Bruselas tiene mala prensa

Artículo publicado el 22 de Abril de 2003
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Artículo publicado el 22 de Abril de 2003

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Si relevamos sistemáticamente la palabra “Bruselas” en la prensa, comprenderemos cómo es utilizada y lo que significa. ¿Poesía o estrategia?

En primer lugar, hay que señalar la omnipresencia de Bruselas, en todo tipo de periódicos (diarios, semanales, prensa local y nacional) y en todas las secciones (política nacional e internacional, asuntos europeos, economía, sociedad…). Por ejemplo, este viernes 11 de abril de 2003 en la prensa francesa: las grandes orientaciones de la política económica (GOPE y política de presupuestos), la apertura de los sectores autorizados a la publicidad por televisión, las sanciones en contra de los sindicatos agrícolas, el respeto de la libre competencia, France Telecom, la autorización de la utilización de ingredientes de sustitución en el chocolate, la reglamentación de la pesca en el Mediterráneo.

La imprecisión contribuye a la opacidad de las instituciones europeas

¿Quién decide qué y dónde? Los que toman la palabra para denunciar las políticas de Bruselas saben de que hablan y a quién están acusando. Cuando se pronuncia el nombre de la capital belga en los medios, se habla más de las instituciones europeas que del gobierno belga. ¿Quién es Bruselas? ¿Porque y cómo esta ciudad decide ahora de lo que se puede poner en el chocolate? La mayoría de los artículos mencionan correctamente el nombre de las instituciones concernidas: la Comisión, el Consejo de la Unión Europea compuesto de los gobiernos de los Estados miembros, el Parlamento europeo. Sin embargo, es importante recordar que el Consejo de los ministros de la UE (con el Parlamento en ciertos sectores), toma las decisiones y adopta las normas, directivas, reglamentos, o decisiones que forman la legislación comunitaria y que la Comisión se encarga por su parte de asegurar la puesta en práctica de estas normas y controlar, en su calidad de “vigilante de los tratados”, su correcta aplicación. En este sentido, en un día de prensa, se nota que esta Comisión o su doble Bruselas “protesta, reclama, condena, exige, obliga, sanciona, ordena, reprocha, recuerda, da lecciones y ordenes”…

Inducir a la confusión para culpar mejor

¿Están los medios nacionales influenciados por el discurso de los gobiernos nacionales, que tienen a menudo tendencia a presentarse como obligados o limitados en su campo de acción por la UE o a culpar Bruselas cuando se toma una decisión impopular? Se induce a propósito a la confusión, para culpar mejor: ¿será poesía o estrategia? Se puede lamentar que el uso intensivo de “Bruselas” esconda las realidades complejas de este proceso de toma de decisiones: se puede efectivamente denunciar la opacidad y la complejidad de este proceso, la falta de claridad, sobre todo en lo que se refiere al reparto de las competencias (principio de subsidiariedad) entre la UE y los Estados miembros, y lamentar que las buenas noticias sean presentadas como mérito del gobierno, mientras que las malas siempre son culpa de Bruselas, diabolizadas.

A favor de los políticos y de los periodistas, es importante decir que el proceso desicional comunitario es bastante complejo y que la elaboración de una política a 15 requiere un cierto nivel de tecnicidad, y sobre todo, se diferencia de la elaboración de las políticas nacionales, objeto de un juego conocido por todos entre mayoría y oposición. Estas políticas son además popularizadas por las tomas de posiciones de los partidos políticos, de los sindicatos y otros actores del escenario político y de la sociedad civil.

La decisión está en otra parte

Esta imprecisión da la impresión que todo esta decidido en un lugar aislado, separado del resto del mundo. El “pueblo de los eurócratas” está lejos, en un país desconocido para los americanos. Las decisiones que se toman allí vienen de fuera, es difícil percibir su legitimidad. Pero se sabe que la verdad puede estar en otra parte, en Estrasburgo, Luxemburgo o en todas las ciudades en las cuales se desarrollan los consejos europeos, puesto que las cumbres de los jefes de Estado y de gobierno tienen ahora siempre lugar en Bruselas. El uso de “Bruselas” no refleja la realidad, que tiene de hecho varias formas: no es Bruselas en contra del resto de Europa, sino Bruselas con el resto de Europa. La impresión que esta palabra da a los lectores es la de una ciudad extranjera, de una entidad externa que impone sus elecciones arbitrarias, mientras que si Bruselas existe, es un conjunto de instituciones hechas en común por y para los europeos.

A fin de cuentas, lo que se estigmatiza, cuando se evoca a Bruselas en los periódicos, es, la mayor parte del tiempo, a la Comisión, quizás porque no tiene equivalencia a escala nacional. La única institución verdaderamente comunitaria tiene pues mala prensa.

Las imágenes ofrecidas por televisión no son mucho más atractivas: la imagen que nos ofrecen de Bruselas, cuando hay cumbres europeas o manifestaciones de agricultores es fría: 15 banderas rodeadas de paredes de cemento y un pedazo de autopista no contribuyen a humanizar las instituciones europeas.

Ya sea voluntaria, para esconder las decisiones impopulares, o inconsciente por una repetición un poco rápida del discurso de los políticos, la imprecisión que hemos descrito contribuye a la opacidad de las instituciones y al sentimiento de alejamiento de los ciudadanos. Recordar que la mayoría de las decisiones de “Bruselas” son adoptadas por los ministros de los Estados miembros y por el Parlamento europeo, y que son los propios Estados los que aplican en todos los sectores las políticas europeas, no sería inútil en el momento en que el proceso de decisión comunitaria está por hacerse todavía más complejo con la nueva Europa de 25 miembros.