Bruselas: Tragicomedia de un examen desorganizado

Artículo publicado el 25 de Enero de 2012
Artículo publicado el 25 de Enero de 2012
El examen del Jurado Central de Bélgica es la vía alternativa para aquellos que quieran retomar el curso escolar u obtener obtener la convalidación de sus estudios en este país.
Cada año, la Federación Wallonie-Bruxelles  (nombre del Ministerio de la comunidad francófona de Bélgica desde el pasado mes de mayo) organiza estas jornadas de exámenes en las que los profesores catapultan sin ningún miramiento a extranjeros en situación de dificultad, repetidores, artistas con un prometedor futuro, jóvenes con situaciones familiares complicadas o discapacitados. Este es el relato de lo absurdo y caótico de una prueba que tiene lugar en la capital de la Unión Europea.

El examen tiene lugar en la sede del Tribunal Centralde la comunidad francesa, cuyo nombre impone tanto como el edificio en el que se ubica. El inmueble, con la fachada de vidrio y ladrillos rojos, nos recuerda a una versión moderna de los almacenes del puerto de Bruselas. Desde lo alto de la puerta de acceso, un colorido y estilizado gallo, símbolo de la Federación Valonia-Bruselas, nos vigila. Una mañana de octubre, un grupo de nerviosos jóvenes fuman fuera del edificio mientras otros esperan sentados dentro o aprovechan el tiempo que les queda para dar los últimos repasos. Músicos que quieren retomar sus estudios, extranjeros que quieren convalidar sus títulos académicos o repetidores procedentes de escuelas privadas, todos están allí por la misma razón: (re) integrarse en el sistema escolar belga.

Una organización anárquica

¡Horror! El himno francés sonando en el templo de la francofonía belga

El primer examen escrito empieza con una hora de retraso. Antes de instalarse en la sala Arthur Haulot se procede a identificar uno a uno a los 140 candidatos para que pasen a ocupar sus sitios, señalados con una fotografía y un número, en la sala. Suena la campana. En el primer cuarto de hora se corrigen los errores de los enunciados; para colmo en una prueba de matemáticas las páginas están mal numeradas. La mayoría de los profesores encargados de vigilar la sala están a punto de jubilarse; hombres y mujeres que no han perdido el gusto por la enseñanza y que repiten tarea en cada una de las pruebas. Para las pruebas orales de historia y francés, 15 profesores examinan a 15 alumnos mientras que son otros 15 profesores los que deciden si aprueban o no. Todo tiene lugar en la misma sala, en un ambiente ruidoso y desordenado. Los resultados de la primera sesión se publican dos semanas más tarde.

Echando humo

Un mes después de la publicación de los resultados, se vuelve a citar a los seleccionados en el mismo lugar para que realicen la segunda y última sesión que comenzará con las pruebas de ciencias. Esta vez, solo hay 30 personas en la lista, mientras que el número de profesores permanece intacto. Así, la sala cuenta con el mismo número de profesores encargados de vigilar el examen que de candidatos.

La hipocresía de los profesores

Mientras los estudiantes intentan resolver si los aminoácidos son lípidos, proteínas o glúcidos, la sala Arthur Haulot se convierte en una auténtica sala de recepción en la que los profesores entran para servirse un café y saludar al resto. Algunos de ellos se detienen para hablar en tono más o menos bajo, otros entran y salen y los hay que entran para tomarse otro café. Una especie de sala de ocio para la tercera edad en la que los candidatos tienen la impresión de no pintar nada. Antes de que se acabe el tiempo del examen algunos profesores empiezan a corregir las pruebas que les han ido entregando.

Pero la guinda de esta farsa tiene lugar en el transcurso de la prueba de química cuando a uno de los profesores le suena el teléfono. No es la primera vez que ocurre, pero en esta ocasión nadie responde, bien porque el propietario del aparato no está en la sala -quizá tuviera mejores cosas que hacer que vigilar a 30 jóvenes resolviendo problemas de estequiometría-, o bien por sentir vergüenza por la situación ya que la melodía que suena no es otra que la Marsellesa. ¡Horror! El himno francés sonando en el templo de la francofonía belga. Nadie se atreve a apagarlo ,y en lugar de hacer una mueca como signo de patriotismo, todos empiezan a reírse. En medio de un catión de hidrógeno y una reacción de rédox, los estudiantes tuvieron derecho a un momento solemne en honor a la República francesa.

La última prueba tuvo lugar días más tarde con el examen oral de Lengua Moderna I. La espera es larga y antes de llamar al siguiente de los candidatos, no por su apellido, sino por su número de identificación, el profesor de turno va al servicio. La sala en la que se pasa lista recrea lo descabellado de un espectáculo lleno de profesores que tras salir del baño llaman en varios idiomas a los candidatos por su número de identificación: “Number 14 please !” ,  “Le numéro 17 !”, “Het nummer 25 !”. Esta vez también lo hacen con la misma indiferencia que demostraron en cada una de las pruebas del Tribunal Central. Sin darse cuenta están desacreditando a un examen con el que numerosos jóvenes esperan encontrar un futuro mejor en la capital de Europa.

Fotos : Portada (cc) thekevinchang/flickr ; estudiantes en la sala sashamd/flickr ;estudio del inglés velvettears/flickr