Bruselas, una ciudad en estado de sitio

Artículo publicado el 24 de Noviembre de 2015
Artículo publicado el 24 de Noviembre de 2015

¿Cómo se vive una jornada de "asedio" en la capital de las instituciones europeas? El relato minuto a minuto de los momentos de máxima tensión en una Bruselas desierta y tomada por el ejército. Continúa la búsqueda del terrorista huído, aunque la alerta por atentado ha ido bajando de intensidad. Pese a todo, aún quedan muchas preguntas sin responder.

En estado de sitio. Así vive Bruselas desde hace cuatro días, cuando la alerta por atentado terrorista se elevó al nivel 4, el máximo, de acuerdo con lo legalmente establecido en Bélgica. Como consecuencia, una de las capitales más importantes de Europa está completamente blindada: Metro, cines, escuelas, universidades y comercios permanecen cerrados; se pospone la apertura de las casetas del tradicional mercado de Navidad, algo casi sagrado para los habitantes de Bruselas. Gran parte de los transportes públicos no están operativos, grupos de militares fuertemente armados, con el rostro cubierto y vehículos blindados, patrullan por las calles de la ciudad, dando muestra de la gravedad de la alerta por terrorismo que vive una ciudad que no esconde esa situación.  

Bruselas vive estos días inquieta, hasta el punto de costarle mucho reconocerse a sí misma, abrumada por cualquier cosa que se salga de lo previsto, aunque su administración pretenda responder con criterio y determinación, en un intento de mostrar que está a la altura de las circunstancias, para lo que utiliza todos los medios de los que dispone. El mensaje que se le transmite al ciudadano, especialmente el sábado y el domingo, es claro: El peligro es real, concreto, evidente e inequívoco, y eso se nota en la mirada fría de los agentes y los militares que patrullan la ciudad al escudriñar a los viandantes que pasan a su lado (cada patrulla está compuesta por un agente de policía y dos militares). Reciben órdenes por la radio en un tono agitado, lejos de lo aburrido y relajado de algo que pudiera pasar como supérfluo. Todos, agentes de policía y militares, llevan el rostro cubierto: El peligro puede venir del vecino, del frutero o del dependiente del supermercado: Cualquiera. Y es importante que no se les reconozca. 

Normalmente, se permite que los fotógrafos y periodistas hagan su trabajo, aunque claro, siempre bajo un control muy estricto. Los agentes están muy pendientes de las fotos que sacan y de los vídeos que hacen, obligando a borrar aquéllos en los que aparezca alguien con la cara descubierta, o directamente requisando la tarjeta de memoria sin ningún miramiento.

El "caluroso" consejo del alcalde y la policía de quedarse en casa durante el fin de semana ha dado sus frutos. Con el frío que ha hecho estos días, la ciudad se ha quedado desierta, en un ambiente tenso y armado hasta los dientes, donde lo único que se escuchaba por las callejuelas de los alrededores de la Grand Place era el sonido de las botas de los militares y las conversaciones de los pocos restaurantes que decidieron abrir. La Avenida Louise y la Plaza de Brouckère se han convertido en un simple aparcamiento para los furgones blindados del ejército.

Ahora bien, el punto álgido de tensión se vivió el domingo por la tarde, cuando se difundió la noticia de la irrupción de un grupo de militares en el Radisson Blu Hotel.

No tuvimos ni tiempo para ir a comprobarlo, ya que a los pocos minutos, decenas de agentes procedieron a cerrar todas las calles que llevan a la Comisaría Central de la Policía en la rue du Midi, cerca de la Grand Place. Establecieron un perímetro de seguridad y ordenaron que salieran todos los que se encontraban en su interior. El tono empleado es brusco y el nervosismo es palpable, y eso se transmite a los periodistas que se encuentran en la zona "estéril". Dos coches con las sirenas encendidas entran en el perímetro y en su interior llegan hombres con pasamontañas, seguramente pertenecientes a alguna unidad especial.

Los agentes que se encargan de vigilar el perímetro dan a entender con su actitud que algo ha cambiado: Ya no se pueden sacar fotos, los agentes llevan las armas en la mano y están atentos a las órdenes que les llegan por la radio. Un chico que vive en plena zona off limits tiene la desafortunada idea de sacar al perro justo en ese momento y allí se encuentra con cinco agentes armados que le ordenan que se vuelva a su casa.

Un policía se dirige a la gente que está mirando desde las ventanas y les ordena que se metan en sus casas y que no se asomen, porque puede resultar peligroso; otro se acerca a la muchedumbre que se agolpa fuera del perímetro y les indica que no usen las redes sociales para dar detalles de la actuación policial o para contar en vivo y en directo todo lo que está pasando en ese momento.

Entre los periodistas allí presentes corre la noticia de que se han escuchado disparos en el barrio de Molenbeek y que la reacción de las fuerzas y cuerpos de seguridad de la zona de la Grand Place se debe precisamente al temor de un atentado en la sede central de la policía. Un periodista de Roma murumura entre dientes: "Si alguien comete un atentado desde fuera, aquí morimos como ratas". 

Profético. En cuanto termina de hablar, un Mercedes llega a toda velocidad con todas las luces encendidas y parece que se va a chocar contra los muros. Únicamente se detiene cuando los agentes le apuntan con las armas. Momentos de miedo entre los presentes y tensión que va en aumento. Los tres ocupantes descienden del vehículo, con las manos a la vista, y son cacheados y detenidos. Los agentes registran a fondo el Mercedes y luego se lo llevan de allí. Los tres hombres son puestos en libertad al poco tiempo, al no tener relación alguna con un posible atentado y la escena se queda en una simple anécdota para contar. 

Las conexiones en directo de los periodistas se suceden una tras otra, mientras se va reduciendo el perímetro de seguridad hasta desaparecer completamente. Los agentes se retiran y nos llega la noticia de que se han llevado a cabo varias detenciones en toda la ciudad, sobre todo en el barrio de Molenbeek. 21 detenidos, para ser exactos.

Pese a todo, no faltan las críticas. Entre los testimonios recogidos en la calle los días posteriores, si bien hay menos nerviosismo, se nota un mayor estado de irritación por el estado de alerta y sobre todo por el toque de queda mantenido durante dos jornadas completas, el lunes y el martes. El descontento de los habitantes de Bruselas se debe fundamentalmente a la ausencia de un desenlace efectivo tras los operativos del domingo por la tarde: 29 registros21 detenidos, de los cuales, 17 fueron puestos en libertad a las 48 horas y sólo uno fue acusado de terrorismo. 

Cuatro días con el metro cerrado empiezan a cansar a los ciudadanos, que acusan al Gobierno de haber sido puesto en jaque por los terroristas, y afirman que el hecho de que la ciudad esté detenida es ya una victoria de los los yihadistas. Ahora bien, el problema no es sólo una cuestión de principios: Hablando con dueños de restaurantes y de los poquísimos comercios que decidieron abrir, nos enteramos de que la actividad comercial en estos días se ha visto reducida en un 70-80%.

A partir del miércoles, la situación deberá volver poco a poco a la normalidad, aunque no haya resultados visibles en las investigaciones y el hombre más buscado del momento, Salah Abdeslam, continúe en paradero desconocido. Se echan de menos resultados y la respuesta a una cuestión fundamental: ¿En qué ha cambiado la situación para que en las próximas horas se pueda levantar el (extremo) estado de máxima alerta?

La caza al hombre más buscado continúa, mientras se atenúan las medidas de seguridad y la población sigue haciéndose preguntas.