Budapest, 1956: ¿una oportunidad perdida?

Artículo publicado el 23 de Octubre de 2006
Artículo publicado el 23 de Octubre de 2006
A los cincuenta años de la derrota de la revolución, los historiadores mantienen que un acuerdo con Moscú era posible.

“Hungría no es sólo una víctima de la Historia; también participa en ella”, sostiene el profesor Charles Gati. Cincuenta años después del levantamiento contra los soviéticos, los historiadores húngaros están revisando el pasado con ojos mucho más críticos. Los revolucionarios pudieron haber negociado con Rusia.

Teoría romántica

“Habían ganado una gloriosa batalla, y por un tiempo (¡un tiempo terriblemente corto!) se regocijaban, incluso cuando lloraban a sus muertos y encendían velas sobre las miles de tumbas recién cavadas”, mantiene Peter Fryer en su libro Hungarian Tragedy, escrito en 1956. Este periodista británico socialista describe las emocionantes escenas del levantamiento de 1956. “¡Budapest! Puede que sus edificios estuvieran en escombros, sus trolebuses y cables telefónicos cortados, sus calles cubiertas de vidrios y manchadas de sangre. Pero el espíritu de sus ciudadanos era inquebrantable”.

Como Peter Fryer, muchos han retenido una apasionada visión romántica de la revolución. Hungría esquivó y desafió al gigante soviético como en la historia de David y Goliat. Las conmovedoras fotos de adolescentes lanzando cócteles molotov han convertido a los revolucionarios húngaros en el mismísimo símbolo del anticomunismo heroico. El sentimiento de culpa colectiva occidental por haber abandonado a los húngaros en su solitaria lucha también ha contribuido a la creación del “mito del 56”. Esto es especialmente cierto para los Estados Unidos, que recibieron a la mayor parte de los refugiados tras el fracaso del levantamiento. Durante su reciente visita a Budapest, George Bush se hizo eco de estos sentimientos una vez más. “Cincuenta años más tarde, el sacrificio del pueblo húngaro inspira a todos los que aman la libertad. A medida que las gentes del mundo dan un paso adelante para pedir su libertad, se inspirarán en vuestro ejemplo y vuestro éxito les dará esperanza”.

1956 no fue un éxito

La revolución húngara se considera por muchos como el mayor paso hacia el derrumbamiento del Bloque Soviético. Pero 2.500 revolucionarios y más de 700 soldados soviéticos murieron, y otros 1.200 húngaros fueron ejecutados en los años que siguieron. Para el historiador Charles Gati, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad John Hopkins de Washington, los húngaros no fueron “sacrificados” y pudieron haber conseguido mucho más. Según Gati, “el mandato soviético totalitario sólo fue posible gracias a la cooperación de millones de personas. La Historia no es blanca o negra, sino gris. Parte del barro se nos queda pegado a todos”. Los revolucionarios debieron haber sido más realistas y pragmáticos durante esos cruciales escasos días.

Tras haber estudiado los archivos operacionales de la CIA y haber entrevistado a los personajes históricos, Gati concluye que Moscú habría estado dispuesto a negociar algunas reformas moderadas en Hungría. Desde 1953, la elite soviética era decididamente antiestalinista y optó por la no-violencia el 30 de octubre de 1956. Pero la violencia que estalló un día más tarde en Budapest les hizo cambiar de opinión y enviaron al Ejército Rojo para eliminar a la oposición. “Los húngaros también fueron demasiado exigentes”, argumenta Gati. Sólo el Primer Ministro Imre Nagy habría sido capaz de calmar las voces radicales. Gati critica la mítica figura de Nagy, rompiendo así con la clásica tradición historicista húngara. Era un líder inseguro que, a diferencia de Tito, no condujo a sus gentes hacia un modelo socialista más liberal.

El debate se recrudece

Sin embargo, para su colega investigador Lászlo Eörsi, un comportamiento más moderado no habría alterado el curso de los acontecimientos. En su opinión, Moscú utilizó las atrocidades cometidas por los rebeldes húngaros contra los agentes de la policía secreta para justificar la intervención militar soviética y asegurar la esfera de influencia moscovita. El periodista húngaro Andras Gervai añade que “el liderazgo soviético era tan impredecible en su toma de decisiones que es imposible adivinar como Krushov y sus camaradas habrían reaccionado si los revolucionarios hubieran sido menos radicales. Por último, el erudito Paul Lendvai argumenta que las reformas moderadas abogadas por Gati no habrían sido ni tan siquiera posibles. Lendvai mantiene que los húngaros no creían que reformar el sistema comunista fuera suficiente. Para los revolucionarios, era todo o nada.

Si bien los historiadores no comparten la misma interpretación del levantamiento del 1956, sí que comparten el deseo de desmitificar la revolución. A los cincuenta años de los acontecimientos, son capaces de mirar con lucidez la Historia y las responsabilidades de sus líderes. Ahora bien, a la vista de cómo escenifican las celebraciones y festividades presentes, los húngaros están lejos de estar reconciliados con su pasado.