Bruselas: piano, piano

Artículo publicado el 25 de Mayo de 2007
Artículo publicado el 25 de Mayo de 2007
El concurso musical Reina Isabel de Bélgica, además de una competición prestigiosa, es un encuentro internacional que reúne en mayo y junio en la capital europea a los mejores solistas.

El encuentro a principios del siglo XX de la reina Isabel de Bélgica con el violinista Eugène Ysayë, dio lugar a esta competición internacional. Si el acontecimiento es célebre por su exigencia musical y el virtuosismo de sus candidatos, el papel cultural de la reina sigue siendo igual de determinante: “Ella quería facilitar el contacto entre los países, y a través de la música, alcanzar un mejor entendimiento entre los seres humanos”, explica Michel-Etienne Van Neste, secretario general del concurso. “Sobre todo durante la Guerra fría. Ella tuvo algunas actitudes que, por otra parte, irritaron al gobierno belga: ir a visitar a Jruschev a la URSS o a Mao Tse Tung a la China Popular...”.

Entre 1955 y 1976, los estadounidenses y los soviéticos se diputaron los primeros premios, sin dejar lugar para los europeos hasta los primeros ochenta.

Del mundo entero

En la edición 2007, hay 94 candidatos, con edades entre los 17 y los 27 años. Veinticuatro de ellos han pasado a las semifinales, doce a las finales y, el 2 de junio sólo serán seis los laureados. Estos pianistas proceden de Rusia, Corea, China, Bélgica, Ucrania, Italia, Estados Unidos, Francia, Israel, Serbia..., etc.

Si bien se exige un nivel alto de formación, el criterio principal es “ser capaz de asumir una carrera internacional como solista tras el concurso”, en palabras de Nicolas Dernoncourt, coordinador artístico.

Europa está muy representada este año entre los 24 semifinalistas: diez candidatos, entre los que hay cinco belgas. Los hay de también de Italia, Francia, Bulgaria y Letonia. El belga Philippe Raskin ha estudiado en la Chapelle Musicale Reine Elisabeth, en Bruselas, y en la Escuela Superior Reina Sofía de Madrid.

Algunos, como la coreana Hyun-Jung Lim, de 20 años, consideran que “hacer de la música una competición, es anti-musical”. El concurso Reina Isabel en realidad no representa una consagración para los candidatos, sino más bien una puerta que se abre. “Se ha vuelto difícil hacer carrera incluso ganando un concurso así, ya que hoy en día la competencia es gigante”, confía Philippe Raskin. Sobre la evolución del concurso, añade: “Es cierto hay que tender a la perfección técnica, pero sería una lástima que la “tecnicidad” tuviera prioridad sobre la música en sí”.

Un lenguaje nuevo

Ayer puerta de salida para los músicos encerrados tras el telón de acero, el concurso Reina Isabel es hoy un auténtico centro de atracción para los músicos en la capital europea. “Bruselas, por ser lugar de paso para muchos europeos, hace posible una mezcla cultural única”, explica Nicolas Dernoncourt.

¿La especificidad del concurso? Su papel de difusor de la música para una gran audiencia. Es el único concurso internacional en el que se puede escuchar una obra contemporánea inédita interpretada doce veces por doce finalistas. “Escuchar esta pieza seis noches seguidas permite que el público pueda apreciarla en su totalidad. En cualquier otro concierto, si se escucha una creación nueva, entra por un oído y sale por el otro”, subraya Yossif Ivanov.

Daniel Blumenthal resume esta ambición: “Hay que esperar que las personas que se acercan a la música por medio del concurso se conviertan en auténticos melómanos”.

La música contemporánea: ¿adelantada a su tiempo?

La obra contemporánea impuesta en la final siempre ha sido objeto de críticas. Jean-Claude Van den Eynden relativiza este recelo: “Esa incomprensión entre el creador y el público ha existido siempre, porque a menudo los creadores iban por delante de su tiempo. En su época, la gente no comprendía nada de Brahms o de Ravel.”

Esta tendencia no ha cambiado en nada hoy en día. “En la época de Bach, todo el mundo iba a la iglesia el domingo para oír su última obra maestra. Hoy vamos a los conciertos a escuchar a Bach y no a György Ligeti, Helmut Lachenmann o György Kurtag”, señala Jan Michiels. “Es una lástima que sean los “éxitos” clásicos los que funcionan mejor entre el gran público, porque ¡hay tantas otras piezas que vale la pena que se conozcan!”, lamenta también Yossif Ivanov.

Sin embargo, en el concurso Reina Isabel, las piezas elegidas por los candidatos revelan una evolución de las mentalidades. “Es además la voluntad del concurso estimular esta apertura”, concluye Michel-Etienne Van Neste.