sin embargo, estaba desierto. Llegamos a la Estación Central y en seguida uno nota la diferencia con otros días. Impresiona caminar al lado de la estación y verla prácticamente vacía, con militares por todos lados y una furgoneta del ejército aparcada en medio de la plaza. Bajando por la zona del Bozar, la situación era prácticamente idéntica: Las avenidas, que casi siempre, y sobre todo los domingos, están a tope de gente, ese día estaban vacías, alguna persona solitaria paseando al perro, una pareja, algún que otro japonés haciendo fotos... Al llegar a la Grand Place, se veía imponente el enorme árbol de navidad justo en medio de la plaza, y era rarísimo ver tanto espacio libre. En cada lado de la plaza había cuatro furgones verdes y algunos militares y policías parados frente al Hôtel de Ville. Había muchísimos periodistas hablando por micrófonos enormes, rojos y amarillos, echándose la mano a la oreja, y también muchas furgonetas de prensa aparcadas a pocos metros. Parecía que estaba soñando, o viendo una película. Por los alrededores de la Place de Bourse, la situación era parecida: Sirenas de policía y militares vigilando las zonas peatonales, vacías, igual que las calles comerciales. Prácticamente estábamos solos y se podía caminar minutos y minutos sin cruzarse con nadie. Era rarísimo comer sentados al lado de militares que pasaban a nuestro lado. Allí estábamos solo nosotros, ellos y otras pocas personas distribuidas en muchos metros en la zona peatonal. 

Sobre las tres, y de nuevo por los alrededores de la Estación Central, empieza otra situación de alarma: Han cerrado la estación por todos los lados y para coger el tren, hay que pasar por una entrada lateral, subterránea. La policía y los militares, muy tensos, mandaban a la gente ponerse al otro lado de la calle y estaban contínuamente hablando por los micros, algunos en flamenco y otros en francés, caminando con energía y gritando que se alejaran a quienes no habían escuchado sus órdenes. Yo hice lo propio y me fui hacia la zona del Bozar, subí por unas enormes escaleras de piedra y fui a buscar un autobús lo más lejos posible. Tuve que andar durante un cuarto de hora hasta que encontré un 38 que iba a en mi misma dirección. Cuando subí al bus, estaba helada.

Defenderse de algo invisible

En resumen, a veces parece que uno está soñando. Escucho las opiniones de mis amigos y de mis compañeros de piso, y me doy cuenta de que sienten más sorpresa que miedo y es verdad. Nos quedamos mirando como niños los furgones del ejército aparcados en las calle y a los militares como si fueran marcianos, y en verdad lo son: Son marcianos en estas calles que siempre están llenas y que hoy están vacías. Les vemos caminar por las aceras, como en una película, como si no fueran reales. Todos quieren saber, pero nadie quiere encender la televisión o abrir un periódico. Es como si saber más de la cuenta fuese demasiado, como temiendo descubrir algo. Mientras estamos en casa o en el trabajo, se escuchan sirenas a lo lejos. Parece que nos estamos defendiendo de algo invisible y etéreo, de una amenaza que flota en el aire. 

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Este artículo ha sido publicado por la redacción de cafébabel Torino.